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A la memoria de madre (última parte)

EL PAÍS EL PAÍS 13/06/2014 Elena Martín López

Cuando acompañé a mi madre a practicarse un aborto tenía yo tenía siete años. Me resistía a caminar, llorando, mientras mi madre tiraba de mí y me consolaba. El aborto se lo iba a practicar el doctor Enrique, nuestro médico de cabecera. Conocía bien el camino hacia su clínica era él quien me ponía las inyecciones y me hurgaba la garganta con un palito cuando estaba enferma. Aunque me trataba con cariño, la visita al médico nunca es agradable para una niño. De ahí mis llantos, a pesar de que mi madre insistía en que esta vez la cosa no iba conmigo. Solo me tranquilicé cuando comprobé que me quedaba en la sala de espera con la enfermera y con un TBO en la mano. Volvimos a casa en taxi, con mi madre seria y yo encantada porque la cosa no había ido conmigo. Luego todo discurrió de forma habitual, mi abuela vino a casa y ya nada alteró nuestra rutina familiar el resto del día.

No sé hasta qué punto estos hechos de mi infancia contribuyeron a mi elección profesional, pero he ejercido la Ginecología durante más de 40 años. En este largo tiempo he tenido ocasión de hablar y tratar a muchas mujeres y creo que puedo hablar de sus circunstancias y sentimientos con buen conocimiento de causa.

Como en el caso de mi madre, nunca he apreciado dramatismo en cómo plantea la mujer su solicitud de aborto en la primera etapa de su gestación, ni tampoco pude percibir que lo viva como un atentado a la vida humana. Las imágenes truculentas de fetos tirados en cubos de basura y otras barbaridades parecidas son patrimonio de los “hoolligans” de las organizaciones antiabortistas.

La decisión de interrumpir la gestación siempre responde a una motivación compleja en la que también están presentes criterios ajenos a la mujer, como los de su pareja o su familia y a los que habitualmente se ve en la necesidad de atender. Sin pretender simplificar el tema, sí que se puede hablar de circunstancias comunes que pueden ayudar a entender esta situación y así poder defender su práctica con más elementos de juicio.

Sí he visto mujeres apenadas porque alrededor del aborto casi siempre hay una ilusión malograda, tanto si tiene que recurrir a la interrupción porque se vino abajo un proyecto de familia o, en el caso de ya la tenga, puede que esto deje en el aire, en suspensión. sus proyectos personales a los que tiene todo el derecho de mundo.

Sin embargo, los sentimientos que, en mi experiencia, han estado presentes con más fuerza en la práctica totalidad de las mujeres han sido la vergüenza y el propósito de enmienda. Se trata de la misma vergüenza que todos sentimos cuando tenemos que confesar haber cometido un error fácilmente evitable, en este caso por la gran accesibilidad que se tiene en nuestra sociedad a los métodos anticonceptivos, teniendo además tener que pedir a otros que nos lo solucionen.

Y es esa conciencia de haber actuado torpemente la que la conduce al firme propósito que toda mujer expresa y cumple de emplear en el futuro los recursos adecuados para no volver a repetir una gestación no deseada. El cumplimiento de este propósito se puede comprobar cuando se recogen datos estadísticos sobre abortos y ver los pocos casos de reincidencia que se registran.

Junto con la sensación de alivio que la mujer siente cuando resuelve su situación, estas son las circunstancias que priman en la mujer que se practica un aborto en la primera etapa de la gestación. Dramatizar el hecho del aborto y tratarlo sin hacer diferencias entre las etapas por las que pasa la gestación proporciona argumentos a los antiabortistas para intervenir y condenar su práctica.

Cuando se realizó una consulta constitucional se trató el aborto como un atentado a la vida humana sin matices y obviando deliberadamente la etapa en la que el producto de la gestación no tiene ninguna capacidad de autonomía vital. Con el mismo derecho se debería plantear una consulta constitucional sobre la competencia del legislador civil para prohibir a la mujer interrumpir su gestación en esta primera etapa de la misma manera que se declara incompetente y se abstiene de intervenir en el caso de que la mujer decida seguir con su gestación, aun en el caso de que pueda transmitir una enfermedad mortal al feto.

Creo que ha sido un error de los que defendemos la libertad de la mujer para interrumpir su gestación dejarnos llevar por la terminología al uso y hablar del aborto sin matices.

Referirse a la de Ley de Plazos no deja claro el significado de esta que consiste en proporcionar a la mujer la posibilidad de disponer sobre su futuro libremente sin ninguna mediación en una etapa de su gestación en la que el único ser humano reconocible es ella misma.

Creo que para la actual reforma de la Ley del Aborto el principal objetivo es quitar a las mujeres libertad y posibilidad de enmendar su situación de manera sencilla y sin consecuencias graves. Su derecho a decidir libremente no ha supuesto ninguna alteración del orden público y durante su vigencia no ha creado ningún problema ni lo crea en el resto de los países donde funciona. La Ley actual supone un reconocimiento y respeto a la libertad de la mujer que, según parece, es demasiado para la ideología de nuestros dirigentes tanto civiles como religiosos.

Con la nueva ley volveremos a que la mujer tenga que pedir permiso a las autoridades competentes para interrumpir su gestación y volver a organizar un camino para que la mujer pueda abortar, pero sin que parezca que lo hace por su voluntad, sino porque según las personas autorizadas “lo necesita”.

El texto actual contiene algunas exigencias de la Iglesia y algunos desatinos que parecen producto de la vanidad del “señorito bien” que actualmente ejerce como ministro. Esperemos que Iglesia, como vieja y astuta Institución, acepte suavizar los términos actuales del texto. De la vanidad del “señorito bien” me fío menos. Es más peligrosa.

Elena Martín López es ginecóloga y portavoz de la Plataforma Nosotras Decidimos

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