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48 horas de furia en TV3

Logotipo de El Mundo El Mundo 28/09/2017 JOSÉ GARCÍA DOMÍNGUEZ

Ante la mirada jocosa del resto de tertulianos, la periodista, una pequeña celebridad doméstica, comenzó a emitir entrecortados gemidos de placer al tiempo que se acariciaba ambas caderas de modo sensual, inequívoco. Un orgasmo. «¡Me está erotizando!», depuso luego, ya cuando las carcajadas cómplices de los otros ponían el broche final al clímax de la representación. La escena transcurrió en el programa matutino de la televisión oficial. Y el sujeto pasivo de aquella burla, el ciudadano al que se intentaba ridiculizar por medio de la astracanada coral, era el catedrático de Filosofía y actual diputado socialista por Barcelona Manuel Cruz, quien acababa de realizar unas declaraciones contra el monopolio del discurso nacionalista en los medios de comunicación locales, algo que no había sido del agrado de los responsables de la cadena.

Aquella vez Carles Puigdemont no consideró preceptivo emitir opinión personal alguna sobre el asunto. Sin embargo, cuando la misma periodista de TV3 procedió, poco tiempo después, a quemar ante las cámaras un ejemplar de la Constitución previamente rociado con gasolina, el presidente de la Generalitat sí creyó conveniente hacer público su parecer al respecto. «La libertad de expresión está por encima del mal gusto», expuso, lacónico, el máximo representante del Estado en la plaza. Mensaje recibido.

TV3, la nostra, según reza su nada hipócrita eslogan, el cauce audiovisual único a través del que se informan sobre la actualidad política el 60% de los catalanes, tiene por norma ancestral recurrir a la técnica del cinco contra uno en los espacios de debate (cuatro avezados tertulianos nacionalistas, con la colaboración siempre activa del presentador del programa, apabullan a un quinto, el sparring que les sirve de legitimadora coartada pluralista). Pero, durante estas vísperas tensas, ya a menos de una semana de la consumación del tejerazo, incluso eso se les antoja demasiado generoso con el enemigo espanyol.

Así, en la edición de Els matins del martes pasado, el programa de los gemidos y la gasolina, la plaza del unionista (cualquiera que hoy defienda el orden legal que emana de la Constitución recibe ese calificativo en TV3) fue cedida a Montserrat Nebrera, una suerte de Fouché catalán, solo que con faldas (y a lo loco). Nebrera, antigua aspirante a líder del PPC, tardaría menos de un mes en decirse independentista tras ver frustrada aquella aspiración suya por el veto de Génova. No es de extrañar, pues, su pasiva actitud silente cuando un tercero en liza, un individuo que fue presentado como profesor de ciencia política, comenzó a repetir una y otra vez que «nosotros negamos esa Constitución de ellos». De ahí que, al final, los espectadores se quedaran sin saber quiénes son «nosotros» y quiénes «ellos».

Sí se le explicó a la audiencia, en cambio, que el orden legal vigente en España establece de modo claro e inequívoco que las fuerzas de la Guardia Civil y de la Policía Nacional que están actuando en Cataluña tendrían la obligación de someterse al mando único del jefe de los Mossos, el funambulista Trapero. Antigua militante del PSC ahora escindida y alineada con los separatistas, Montserrat Tura, una licenciada en Medicina que dirigió la Consejería de Interior cuando el tripartito, aseguró saber de muy buena tinta que la interpretación jurídica correcta es esa, pero que el Gobierno ha prevaricado al nombrar al coronel De Mesa.

También convidada en calidad de tertuliana, Joana Ortega, la vicepresidenta del Gobierno de Artur Mas que acaba de ser condenada por la convocatoria ilegal del 9-N, aprovechó la oportunidad que se le brindaba para revelar ante las cámaras que aquella mañana, la del 9-N, se negó en redondo a entregar a la Fiscalía la lista con los nombres de los directores de los colegios e institutos donde se iba a votar. «Como es lógico, no se la dimos», presumió. Como es lógico, tampoco nadie le afeó esa conducta delictiva entre el resto de los presentes en el estudio. Lo lógico en una democracia, ya se sabe, es no obedecer a jueces y fiscales.

Tarda oberta, el espacio que se emite tras la maratón insurreccional de las mañanas, ofreció a continuación el más difícil todavía: un olímpico siete contra uno. ¡Siete! La de los orgasmos, criatura dotada con una predisposición innata para lo zafio, otros cuatro agitadores de plantilla y dos presentadores-activistas, todos contra el estoico de turno. Terminada la escabechina, el mismísimo consejero de Justicia de la Generalitat, Carles Mundó, compareció en escena para hacer partícipes a los espectadores de la siguiente reflexión doctrinal: «Hay dos cosas que conviene no saber nunca cómo se hacen, las salchichas y las leyes». Grandes risitas de los presentes.

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Luego, dos periodistas de la casa procedieron a hacer entrega de un regalo sorpresa al señor consejero: una corbata con la imagen estampada de Piolín. Más risitas en familia. Acto seguido, y tras el jiji-jaja, tomó el micrófono un tal Graupera para, con la mirada ida y fuera de sí, invitar a todos los agentes del cuerpo de los Mossos d'Esquadra a incumplir la legalidad y sublevarse contra cualquier autoridad legítima que les ordene hacer cumplir la sentencia del Constitucional. La encendida arenga del perturbado incitando a las fuerzas del orden a cometer el delito de sedición, como no podía ser de otro modo, fue seguida con el más respetuoso silencio por los responsables de la emisión.

En la edición de ayer miércoles, el teórico papel del sparring en Els matins le tocaba a Ricardo Fernández Deu, añeja gloria del circuito catalán de TVE durante el franquismo y antiguo consejero de la Corporación Catalana de Radio y Televisión en representación del PP. Pero Fernández, un profesional por encima de todo, cambió raudo de bando en cuanto le abrieron el micro. «Se está utilizando a la Policía de forma indiscriminada», denunció de entrada. Para añadir sin solución de continuidad que «el responsable es Rajoy». Ni una mención, ni una sola, a la sublevación en marcha que se está desarrollando delante de sus narices.

Tras un ademán explícito de aprobación, Joan B. Culla, un historiador y publicista de la ortodoxia doctrinal anti española desde su tribuna semanal en el suplemento catalán de El País, celebró satisfecho la deposición de Fernández. «Eso que dices es impecable», le aclaró. Visiblemente complacido, Fernández sonreía a la cámara. Se acaba de ganar unas cuantas tertulias; con un poco de suerte, incluso el doblete en el programa de la tarde. Lo dicho, un profesional.

Un par de horas más tarde, y siempre dentro del mismo maratón levantisco de Els matins, un representante sindical de los Mossos afirmó taxativo, rotundo, que ellos, los policías de Puigdemont, son «los garantes de la cohesión interna de la sociedad catalana». Palabras arcanas donde las haya. E inquietantes. El resto de la jornada, en fin, más de lo mismo. Y así todos los días.

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