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Abdicar en Barcelona

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 07/06/2014 Javier Pérez Andújar

Ahora le dicen a España que lo que tiene es insuficiencia coronaria, pero que eso se cura llevando vida sana y dejando de salir de noche. Es que aquí tenemos una juventud muy de quedarse hasta las tantas. Por ejemplo, en Barcelona los chavales se han tirado de marcha una semana seguida; pero también es lógico que anden dando tumbos por la calle si las autoridades les derriban el sitio donde viven. Barcelona, que es la tierra de los Mossos, de la luz y del amor, ha puesto en práctica la identificación masiva con complemento, que consiste en mandar a la policía a que fotografíe a discreción a todo el que pasa por la calle y para hacerle el retrato obligue al personal a colocarse capuchas y otras prendas, que ya ponen de su bolsillo las fuerzas públicas. De la Rambla de los Capuchinos a las galerías de encapuchados, esta ciudad no para de crecer en trascendencia histórica en tanto que caza de brujas y hacer de cualquier ciudadano un sospechoso de lo que sea, es decir, de no transigir con lo que se le manda. No basta, sin embargo, con abandonar la diversión nocturna. La insuficiencia coronaria requiere un cambio absoluto del estilo de vida. Pudiera parecer que el republicano, por lo mucho que le gusta ponerse morado, fuese un remedio poco idóneo. Aun así, lo republicano tiene la ligereza de los sueños robados. Porque la República en España no es una reivindicación sino una reclamación de algo que ha sido quitado a punta de pistola. La gente que pide la República lo hace, principalmente, porque es suya. Pero ¿a quién se la piden? ¿Quién tiene la República? Tiene la República el republicano español, que en paz descanse.

El republicano español es un señor que moría olvidado en Toulouse y que veía pasar las aguas del Garona y del Canal del Midi como esta tarde de abdicación repaso Los surcos del azar, la historia donde el dibujante Paco Roca explica la aventura de la compañía de republicanos españoles que luchó en la liberación de París del nazismo. No se me ha ocurrido mejor homenaje a toda aquella gente, nuestros mayores, que defendió la República. Ya sé que no es lo mismo proclamar la República en el ayuntamiento que ver a Rajoy en la televisión anunciando que el monarca va a abdicar en su heredero. Como tampoco son lo mismo los balcones de los ayuntamientos que los plasmas de televisión. Por eso la República parece aún tan verdadera, porque salía al balcón y le daba el aire de la calle. Machado, nunca un poeta tuvo tanto nombre de República, sabía que lo ibérico estaba hecho de mil tribus aisladas como mil encinas en la nada, que la salvación era el camino. Y ésta es la historia de España, la de una tierra de tribus, es decir, de ayuntamientos. El símbolo español no se encuentra en una ciudad, en un Madrid, por ejemplo. Todo lo de Madrid es intrasferiblemente madrileño. O en una Barcelona, donde cada cosa que ocurre, desde las Golondrinas hasta el Palau de la Música, es puramente barcelonesa. La representación de lo español se fragua en sus pueblos. La literatura lo sabe. Lo sabe Machado, que lo dice, y lo sabe Lope de Vega cuando dramatiza el mito de Fuenteovejuna, municipio de la provincia de Córdoba, que no es otro que el del pueblo soberano. La propia República se proclama después de unas elecciones municipales, nace desde abajo. Ahora la historia se ha repetido en clave de vodevil marxista y después de unas etéreas elecciones europeas, en las que no alcanzar la mitad de la participación se ha celebrado como un gran éxito, el Rey anuncia que se va pero que sigue su hijo.

Hemos pasado del lince ibérico al gatopardo. Tarde de abdicación. Las ediciones especiales de la prensa tendidas a los pies de los quioscos, como alfombras de Hollywood, para dar entrada a la noticia sensacional. Falta poco para las ocho y ya empieza a llenarse la plaza de Catalunya, una plaza que en vez de ayuntamiento tiene El Corte Inglés. Cada persona es el sueño de una República, cada familia es el recuerdo de una República. Algunos hubieran querido ir a la plaza de Sant Jaume, pero hay un imán en Barcelona que inmoviliza al personal. Somos alfileres (otros fueron agujas y no lo contaron). En los corrillos se dice que en la plaza de Catalunya cabe más gente y por eso se ha convocado aquí. Efectivamente parece más hecho para la gente El Corte Inglés que el Ayuntamiento; pero esta tarde de abdicación, en que precisamente se soñaba con caber en la Historia, se ha elegido de nuevo caber en la fotografía. Vivimos en la ciudad postal. ¿Siempre fue así? No. Ni siquiera ayer era así. Nunca como en los días del 15-M había estado la plaza de Catalunya tan viva, tan caliente de vida. Por eso aquel mismo invierno, el alcalde Trias puso allí una pista de hielo. La plaza de Catalunya es hoy un témpano y eso es lo que se ha visto esta tarde de abdicación histórica, en la que también abdicaba de su anhelo histórico el republicanismo de la II República. La plaza de Catalunya no estaba esta vez atiborrada por un mogollón humano sino por un montón de corrillos, es decir un montón de tribus, que no sabían muy bien a dónde mirar, a dónde mirarse, ni tampoco sabían muy bien qué gritar. Se sentía uno fuera de sitio como en la canción de los Burning. Pero ahora no hay ningún Pepe Risi que la cante con esa voz vacilante y vacilona. Tarde de estupefacción. Banderas republicanas, banderas independentistas, preguntándose qué hacen unas chicas como ellas en un sitio como éste, con la sensación permanente de no estar celebrando lo mismo. Pero ¿había algo que celebrar esa tarde? El motivo, la abdicación en el heredero, era una caricatura del motivo deseado; el sitio, la plaza de Catalunya, una falsificación del sitio codiciado; la convocatoria, una solapada imposición a lo espontáneo. En Barcelona no se permite que las cosas ocurran sin que nadie lo mande. Se vuelve a casa un cuarentón. “Me voy a tomar una birra porque creo que la tercera República hoy no se proclama”, dice. Tarde de abdicación y de abdicaciones. Los tres colores de la bandera republicana como el membrillo de tres colores de la merienda en el patio.

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