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“Cuanto más apática esté la gente más fuerte estallará la violencia”

EL PAÍS EL PAÍS 04/06/2014 Carles Geli
El escritor Irvine Welsh, en Barcelona a comienzos de mayo. © Albert García El escritor Irvine Welsh, en Barcelona a comienzos de mayo.

“Te verde; cualquiera”, dice tras apurar un vaso de agua. No es la bebida que uno espera de este hombre corpulento bajo su camiseta negra, brazos tatuados, cabeza rapada, de habla cerrada casi como su boca, comisuras de los labios grabando su rostro hacia abajo. Menos aún si se sabe que es Irvine Welsh, el autor de Trainspotting (1993), retrato de esa simbiosis letal que fue el thatcherismo con el azote de una heroína que estalló de la nada en la Escocia de los años 80. Una instantánea que tuvo secuela, Porno (2002), y también precuela, Skagboys (Chicos de la heroína, en argot, 2012), que ahora llega a España (Anagrama).

“La policía sigue aporreando a los piquetes que quedan como si fueran crías de foca (…) Pienso que hemos perdido y se avecinan tiempos crudos”, escribe Mark Renton (jovencísimo Ewan McGregor en la adaptación al cine que Dany Boyle hizo de Trainspotting en 1996) en su diario de rehabilitación de drogadicto recordando su apaleada presencia junto a su padre en la huelga de mineros de Orgreave y que marca el inicio de una novela que narra la introducción en la heroína de su pandilla, pero con un componente sociopolítico más fuerte que en las dos entregas anteriores. “Quería explicar cómo los personajes de Trainspotting habían llegado hasta ahí, pero deseaba complementar las voces y las circunstancias familiares dando un pequeño sorbo al tema político”.

Pero Welsh (Leith, Escocia, 1958), en Barcelona para hablar hoy de su vida y obra en el Festival Primera Persona del CCCB, ha dado un buen lingotazo. “Hace tiempo que quería escribir sobre los años 80 que transformaron Inglaterra, que es casi como escribir de ahora porque el tema sociopolítico no ha cambiado, sigue dominando la economía del paro, todo se ha cronificado desde esos 80”, asegura. Tatcher es, así, casi una coprotagonista (“me tendría que pagar derechos de autor”) y en el libro se la considera la culpable de propagar el sida en Escocia al suprimir programas de intercambio de jeringuillas, mientras que la peña se hace eco de la teoría conspirativa de que la heroína aterrizó para frenar los violentos disturbios de la contestación social de 1981. “No creo en conspiraciones porque todo el capitalismo me parece en sí una conspiración contra la clase trabajadora; se provoca exprofeso paro y falta de oportunidades… y en ese ambiente el analgésico viene solo: la gente ha de gestionar el dolor y en ese caldo de cultivo, la droga llegará siempre, es un chute inevitable contra el drama de una vida así”.

Está muy bien que roben mis libros, es coherente con el mundo que retrato”

También la falta de tacto de la Dama de Hierro está, cree, en la raíz del proceso independentista de Escocia. “Tatcher es la gran artesana de la independencia de Escocia; no sé qué pasará en el referéndum de octubre pero ni que sea a largo plazo la separación de Escocia está garantizada; todos los elementos que justificaron la unión –la industrialización, el imperio con su mercado, el estado del bienestar…- se han fundido”. A ese ambiente hay que añadir una polarización brutal de la sociedad entre ricos y pobres, si bien no se ha traducido en la explosión social que Welsh vaticinó hace 10 años. “Si yo perteneciera al establishment gubernamental estaría muy preocupado: cuanto más apática esté la gente y más tarde en reaccionar mucho más imprevisible y catastrófico será el estallido de violencia; estamos en la calma típica antes de la gran tempestad y los sectores de la seguridad, públicos y privados, no podrán contener ese malestar”. Y no se divisan cambios. “Ya no es ricos contra pobres: hoy lo ricos ya solo son cuatro y tras acabar con la clase trabajadora ahora atacan a las clases medias”.

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El tono de voz de Welsh, bajo, es el del que se ha fajado en el fango y pudo salir más o menos de pie (hace tiempo que dejó las drogas) en una sociedad británica que “no ofrece esperanza alguna a sus ciudadanos” pero que en cambio ha colocado una pica en el sistema: Trainspotting es lectura obligatoria en escuelas y, a su vez, aún sigue entre los más sustraídos en bibliotecas y librerías. “Está muy bien que roben mis libros: es coherente con el mundo underground que describo… A veces, el éxito fuerza al establishment a introducir cosas en el sistema aunque vayan en su contra”. Y tanto, porque la trilogía es dura de forma y fondo: Skagboys vuelve a mostrar una cantidad infinita de juegos de argot rimados, palabras nacidas “de los insultos que se lanzaban los jefes de clanes antiguos cuando luchaban en representación de sus tribus”, el peligroso humor que destila Begbie (Robert Carlyle en el cine), aquí graduándose como psicópata, y las sórdidas peripecias de un Spud (Ewen Bremmer) que pierde el empleo y que “inevitablemente tenía que caer en la droga”, que no debía ser el caso ni de Renton ni de Sick Boy (Jonny Lee Miller), kamikazes muy conscientes de que van a cruzar una frontera. “Tenían recursos para no sucumbir pero es la fuerza de encontrarse ambos lo que les conduce a la droga y esta a cambiar su voz, su pensamiento cínico tan brillante en Renton, por la del victimismo, la decadencia y la pena; a todos nos ha pasado que una amistad te ha arrastrado a un mundo autodestructivo del que sabes que no saldrás si no rompes esa relación”.

Tras acabar con la clase trabajadora, ahora atacan a las clases medias”

Hace poco que Welsh alquiló una casa un fin de semana para reencontrarse con McGregor y otros miembros del equipo cinematográfico, grupo claramente menos tóxico, para ver si Porno llega también a la gran pantalla. “Trainspotting dejó el listón alto; dependerá si hallamos un buen guion y cuadramos agendas”. Más factible (“pero no quiero saturar el mercado”) parece una adaptación televisiva, como la que HBO ha planteado a Welsh, ocupado ya en la promoción de su última novela, Las vidas sexuales de las hermanas siamesas, locura de relaciones obsesivas entre una profesora de fitness y una clienta obesa y que Anagrama publicará en 2015.

No teme el autor escocés la amistad reiterada de Renton y su pandilla. Aunque vive en EE UU, pasa aun tres meses al año en su tierra natal –“sigue el paro y las drogas pero está en el aire la voluntad de reinventarse, hay cierto optimismo, del que el proceso independentista no es ajeno porque creen que desatascará el país al olvidarse de defensas militares, aristocracias y macroimperios y centrarse más en lo que es esencial para ellos: trabajo y vida sencilla”-- y mantiene que sus personajes son la mejor encarnación de los problemas de hoy, algo que la literatura no suele tocar. “En el Reino Unido las clases medias lectoras buscan historias sobre ellas mismas, con sus peripecias de amor y todo eso y que son las que ganan siempre el premio Booker; en Escocia, nuestras clases medias viven en Inglaterra y consumen su literatura y además siempre hemos acogido mejor la problemática social y lo marginal, en una cáustica tradición”. Y hasta sugiere algún nombre, si esta literatura interesa, como el de Alan Warner.

Thatcher es la gran artesana de la independencia de Escocia”

Un tercio de Skagboys es, de hecho, material que cayó de Trainspotting; otro tercio salió de las notas que tomó en los 90 para aquel libro y el resto lo escribió entre 2010 y 2012. Se trata, pues, de un hombre de más de 50 años revisando y ampliando un texto escrito de cuando tenía unos 28 sobre una generación que tenía 21. “No crea, fue más simple de lo previsto: es fácil escribir sobre algo que uno ha vivido tan intensamente”.

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