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16 años estudiando la tecnofobia: por qué odiamos los cambios y la innovación

El Confidencial El Confidencial 07/07/2016 Teknautas

La velocidad a la que se presentan tecnologías disruptivas con el potencial de cambiar nuestras vidas es una de las causas que alimentan la oposición a esas mismas tecnologías, necesarias para hacer frente a los importantes desafíos que se plantean ante la humanidad, como es el cambio climático o la pobreza y el hambre en el mundo. Es una de las conclusiones que ha presentado Calestous Juma, profesor del Centro Belfer para la Ciencia y las Relaciones Internacionales de la Escuela Kennedy de Harvard.

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Juma ha pasado 16 años estudiando la oposición al cambio a lo largo de la historia, desde la introducción de la imprenta o los tractores al café y la margarina para entender por qué gran parte de la sociedad se opone por sistema a lo nuevo. En su opinión, entender esas razones es crítico para introducir y adoptar las innovaciones tecnológicas que hoy son necesarias para hacer frente a esas crisis económicas y medioambientales ante las que nos encontramos. 

Calestous Juma, autor de 'Innovación y sus enemigos: Por qué la gente se resiste a las nuevas tecnologías' (Foto: Harvard Kennedy School) © Proporcionado por El Confidencial Calestous Juma, autor de 'Innovación y sus enemigos: Por qué la gente se resiste a las nuevas tecnologías' (Foto: Harvard Kennedy School)

El resultado, en forma de libro titulado 'Innovación y sus enemigos: por qué la gente se resiste a las nuevas tecnologías', es un estudio que asegura que el miedo a perder el empleo, la identidad y el poder son los principales alicientes de esos obstáculos para la innovación, y describe una brecha cada vez mayor entre el rápido ritmo al que evoluciona la tecnología y la lenta velocidad a la que la sociedad se acostumbra. "Las esperanzas de la humanidad de poder cubrir las necesidades de una población cada vez mayor en un mundo que se calienta van unidas a la introducción de innovaciones tecnológicas, pero el progreso puede verse obstaculizado por una obstrucción irracional al cambio", asegura.

Su estudio reconoce la necesidad de resolver las preocupaciones legítimas sobre salud y medio ambiente que pueden causar los nuevos productos y tecnologías, y subraya que la transparencia, la inclusión y la precaución a la hora de manejar la incertidumbre científica son elementos críticos para ganarse la confianza del público. 

Del café a los transgénicos

También recoge una crónica temporal de las acciones muchas veces desmedidas emprendidas por los oponentes al cambio, y cómo la tenacidad de los innovadores lograron superarlas. Entre otros casos, Juma recoge la oposición a que se imprimiese el Corán, a la corriente alterna, a la refrigeración, a la grabación de música y, más recientemente, a la robótica, la inteligencia artificial y la biotecnología aplicada a la agricultura. Por ejemplo, Juma cuenta que el café y los tractores fueron objeto de duras campañas de desprestigio. Otras tácticas incluyeron demonización, dispersión de rumores, calumnias, restricciones por legislación o prohibiciones absolutas.

En las manifestaciones antitransgénicos, las referencias a Frankestein (un monstruo hecho de partes de otros cuerpos) es habitual © Proporcionado por El Confidencial En las manifestaciones antitransgénicos, las referencias a Frankestein (un monstruo hecho de partes de otros cuerpos) es habitual

Señala algunos paralelismos curiosos. En la actualidad, los transgénicos reciben el nombre despectivo de 'frankenfood' (comida Frankestein). En el siglo XVII en Italia se llamaba al café "la bebida de Satán", y en la India de principios del siglo XX, "el alcohol de los jóvenes". En Inglaterra, Francia o Alemania se asociaba el café con la esterilidad.

Cuando se referían a los productos refrigerados como "comida embalsamada", muchos consumidores dejaron de comprarlos. En Suecia se extendió la idea de que el teléfono era un "instrumento del diablo", y a la margarina en América se la llamaba "bull butter" (una expresión que hoy se asocia con una mentira) y se la relacionaba con la esterilidad, la calvicie masculina y la atrofia en el crecimiento. 

"Todo esto tiene en común el miedo a lo nuevo y la costumbre de dejar fuera todo lo bueno que traen las nuevas tecnologías", explica Juma. 

Los cuatro tipos de argumentos

Según su estudio, en muchos casos las objeciones a la innovación entran en una o más de las siguientes cuatro categorías: intuición, intereses personales, argumentos intelectuales y factores psicológicos.

1. Respuestas intuitivas, a menudo expresadas como disgusto, reflejan patrones de comportamiento que descansan en las raíces evolutivas de nuestros miedos y fobias. Por ejemplo: un nuevo alimento puede ser entendido como una amenaza para la salud.

© Proporcionado por El Confidencial

2. Los intereses personales tienen como un buen ejemplo a los luditas, los trabajadores de las fábricas textiles que a principios del siglo XIX destruían las máquinas de las fábricas. Se usan como ejemplo de la oposición irracional al progreso, pero la verdad es que eran una señal del choque entre una visión competitiva y una visión moral del mundo.

3. Los desafíos intelectuales que suponen las nuevas tecnologías implican la oposición filosófica de la manipulación de la naturaleza, o el uso de robots en la producción de una forma que muchos consideran deshumanizada.

4. Por último, los modelos de negocio que buscan alterar la psicología nuestras elecciones sobre salud o nutrición suelen encontrarse con una gran iposición. 

(Foto: Reuters) © Externa (Foto: Reuters)
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