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“La izquierda no sabe lo que perdió por dejar de hablar con Octavio Paz”

EL PAÍS EL PAÍS 31/05/2014 Marina Gómez-Robledo
Enrique Krauze tras la entrevista. © LUIS SEVILLANO Enrique Krauze tras la entrevista.

Octavio Paz fue hijo de la Revolución mexicana. Desde su primera infancia hace ya un siglo el espíritu de transformación y guerra flotaba entre las paredes de su casa, y del mundo. Con ocasión del centenario de su nacimiento, el historiador y ensayista, Enrique Krauze escribe 186 páginas para “comprender a Paz [...] Comprenderlo, no juzgarlo ni explicarlo”, según aclara en el prólogo de su último ensayo. No es una biografía integral, la vida personal del poeta aparece someramente; es una aventura profunda por algunas zonas de su alma, como las raíces religiosas que heredó de su madre y que, aunque se definía como un hombre agnóstico, se traslucen en sus palabras.

El premio nobel de literatura en 1990, que buscó personificar en sus prosas y versos la esencia de México, tenía muchas facetas. Krauze ha elegido solo dos, para homenajear a su difunto amigo y maestro, las que dan el nombre a su última obra, Octavio Paz: El poeta y la Revolución.

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Pregunta. ¿Qué le faltaría a su libro para que fuera una biografía integral?

Respuesta. Todo el Octavio Paz más íntimo, toda su vida personal. Toco su alma política, ideológica, de las pasiones revolucionarias, intelectuales y literarias de Paz. La historia personal llegará, y quizá, alguna vez escriba yo un libro sobre Octavio Paz íntimo.

P. Usted recoge de Paz que “cada hombre oculta un desconocido” ¿Octavio Paz descubrió a su desconocido?

R. No lo sé, la respuesta está cifrada en su poesía. Lo único que intuyo, es que el momento en donde él se sentía pleno era cuando escribía poesía del amor. Sentía en él arder la doble flama del amor y del erotismo. En todos los otros aspectos había una batalla: el revolucionario y el liberal; el socialista y el demócrata; entre su padre y su abuelo; un hombre, como dijo Vargas Llosa, gran polemista, pero sobre todo, un polemista consigo mismo.

P. Murió dos años antes de la transición política mexicana (abril de 1998). ¿Qué diría Octavio Paz del México actual?

R. Seguiría muy preocupado. Nunca descansó en su preocupación, murió en un estado de zozobra. Lo que Paz vislumbraba era este México que iba a tener una transición hacia la democracia, transición por la que él había luchado, pero que entraba en una zona desconocida, o más bien muy conocida: la zona de la disgregación del poder y de la violencia. Ese es el río subterráneo que Octavio escuchaba, el río de la violencia, que había desgarrado la vida de su padre y había marcado la vida del abuelo. El mundo violento de 1914 donde él nació, ese mundo que temía. Y tenía razón, es muy desdichado ver a este México bronco de nuevo. Estoy seguro de que Octavio habría sido muy crítico con los gobiernos del Partido Acción Nacional (derecha) por frívolos, irresponsables, por no saber hacer política con responsabilidad. Lo veía como un partido anclado en actitudes de un conservadurismo social

P. ¿Y sobre el regreso del PRI (partido en el poder en México)?

Paz habría sido muy crítico con los gobiernos del PAN, por frívolos

R. No sé cómo vería el retorno del PRI al poder. Lo único que sí creo que le gustaría —está en el terreno de la completa hipótesis— es que estamos construyendo, con dificultades, un país realmente democrático y tampoco creo que vería mal el ánimo reformista que existe ahora, porque es adverso a las estructuras burocráticas monopólicas.

P. ¿Y sobre la izquierda?

R. A él le habría gustado tener un diálogo con la izquierda, pero para bailar un tango se necesitan dos. Nunca hubo alguien que quisiera debatir con él, en este tango nadie quiso bailar con él. Entonces lo único que hicieron fue que, cada vez que los invitaba al baile de los debates, lo insultaban, lo escupían, lo calumniaban, le decían reaccionario fascista, derechista. La izquierda mexicana y latinoamericana perdió con ello al mayor interlocutor posible. La izquierda latinoamericana no tiene todavía idea de lo que perdió al dejar de hablar con Octavio Paz. Él siempre creyó en el diálogo entre la tradición liberal y la tradición socialista, en esa convergencia de las dos tradiciones, la única posibilidad de una sociedad mejor. ¿Qué dejaba a un lado? Todos los fanatismos de la identidad, racistas, nacionalistas, religiosos, las dictaduras. Esa convergencia no se ha dado y es una posibilidad real de progreso. Hasta ahí puedo decir.

P. ¿Qué aspectos de Octavio Paz nos descubre en su libro?

R. Bueno ciertos aspectos de su genealogía, algunos temas personales; el trazo general de su trayectoria intelectual, digamos que su desilusión del mundo socialista fue más lenta de lo que se recuerda. También un sustrato secreto de cultura católica en el poeta liberal.

P. Paz se preguntaba “¿cuándo perdió su expresión el pueblo mexicano?” ¿Respondió a esta cuestión?

R. La quiso contestar en su libro El Laberinto de la Soledad. En un sentido este libro es la expresión y esencia de México, al mismo tiempo, México no es una esencia, México, como dijo el propio Paz en Posdata, es una historia, y México es plural. ¿Hay una contradicción en la obra de Paz? Claro. Pero es una contradicción fértil. Paz encontró la esencia de México, la corrigió, la criticó, pero incesantemente volvía a buscarla. Tengo la impresión que eso tenía que ver con los más tempranos recuerdos de acompañar a su madre a la Iglesia, y ver las fiestas mexicanas que se ponían en la plazas. Eso está en El Laberinto de la Soledad y ese es el edén al que quiso volver, me imagino.

Es necesario un diálogo entre la tradición liberal y la socialista

P. ¿De las críticas a Octavio Paz, cuáles le parecen acertadas?

R. Yo creo que fueron críticas bastantes torpes, bastante dogmáticas. Incluso el propio Carlos Monsiváis —uno de los más críticos en el momento de mayor polémica en la izquierda— dijo, en los años noventa, que Octavio Paz tenía razón en la mayoría de las cosas. Espero no sonar dogmático si digo que ni un solo crítico estuvo a la altura del personaje. Sí puedo mencionar, por ejemplo, una obra de Jorge Aguilar Mora que criticaba la propensión a poetizar la realidad y la historia de Octavio, creo que eso es válido.

P. Octavio Paz afirmó que las palabras amor, poesía y revolución podían ser utilizados como sinónimos ¿Lo seguía creyendo en sus últimos años?

R. No, porque al mismo tiempo que tenía esa nostalgia del movimiento zapatista, no dejaba de ser un liberal demócrata y entendía que la sociedad solo es perfectible a través de las leyes e instituciones. Que es mejor la reforma que la revolución.

P. ¿Una última reflexión?

R. Frente a las amenazas de lo que bien podría llamarse nacional populismo, tanto en América Latina como en España, es más vigente que nunca, sin hipérbole lo digo, la necesidad del diálogo y el acercamiento entre la tradición liberal y la socialista. Por este motivo creo que el pensamiento de Octavio Paz sigue vigente, a los 100 años de su nacimiento.

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