Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

“No se puede vivir en una cárcel para seguir vendiendo camisetas o discos”

EL PAÍS EL PAÍS 03/06/2014 David López

Durante el último mes ha pasado por Las Vegas, Mónaco, Italia y Viena. Y cuando se marche de España mañana viajará a Marruecos, a Los Ángeles y regresará a Australia, donde colabora en la versión australiana del concurso televisivo La voz para talentos musicales. Y todo mientras espera aún a que la FIFA le confirme si actuará en alguno de los actos del Mundial de fútbol de Brasil. Porque aunque Ricky Martin (San Juan, Puerto Rico, 1971) es el intérprete de uno de los temas oficiales del campeonato, no sabe aún si podrá cantarlo en directo. “Lo que diga la FIFA…”, afirma él, mientras se encoge de hombros. “Yo espero al menos poder ver la final”, se consuela.

Martin, nacionalizado español en 2011, está en Madrid desde el pasado domingo para promocionar Vida, de Elijah King, ganadora de un concurso organizado entre Sony, la discográfica del artista, y la FIFA para elegir la canción que este grabaría y al que se presentaron más de 1.500 propuestas. Un tema cuyo vídeo, que se estrenó el pasado mes de abril en Youtube, cuenta hoy con más de 12 millones de visitas. “Una locura. Antes hablábamos de discos vendidos y ahora de visitas. Pero Youtube paga también. Y muy bien. Mientras más tocadas, mejor. Aunque a mí lo que más me gusta de este cambio es que ahora puedes ver la reacción inmediata del público, porque la gente te dice si le gusta o no", explica el cantante.

Tiene 42 años, el bronceado perenne que contrasta con las espirales de tatuajes de sus brazos, el mismo peinado con tupé con el que triunfó en los años noventa y ganas aún de responder a pesar de tener programadas dos docenas de entrevistas en la agenda del día y otras tantas también por teléfono con medios de comunicación internacionales. Cuentan los miembros de su equipo, acostumbrados a viajar con él de promoción en promoción, que tiene mucho talento para saber dar respuestas diferentes con el mismo mensaje a todos aquellos que le formulan las mismas preguntas. Pero Martin se confiesa hoy, sobre todo, como dice que invita a hacer su canción, “celebrando la vida, porque nos tenemos que centrar en las cosas simples. Y para mí ahora eso son mis emociones. Sentimientos sencillos. Aunque me ha costado llegar a ellos…”.

Martin se refiere así al ya conocido viaje personal que ha realizado estos últimos años. Primero, en 2008, convirtiéndose en padre de gemelos, Matteo y Valentino, con una madre de alquiler. Un ejemplo que han seguido después otros famosos, como su amigo Miguel Bosé. Pero, sobre todo, desde que en 2010 publicase una autobiografía, Yo, que además de ser un éxito de ventas supuso el reconocimiento público de su homosexualidad. Un proceso durante el que, cuenta, se hizo “muchas preguntas que tuve que contestarme para poder llegar al nivel de tranquilidad y aceptación que hoy tengo”. Una experiencia que recuerda hoy cuando se le pregunta por el mundo del fútbol, donde son excepcionales los casos como el suyo. “La felicidad no tiene precio. Ni la libertad. Pero llega un momento en el que dices: ‘¡Basta!, este soy yo y quiero ser feliz’. ¿Sabe lo que es vivir enjaulado? Resulta muy doloroso. Y a veces es por el miedo. Alimentado por la sociedad o por la religión. O porque la gente te dice: no hagas eso, que vas a perder tu éxito. Pero no se puede vivir en una cárcel por dejar de vender camisetas o discos. Además de que después te das cuenta de que los sigues vendiendo como antes”.

En su caso, Martin continúa haciéndolo (más de 70 millones de copias ya a lo largo de una carrera que comenzó hace 30 años, en el grupo infantil Menudo). Pero también vende entradas para sus actuaciones en Broadway (Evita, en 2012, la última, en la que interpretaba al Che Guevara y que estuvo casi un año en cartel). O para los conciertos que realiza por todo el mundo. Desde Australia, donde está ahora afincado este adicto confeso “a la inestabilidad y los viajes”, hasta Viena, donde el pasado fin de semana actuó en la gala solidaria Life Ball con Conchita Wurst, la mujer barbuda ganadora de Eurovisón. “Una luz al final del camino, porque es el éxito que se consigue cuando la gente se enfoca en el talento sin importar la orientación sexual”, como la define. E incluso libros infantiles, un sector en el que se estrenó como autor el pasado año con Santiago, el soñador entre las estrellas, y que fue líder de ventas en Estados Unidos tras su publicación simultánea en español y en inglés.

Pero ese es el nuevo Ricky Martin fuera de los escenarios, el más personal. Porque cuando se sube a ellos asegura que ese cambio no se ha notado. Que sigue siendo “el mismo que canta, baila y hace que la gente sea parte del espectáculo”, aunque presume de que ahora “mi música en mi idioma internacionalmente llega más de lo que lo había hech nunca”. El mismo artista que alcanzó el éxito con canciones como La Copa de la vida, el himno oficial del Mundial de Francia en 1998, o María, en la que cantaba aquello de “así es María, tan caliente y fría, que si te la bebes de seguro te va a matar”. Aunque ahora, como explica, y aunque siga incluyéndolo en su repertorio, este sea uno de esos temas que ya está “un poco harto” de cantar. “Pero entonces llego a un acuerdo conmigo mismo. Me digo: ‘¿Y si le cambio los arreglos a la canción o el estribillo?’ Y lo hago. Y entonces se vuelve divertido de nuevo”, dice, sonríe y se agita de nuevo en su butaca. “Como decía mi madre, bailando todo se arregla”.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon