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¿Ves la cara de Dios en las tostadas? Tranquilo, no estás (demasiado) loco

El Confidencial El Confidencial 09/03/2016 C. Otto

Desde que internet se popularizó en medio mundo, todos nos hemos acostumbrado a ver imágenes curiosas en las que la cara de Jesucristo parece estar presente en la cara de una tostada, en un churrasco, en una sartén, en cierta parte del cuerpo de un perro o en cualquier otro sitio que se nos ocurra. Y antes de internet, este tipo de figuras solían mostrarse en contextos bastante más religiosos.

Seamos sinceros: en el 100% de ocasiones, dichas 'apariciones' suelen ser montajes fotográficos, meras casualidades o timos demostrados (como en el caso de las caras de Bélmez). Sin embargo, el hecho de creer ver figuras humanas en grifos, buzones o incluso bolsos sigue siendo medianamente frecuente.

Si eres de esas personas que ve rostros humanos donde no los hay, tranquilo, no estás loco (o, al menos, no tienen por qué estarlo). Este hecho, en realidad tiene una explicación psicológica de lo más normal.

¿Locura? No, pura lógica

Se trata de la pareidolia facial, un fenómeno psicológico por el que, en un momento dado, el cerebro nos juega una mala pasada. En los casos de pareidolia en general, ante cualquier estímulo visual, los seres humanos solemos llegar a conclusiones equívocas y tendemos a querer interpretar que, tras una imagen aparentemente difusa, en realidad hay una forma más o menos reconocible e identificable dentro de nuestro imaginario mental.

La pareidolia también se suele identificar con el aparente avistamiento de naves extraterrestres, con psicofonías o cuando, ante un ruido externo, creemos haber oído una voz humana transmitiendo un mensaje. Pero, como decimos, los casos más frecuentes se dan cuando creemos identificar rostros humanos en todo tipo de objetos o cuando, mirando al cielo, jugamos a identificar formas de personas, animales o cosas entre las nubes.

No todas las cajas son inofensivas. Algunas traman malvadísimos planes. Foto: @blawndee (Twitter). © Proporcionado por El Confidencial No todas las cajas son inofensivas. Algunas traman malvadísimos planes. Foto: @blawndee (Twitter).

En realidad se trata de un fenómeno de lo más normal, pero, ¿cuál es su origen? ¿De dónde procede esta tendencia? Hay varias teorías al respecto, aunque todas ellas se tocan. La mayoría de estudios psicológicos sobre el tema aseguran que se trata de un asunto de expectativas. Y es que, si las personas estamos acostumbradas a interactuar con rostros humanos o de animales, es totalmente esperable que, ante la visión confusa de una imagen, tendamos a buscar una figura reconocible.

Por otro lado, Sophie Scott, profesora de psicología de la Universidad de Londres, va un poco más allá. En sus estudios, la investigadora siempre ha asegurado que, además de todo lo anterior, la pareidolia también puede tener un componente cultural o incluso religioso. Es así como Scott explica que los apasionados de los fenómenos paranormales avisten ovnis o que la gente religiosa sea más proclive a identificar imágenes santificadas en objetos cotidianos.

¿Habríamos sobrevivido sin pareidolia?

Dejando al margen el componente religioso y centrándonos en el puramente biológico y neuronal, lo que la mayoría de investigadores tiene claro es que la pareidolia no sólo es un fenónomeno común, sino que, de hecho, incluso es una clara ventaja evolutiva.

A día de hoy parece extraño querer asemejar la pareidolia facial a una ventaja evolutiva, pero si nos remontamos varios siglos en el tiempo parece tener todo el sentido del mundo.

El ejemplo más evidente nos sitúa en las épocas en las que el ser humano habitaba junto a los animales salvajes. Y es que si un ser humano primitivo observaba algún tipo de movimiento entre los arbustos, el mero hecho de identificar a un animal (estuviera o no en lo cierto) le ayudó a evitar el peligro. Los humanos actuales, por tanto, habríamos heredado este instinto.

De hecho, para Christopher French, profesor y miembro de la Sociedad Psicológica Británica, la pareidolia es un fenómeno innato al ser humano, ya que lo primero que hacen los bebés, nada más nacer, es intentar identificar rostros humanos en semejanza al de su madre, con lo que no se trataría de un comportamiento aprendido.

Vivir en la selva es mucho más divertido, como demuestra este insecto catacanthus. Imagen: Ian Jacobs (Flickr). © Proporcionado por El Confidencial Vivir en la selva es mucho más divertido, como demuestra este insecto catacanthus. Imagen: Ian Jacobs (Flickr).

Premio IgNobel para 'Jesús en una tostada'

Sea como fuere su origen, lo cierto es que la pareidolia es un fenómeno de lo más natural, aunque en según qué ocasiones puede tener un punto de trivialidad. Y si no, que se los pregunten a los creadores de los premios IgNobel, una especie de parodia de los verdaderos Nobel, que cada año premian trabajos científicos que investigan cómo de dolorosa es la picadura de abeja en un pene, el promedio de relaciones sexuales del Ismaíl de Marruecos para tener 888 hijos en su corta vida y otros estudios tan interesantes –de verdad– como divertidos.

Y es que en 2014, el premio IgNobel de neurociencia recayó sobre 'Jesús en una tostada: correlaciones neurológicas y de comportamiento de la pareidolia facial', un estudio realizado por un equipo de investigadores chinos y canadienses que exploraron este fenómeno.

Más allá del divertido reclamo de la tostada, el estudio tenía su miga. Los investigadores reunieron a un grupo de personas y les mostraron una serie de imágenes que no contenían ninguna forma reconocible. Sin embargo, les dijeron que la mitad de esas imágenes contenían rostros humanos y/o letras. Los resultados fueron llamativos: pese a que las imágenes eran puro ruido, las personas analizadas aseguraron reconocer caras en un 34% de las ocasiones y letras en un 38%.

Y es que, de un modo u otro, parece que nuestro cerebro está preparado para identificar este tipo de figuras, independientemente de que existan o no. Así que si eres de los que ve rostros humanos en cualquier objeto, tranquilo, no estás loco. O quizá sí lo estés, pero no tendrá nada que ver con esto.

Imagen: Karl Tate/Live Science. © Externa Imagen: Karl Tate/Live Science.
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