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"A mi despacho no entra cualquiera, esta es mi casa"

Expansión.com Expansión.com 11/05/2014 Nerea Serrano

El ex director general de Cepsa guarda recuerdos de su trayectoria y su familia.

El despacho de Antonio Tuñón es el del ex director general de Cepsa, el del ex consejero delegado de Hidrocantábrico y el del actual presidente de Taiga Mistral. Lo que ha sido Tuñón como directivo y como persona ha tomado dimensiones de oficina y esencia de hogar. En él se respira la trayectoria de un ejecutivo que no quiere dejar nada atrás. Ni siquiera la gran mesa de despacho (comprada a un anticuario londinense) que tuvo en Hidrocantábrico y que conserva. Para ello tuvo que forzar las leyes de la física. "Solo entraba desmontando la ventana, por eso está desconchada". Daños colaterales para un escritorio con el que se reencontró cuatro años después de su marcha. "El consejero delegado pensó que, ya que la había comprado yo, debía tenerla y me la regaló".

Tuñón asegura que todos sus despachos han sido parecidos. "Me gustan los que son una unidad de vida, una continuidad de mis aficiones y mi familia. Separarlos es caer en la esquizofrenia".

Por ello, en el suyo hay objetos a los que no renunciaría nunca: "Me recuerdan las cosas que hice bien y las que hice mal. Como las carteras, que son mi debilidad; colecciono las que he usado en mi carrera. O el hoyo en uno que hice en 2004 (y del que da fe un trofeo)". El golf es una de sus pasiones; las otras son la náutica y la caza.

Pero si hay una pieza imprescindible para Tuñón, ésta es la placa que atestigua que fue parte de la historia, cuando vivió en primera persona el desmantelamiento del monopolio petrolero de Campsa. Casi tan especial como la muestra de crudo del prolífico yacimiento que descubrieron en Argelia.

La buena obra de Taiga Mistral, una compañía gestora de capital riesgo centrada en las energías renovables, queda patente en el agradecimiento de las gentes de un pueblo de Polonia por rehacer una pequeña iglesia.

En este despacho es posible pasar de la fe a la historia de la peseta -tiene todas las que existieron hasta la aparición del euro- y de ahí a un jardín zen que le regaló su hija. "Cuando hablo por teléfono acabo pasando el rastrillito por la arena", confiesa.

Tan inherente a él es este despacho, que no cualquiera entra. "Muy poca gente supera el nivel de confianza para recibirles aquí. Supone abrir tu casa".

 

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