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1.000.000 de esclavos marcados en Río

El Mundo El Mundo 08/06/2014 GERMÁN ARANDA

Primero, Ana de la Merced sintió curiosidad. «¿Qué serán todos estos animales? ¿Perros tal vez?». Después, cuando se dio cuenta de que eran huesos humanos, le carcomía la angustia y el pánico. «Aquí ha habido una matanza y van a pensar que fui yo. Es mucho más que una familia lo que hay enterrado». Y, finalmente, se impuso una mezcla de alivio y preocupación cuando supo que los incontables restos óseos encontrados en la obra de patio interior de su casa eran tan sólo la prueba de que bajo el suelo de su hogar, en Rio de Janeiro, se encuentra seguramente el mayor cementerio de esclavos del mundo.

«Recuerdo con claridad que encontré una mandíbula pequeña con un diente pequeño saliendo. ¡Hasta niños había allí enterrados!», explica a Crónica la buena mujer, que dio con el hallazgo arqueológico en el 96 y en 2005 decidió crear el Museu dos Pretos Novos (preto significa negro), al lado de su casa, donde se exponen los restos de huesos y otros materiales encontrados en la región, tales como una vara que, con la punta hirviente, era usada para castigar y azuzar a los esclavos.

Considerado el mayor puerto de la historia de América Latina, se estima que a Rio de Janeiro llegaron un millón de esclavos entre los años 1769 y 1830. Como los expertos calculan que la tasa de mortalidad en los navíos era de alrededor de un 5%, la propia Ana sostiene que los restos de unas 50.000 personas se encuentran bajo tierra en los aledaños de su casa. Lo que sí está demostrado por registros oficiales es que entre 1824 y 1830 fueron enterrados 6.122 esclavos africanos, de los cuales el 60% eran hombres, el 30% mujeres y el 10% niños.

En su obsesión por imitar la Barcelona olímpica -tras el Mundial que empieza el jueves vendrán los Juegos de 2016-, Rio de Janeiro empezó en 2011 un ruidoso proceso de revitalización de su centro portuario. Aún hoy es un campo abierto de obras.

Y al excavar, comenzó a aflorar una historia de la que nunca hubo mucho interés por contar: la de los miles de esclavos que atracaban en Rio de Janeiro y que por allí mismo eran vendidos y explotados. Las autoridades decidieron entonces poner un equipo de arqueólogos a supervisar las obras en los barrios de Saúde y Gamboa, donde el puerto, y hoy, después de años dando la espalda a su pasado, la UNESCO ha inaugurado incluso una ruta del esclavo para que no se olvide la historia más negra de la Cidade Maravilhosa.

«Llegué a preguntarme si realmente a alguien le importaba todo esto», cuenta con tristeza Ana de la Merced al recordar los años de silencio y abandono del Ayuntamiento y otras instituciones. Lo máximo que hizo el órgano de gobierno municipal fue prohibirle continuar con la obra y obligarle a «vivir entre agujeros». «Los huesos eran triturados y destrozados para que cupieran más. Se abría una fosa y encima se colocaba otra. Después se quemaban con un procedimiento nada cristiano, aunque previamente habían recibido una misa y sus óbitos estaban registrados por la iglesia. Basura y restos de animales eran enterrados junto a esos cuerpos», cuenta Julio César Medeiros, historiador que conoció el museo en su pesquisa sobre la esclavitud y decidió dedicarle su tesis doctoral, publicada más tarde en forma de libro. También han aparecido utensilios propios de las torturas, como un hierro con el que marcaban a fuego la piel de los desgraciados.

Esa brutalidad contra los cuerpos deja un legado bastante deteriorado y troceado de aquella época negra.

Pese al maltrecho estado, lo que cuentan esos huesos del pasado más oscuro de Brasil es de vital importancia no sólo por la cantidad de esclavos sepultados, sino porque es «el único cementerio del que tenemos total certeza de que está formado sólo por africanos recién llegados y no por esclavos nativos», aporta Medeiros. Es, por tanto, uno de los pocos testimonios de cómo eran los africanos del siglo XVII. «Por ejemplo, sus dentaduras se conservan bien porque todavía no usaban el azúcar en África», comenta.

Misa antes de morir

El cementerio funcionó hasta 1830 y fue cerrado porque los vecinos se quejaban del mal olor que generaba. Antes, entre 1722 y 1769, los africanos que llegaban muertos eran enterrados en la iglesia de Santa Rita, que aún hoy se conserva prácticamente intacta. El templo estaba muy cerca de una cárcel cuyos presos (esclavos o malhechores) eran «obligados a oír misa antes del azote o la pena de muerte», narra Claudio Honorato, otro historiador especializado en esclavismo. Nos acompaña por los lugares clave de un barrio que se dedicó intensamente al tráfico de esclavos, muchos de los cuales yacen descuartizados bajo nuestros pasos.

Explica, además, que el sepultamiento no se hacía en el interior de la capilla, «lugar reservado a los más ilustres que se ganaban el derecho a estar más cerca de Dios», sino en los aledaños del lugar. «Santa Rita era conocida como la virgen de las causas imposibles y el esclavismo lo era», dice Honorato.

A pocos kilómetros de la iglesia se encuentra el mayor hallazgo arqueológico de las obras de la ciudad olímpica, que el alcalde Eduardo Paes calificó como «las ruinas romanas» de Rio. Se trata del Cais do Valongo, puerto de entrada de los esclavos a Rio entre 1818 y 1830. Entre las joyas arqueológicas encontradas por allí se hallan trozos de calzados, caracolas que eran usadas en los rituales religiosos de los negros y joyas confeccionadas con una especie de fibra de palmera que las esclavas usaban para adornar sus cadenas, en un intento por preservar su feminidad.

Muchos de esos restos, según el diario O Globo, se encuentran abandonados y todavía no se ha abierto el museo prometido en 2011 por el alcalde con todos estos importantes detalles de la vida cotidiana de los esclavos.

Se conservan del muelle los típicos muros de piedra de ruinas pero también la amarra de cadenas que los barcos usaban para anclar cuando llegaban llenos de africanos listos para ser vendidos en un mercado tan agitado como los bares y la música que hoy toman la noche de este barrio.

Uno de los recitales de samba más populares se celebra hoy precisamente en la Pedra do Sal, una pequeña plaza que conserva unas grandes rocas antiguamente bañadas por el mar. Allí «los esclavos descargaban sal» porque existía un pequeño almacén del mineral y otras mercancías justo en ese lugar. «Y también fueron los esclavos quienes con sus manos tallaron estas escaleras para no resbalarse por la piedra», dice Honorato.

Plaza de la samba

Años después, esa misma plazuela vio nacer la samba, también estrechamente relacionada con la historia negra y con los olvidados de la sociedad, pese a su actual popularidad en todas las clases sociales. Hoy, tres noches por semana, los espectadores se agolpan encima de la roca, elevados para tener mejor perspectiva de la plaza que queda debajo.

Brasil fue el último país del mundo en abolir la esclavitud. Fue el 13 de mayo de 1888, 350 después de que llegaran a Rio y a Bahia, principales puertos de entrada, los primeros africanos hambrientos y encadenados. Un largo infierno alimentado, se calcula, por cuatro millones de esclavos llegados a Brasil, casi la mitad de todos los que arribaron a América.

Los historiadores Medeiros y Honorato, ambos de ascendencia africana, están de acuerdo en que el racismo y la marginalidad de las favelas son herencia de aquel pasado. Por eso escarban en la historia de los esclavos con la misma intensidad con la que decenas de excavadoras siguen levantando el barrio Saúde para ponerlo guapo antes de los Juegos de 2016.

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