Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

“La sala de cine es el lugar donde entendemos que no estamos solos”

EL PAÍS EL PAÍS 15/05/2014 Tommaso Koch
“La sala de cine es el lugar donde entendemos que no estamos solos” © arthur mola “La sala de cine es el lugar donde entendemos que no estamos solos”

Mensaje: “Vente de fiesta con nosotros”. Firmado: Russell Crowe. Se refiere a una celebración a bordo del espléndido yate que el actor tiene anclado en el muelle de Cannes. Debe de haber medio planeta que suplicaría por recibir tamaña invitación (e infinitos organizadores de guateques que morirían por tener a la Kidman en su lista de invitados). Ella prefiere ofrecer un educado “no”. Porque tiene confianza y es amiga de Crowe y porque le espera un avión de vuelta a Nashville, de vuelta a su familia. Aunque lo cierto es que hubiese rechazado en cualquier caso. “Estoy cansada”, explica Nicole Kidman (Honolulu, 1967) en una escondida terraza, en medio del jardín que envuelve a uno de los hoteles más prestigiosos de Cannes. Parece decirlo en serio.

Allí está sentada la actriz desde primera hora de la mañana. Y de allí no se ha movido durante un día y más de 40 entrevistas. Tanto que en un momento dado, en medio de la conversación, se levanta y se cambia de silla, aunque solo sea para estar en otro sitio, más al sol.

Ante todos los focos estuvo, en cambio, el día anterior. Tocaba un plan ligero: estreno, como protagonista, de la película que inauguró la 67ª edición de Cannes, Grace de Mónaco, de Olivier Dahan. De paso, para que no le faltara nada, estos días Kidman también ha hecho saber al mundo que su nombre original no es Nicole sino Hokulani, palabra hawaiana que significa “estrella celestial”. Aunque ante la pregunta de cómo hay que referirse a ella, deja las cosas bien claras: “Solo mi marido [el músico Keith Urban] me puede llamar Hokulani”. Tampoco Kidman parece tener ganas de desvelar otro gran secreto al mundo. “Ya me gustaría contárselo”, sonríe.

Así que resulta mejor virar hacia la polémica película que la ha llevado hasta La Croisette. Y que no ha gustado nada a la familia real de Mónaco. “Los entiendo. Se trata de hijos protegiendo a sus padres”, defiende la actriz, que se ha metido en la piel de Grace Kelly. Hasta el punto de que ha declarado que entiende la elección de la actriz de dejar el cine por amor y que ella también lo haría. Sin embargo, no le ha tocado esa encrucijada: “Me siento muy libre, es una sensación estupenda”.

“Grace Kelly me encantó. Creo que era una buena persona. Me ha sorprendido sobre todo su humanidad”, añade sobre su personaje. En el fondo, de ella dicen lo mismo. Un empleado que participó durante dos meses en el rodaje de Grace de Mónaco cuenta que es de las artistas más profesionales con las que haya trabajado nunca y que habla “de la misma manera con cualquiera, del director a los limpiadores”. Al contárselo, Kidman parece alegrarse sinceramente: “¿En serio? Ni me lo planteo, es como soy. Me gusta encontrar a la gente, escucharla. Creo en respetar los tiempos y en ser amable con los otros”.

Una de las megaestrellas femeninas del mundo del cine también cree firmemente en el futuro de este medio tal y como lo conocemos. En tiempos de debates digitales, televisiones inteligentes y sofás más llenos que las salas, Kidman rompe varias lanzas a favor de la costumbre de toda la vida: “Creo que las grandes pantallas tienen un futuro enorme. Hay una razón por la que amamos llorar y reírnos juntos y me encanta que podamos seguir haciéndolo. La sala de cine es el lugar donde entendemos de verdad que tenemos amigos, que no estamos solos”.

Tanto que ella, asegura, acude a las salas muy a menudo, como una ciudadana cualquiera. Aunque, claro, es Nicole Kidman. Es decir, la ganadora de un Oscar por Las horas y uno de los rostros (a pesar de los brutales retoques que han acabado por modificarlo) más conocidos del planeta. Lo que en Nashville, sostiene, no tiene la menor consecuencia. En el resto del mundo ir al cine le resulta más complejo. Nada que un sombrero bien encajado sobre la cabeza no pueda solucionar.

La actriz quiere restarle importancia al asunto de ser quién es. Tal vez por su conocida timidez, o tal vez porque realmente crea en ello. De ahí que rechace escoger el peor aspecto de ser famosa: “No quiero quejarme, no es mi estilo. Ves a tanta gente en el mundo que sufre y no puedes no sentirte increíblemente privilegiado”. “Ser actriz es un trabajo. Eres una empleada, obtienes un papel, haces lo que te pide el director”: esa es la simple fórmula de Kidman. Lo que varía, claro, es qué quiere cada cineasta de ella, que ha trabajado con decenas, desde Lars von Trier a Alejandro Amenábar pasando por Baz Luhrman, Stanley Kubrick, Sydney Pollack o Gus van Sant. En concreto, cita dos ejemplos: “Olivier Dahan es muy lento y metódico. Hace poco, en cambio, he rodado una película australiana independiente donde todo era inmediato, en medio de fango y sangre, sin dinero ni maquillaje”.

Kidman tiene pensado ahora cogerse un buen periodo de pausa. Cuenta que se irá de gira con su marido y que suele gustarle desaparecer de los focos durante un tiempo. Su pan de cada día lejos de los rodajes suena sencillo: “Estar con mis hijos, jugar con ellos, nadar, ir a ver películas con mi marido”. Como una persona cualquiera. Tal vez con un sombrero.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon