Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

A cañonazo limpio en la catedral

EL PAÍS EL PAÍS 03/05/2014 Daniel Verdú
A cañonazo limpio en la catedral © Félix Valiente A cañonazo limpio en la catedral

Es posible que mientras pintaba El expolio, escuchase el sonido de alguno de los cuatro órganos que había entonces en la catedral de Toledo. Puede que alguna de las piezas que inspiraron a los compositores que sonaron ayer fuesen banda sonora de su obra pictórica, pese a que él dejase escrito aquello de “yo de música no sé”. En tiempos de El Greco, de quien se celebran estos días los 400 años de su muerte, todavía no se había construido ninguno de los miles de tubos de estaño y plomo que componen los siete majestuosos artefactos de viento que se escucharon ayer, quizá por primera vez en total armonía, en la I Batalla de Órganos. Pero el estruendo del choque evocó de alguna forma sus tiempos de gloria. Aunque no fuera una guerra, más bien una suerte de debate que terminó haciendo honores al elevado arte de la improvisación, arrendatario de los teclados del mundo durante casi 400 años. Desde aquella iglesia de Leipzig a los clubes y tugurios de Nueva York; de Bach al jazz de nuestros días.

Unas 1.200 personas, que agotaron las entradas puestas a la venta, abarrotaban ayer la catedral toledana para ver cómo siete de sus diez órganos rompían el silencio —el peor enemigo de un instrumento, decía uno de sus intérpretes— al que fueron condenados en los últimos años. Un espectáculo (podrá verse otros días con ciertas variaciones) organizado por la fundación que celebra el centenario del pintor cretense y que ha logrado generar alrededor de toda la ciudad exitosos focos de interés para este aniversario. Como las tres instalaciones (Tres aguas) de la artista Cristina Iglesias, situadas en distintos puntos de la ciudad; o la exposición de fotografía/vídeo comisariada por Elena Ochoa Foster y coordinada con el gusto habitual de la galería Ivorypress; o, por supuesto, la deslumbrante muestra dedicada al pintor, que ha reunido 125 de las alrededor de 300 pinturas de El Greco. Ayer, como lleva sucediendo las últimas semanas, la efervescencia cultural que se vivía en Toledo recordaba a lo que debió ser aquella ciudad imperial en la que El Greco fue su más rutilante estrella.

Y quizá sea todavía hoy el único lugar del mundo donde pueda verse un espectáculo de este tipo. No se conocen iglesias o catedrales con 10 órganos (tres no se tocaron ayer). Menos todavía con enormes artefactos como el Emperador, un órgano de 2.000 tubos —algunos de hasta cinco metros de longitud— colocado en la Puerta de los Leones, la entrada que usaba Carlos V para acceder directamente a la catedral con su carruaje, y que ayer se imponía una y otra vez con toda la furia de sus trompetas. O el Bergalonga, con un sistema de tubería de 4.500 piezas construido en 1798, que sonó escoltado por los registros agudos de los dos Realejos gemelos de 1713 y de su hermano mayor de 1721. Todo ello en la más absoluta penumbra del atardecer para preservar a los instrumentos de los cambios de temperatura provocados por el calor de la iluminación.

Cuatro especialistas (los italianos Patricia Salvini y Paulo Oreni, y Baptiste-Florian Marle-Ouvrand y Juan José Montero) fueron los autores intelectuales de este duelo sonoro. De entre todos ellos, sin embargo, sobresalía Montero, que no podía ocultar la enorme satisfacción de su descomunal trabajo en los últimos seis meses para afinar los más de 10.000 tubos que ayer cumplieron perfectamente con su obligación 300 años después. De rescatarlos, en algunos casos, de una avanzada ruina. Montero, toledano de nacimiento, correteó de niño por la catedral y conocía mejor que nadie los tesoros que escondía. Por eso invitó a los otros tres virtuosos del órgano (ninguno tiene más de 30 años y ayer seguían las partituras desde sus iPads) y se arremangó para poner a punto los instrumentos. Primero tuvo que establecer el diapasón, luego retocar mediante conos de afinación el molde de cada uno de ellos hasta alcanzar el sonido deseado según la escala Balotti. Y todo ello teniendo en cuenta los enormes cambios de temperatura y la endiablada acústica de una catedral. Toda una heroicidad musical.

Así, durante casi dos horas, los organistas desgranaron un repertorio que arrancó con la Batalla Imperial de Primer Tono, de J.B.J. Cabanilles. Cuatro órganos repartiéndose la partitura y escupiendo su descomunal potencia desde las trompetas (las tuberías colocadas de forma horizontal a la manera española), como si fueran cañones de barcos, acentuando esa sensación de una lucha culminada con el triunfo final plasmado a través de un característico compás ternario. Sonaron Haendel, Frescobaldi, Tres sonatas de Scarlatti o el Concerto para tres cémbalos en Do Mayor BWV de Bach (el compositor tenía 28 años cuando se construyeron los órganos Realejos que ayer lo celebraban). El desenlace de toda esta suerte de delicioso experimento fue un duelo de cuatro organistas sobre la base del Aleluya Mozárabe de Toledo. Una pieza que sirvió de hilo conductor para desatar la improvisación del combate definitivo y clausura del concierto. Una melodía que ya sonó en obras de Alonso Lobo y Alonso de Tejada hace cuatro siglos, polifonistas con los que El Greco hubo de coincidir —puesto que dirigieron la capilla de la Catedral Primada— en el esplendor de unos días que ayer recuperaron su brillo desde las teclas de hueso y ébano de sus siete órganos.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon