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Érase una vez una Palma en Turquía

EL PAÍS EL PAÍS 24/05/2014 Javier Ocaña
Érase una vez una Palma en Turquía © LALO R. VILLAR Érase una vez una Palma en Turquía

Si partimos de la base de que dos de los directores preferidos de Ingmar Bergman eran Michael Curtiz y Raoul Walsh, antagónicos en su estilo de componer películas al del sueco, elucubrar ahora sobre quién se ha impuesto a quién resulta ciertamente complicado, y quizá incluso inservible. El jurado, presidido por Jane Campion, ha otorgado la Palma de Oro del Festival de Cannes 2014 a la película turca Winter sleep, pero el hecho es que el sensacional filme de Nuri Bilge Ceylan se ha impuesto en un año en el que, sin esa indiscutible obra maestra que pone a todos de acuerdo, había no menos de otras cinco grandes obras a los que no les hubiera quedado grande el prestigioso premio.

De todos modos, la película de Ceylan, la más larga del certamen, tres horas y cuarto, y disfrutada por este crítico en el día de ayer, cuando el festival repite las aspirantes a la Palma de Oro una tras otra, quizá fuera en la que más consenso había, a juzgar tanto por las ovaciones del público en el Palais de la Croisette como, sobre todo, en la sala de prensa. No parece difícil que su combinación de grandeza visual y esmero narrativo haya encantado a ciertos miembros del jurado con un cine, en cierto modo, semejante, caso de la propia Campion y, sobre todo, del director chino Jia Zang-ke. De hecho, volviendo al inicio de la crónica, es decir, a Bergman, Winter sleep, el terremoto ético vivido por un actor retirado que tiene un hotel para turistas en la zona rural y montañosa de Anatolia, bien podría ser una hipotética película del mítico director sueco si este hubiese nacido en la península turca; o la que hubiera podido hacer Víctor Erice si hubiera podido continuar su carrera con cierta normalidad tras los triunfos de El espíritu de la colmena y El Sur; o, yendo más allá, la que hubiera podido hacer Dostoiesvski si no hubiera muerto antes del inicio del arte cinematográfico. La película de Ceylan habla de algunos de los grandes temas tratados por estos tótems, de la vanidad al orgullo, de la soledad al aislamiento, de la intelectualidad a la religión, de la humillación a la ira.

Con un tratamiento de luz descomunal, y a base de larguísimas conversaciones filmadas de un modo tan natural y tan sencillo como potente en el apartado fotográfico y en el diseño de producción, Winter sleep se impuso así a trabajos sobresalientes que se han ido del certamen sin premio, caso de Dos días, una noche, de los hermanos Dardenne, Sils Maria, de Olivier Assayas, e incluso The homesman, el sobrecogedor western antes de la época del llamado salvaje oeste que ha filmado el actor y director Tommy Lee Jones. El turco mejora así una carrera en la que ya se acumulaban, solo aquí en Cannes, el Gran Premio del Jurado, por Lejano (2003); el premio de la Crítica, por Los climas (2006); el de mejor director, por Tres monos (2008), y de nuevo el Gran Premio del Jurado, por Érase una vez en Anatolia (2011).

El galardón al mejor actor, de los más cantados, fue para Timothy Spall, por Mr. Turner, del británico Mike Leigh, por dar vida al volcán artístico y mental que tenía en su exterior e interior el pintor del siglo XIX Joseph Mallord William Turner, especializado en cuadros marinos. Con un trabajo físico imponente, tanto en cuerpo, encorvado, como en rostro, mueca casi perpetua, y voz, a base de gruñidos casi de perro, Spall inició ayer la que seguramente será una larga carrera de galardones este año.

El de actriz, sin embargo, fue una sorpresa relativa, porque no recayó en la gran favorita, Marion Cotillard en la película de los hermanos Dardenne, sino en la estadounidense Juliane Moore, por Maps to the stars, de Cronenberg. A su neurótica actriz de Hollywood en horas bajas poco o nada se le puede objetar, y menos en una intérprete tan enorme, salvo que su papel, pleno de intensidad en todo momento, tiene menos matices que el de Cotillard.

El ruso Andrei Zvyagintsev obtuvo un merecido premio al mejor guión, aunque cuando Campion recitó su nombre el director pareció algo decepcionado, quizá porque interiormente aspiraba a un premio aún mayor por otra excelente obra, Leviathan: una demoledora visión de la Rusia actual, en la que parecen reinar la corrupción, la violencia y el vodka. Mientras, el estadounidense Benneth Miller, que ya venía de una película excepcional alrededor del mundo del deporte, Moneyball, obtenía el premio al mejor director por Foxcatcher, ambientada en el mundo de la lucha libre olímpica. Eso sí, el galardón más sorprendente, al menos en la sala de prensa, fue el Gran Premio del Jurado para la italiana Le meraviglie, segundo largometraje de la joven realizadora Alice Rohrwacher, de 33 años, entregado por su compatriota Sophia Loren.

Fritz Lang dijo una vez tras la aparición del formato panorámico que “el cinemascope no es para filmar a las personas, sino a las serpientes y los entierros”. La frase da una idea de las dificultades, y las reticencias, que tienen los cambios técnicos y estratégicos para imponerse entre el poder establecido de las artes. Y ahora el canadiense Xavier Dolan, de 25 años, le ha dado un vuelco al cine filmando una película en vertical, Mommy, estrechando aún más la pantalla de lo que siempre se ha llamado el formato cuadrado; un formato que, parafraseando a Lang, podría servir mejor para filmar fotos de boda en las que debe salir desde la punta de arriba del velo hasta el brillo de los zapatos.

El jurado recompensó al jovencísimo creador con el Premio del Jurado, ex aequo con la de Jean-Luc Godard,Adiós al lenguaje, la decisión más protestada de la tarde entre la prensa, y con razón, porque huele a galardón a toda una vida. Un veredicto que, eso sí, no es difícil ver como un guiño del jurado a la, seguramente, obra más radical de este arte en los últimos 50 años, y al nuevo niño terrible del cine mundial, al más atrevido e insolente del certamen, lo que es maravilloso, aunque sea con una historia, también escrita por Dolan, que, ya dentro de ese novedoso encuadre, cojea un tanto, sobre todo por su falta de complejidad, algo seguramente normal en alguien tan joven.

En una ceremonia presentada por Lambert Wilson, en la que entregaron premios Paz Vega y Daniel Brühl, las lágrimas de Dolan, llorando como el niño que (casi) es, constituyeron otra de las imágenes de la noche. Lástima que Godard, de 83 años, no pudiera acercarse por Cannes a recoger su premio, porque la estampa del crío y del anciano, de dos radicales sin freno, hubiera sido histórica.

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