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“Desafección”, un sentimiento nuevo

EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Álex Grijelmo

Los últimos resultados electorales en España han alentado el uso periodístico del vocablo “desafección”. Y cabe comprender que se nos pringue en los dedos al teclear, pues tiene un significado deducible. Pero engañoso, porque “desafección” se define con sólo dos palabras en el Diccionario: “Mala voluntad”.

“Afección” procede del latín affectionis, sustantivo que tenía el neutral significado de “acción de afectar” o “resultado de una influencia” (diccionario Vox, 1990).

El actual diccionario académico del español remite en “afección” a uno de los significados de “afecto”, el relativo a las “pasiones del ánimo”; y cita entre ellas el amor y el cariño, pero también la ira y el odio. De ahí que el Diccionario de Autoridades (1737) definiese así la palabra “ojo”, por ejemplo: “Órgano por donde el animal recibe las especies de la vida y por donde explica sus afectos”. Todos los afectos, lo mismo la sorpresa que las lágrimas.

Por su parte, el sustantivo “desafección” figuraba en el diccionario del jesuita Esteban Terreros y Pando, en 1786, como sinónimo de “desafecto”, vocablo que definía luego con estas palabras: “Desamor. (...) Enemistad, aversión”.

Ahí tenemos ya un testimonio de que “desafección” no se limitaba a señalar de forma aséptica cierta distancia respecto de algo, sino más bien unos sentimientos adversos. La Academia se sumará en 1884 a este parecer, pues incorpora entonces el término y lo identifica también con “desafecto”, que define como “opuesto” y “contrario”. Y añade una tercera acepción: “Malquerencia”. La “mala voluntad” en esta entrada aparece en 1950.

El vocablo se ha desarrollado desde hace siglos con un sentido negativo propio

Por tanto, “desafección” se ha desarrollado desde hace siglos con un sentido negativo propio, mientras que “afección” y “afecto” se usaron con ambivalencia en su origen, desde el latín affectus; y han servido y sirven para referirse tanto a la furia como a la ternura. El más frecuente uso de “afecto” en su sentido positivo ha connotado la percepción que tenemos hoy del término, pero “afección” no le acompañó en ese camino, y hasta vinculamos este vocablo con algo tan malo como una dolencia.

Otra de las razones de que los millones de hablantes del español no hayan necesitado hasta ahora decir “desafección” puede residir en que ya disponían de “desapego”. Y de algunos términos más. En su Diccionario de los sentimientos, José Antonio Marina y Marisa López Penas (Anagrama, 1999) sitúan “desafecto” y “desapego” en la tribu de las palabras que remiten al sentimiento amoroso que va desapareciendo, y que por tanto parten de un estado previo de emociones positivas. En esa colectividad figuran vocablos como “desamor”, “decepción”, “desencanto”, “desengaño”, “chasco”, “desilusión”.

De ellos, la voz “desencanto” adquirió enorme uso en los últimos años de la Transición, cuando el entusiasmo por la nueva democracia dio paso a la cruda realidad de las dificultades económicas de entonces.

¿Por qué ahora se usa tanto “desafección” y no cualquiera de esos otros sustantivos? Pues quizá porque quien lo escribe desea en su subconsciente marcar las diferencias. No hay “desamor” si no hubo amor. No hay desencanto porque no se recuerda ya encantamiento alguno. Ni hay “decepción”, puesto que no existe un “pesar causado por un desengaño”. Y no hay “desengaño” porque no existía engaño: la gente sabía antes sobre la clase política lo mismo que sabe ahora (si bien ahora lo tolera menos). Tampoco hay “desilusión” ni “chasco”, que implicarían asimismo una euforia previa. Ni hay “desapego”, porque no hubo apego en realidad.

Y en eso llegó “desafección”, un término que ya no sugiere la idea de un sentimiento positivo anterior, porque “afección” no lo connota, como hemos visto.

Así pues, quizás el incipiente cambio de significado en “desafección” sirva para designar con tal palabra esa nueva actitud que se concreta en el alejamiento respecto de una clase política que estaba próxima, sí, pero a la cual ya hacía mucho tiempo que se había dejado de apreciar. 

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