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Abismos de luz opresiva y música negra

EL PAÍS EL PAÍS 01/06/2014 Luis Hidalgo
Apabullante concierto de Nine Inch Nails. © GIANLUCA BATTISTA Apabullante concierto de Nine Inch Nails.

Diminuto e insignificante. Un mero átomo, mejor aún, la parte infinitesimal de un átomo. Se ignora si Trent Reznor pretendía conseguir este sentimiento entre los componentes de la multitud que siguió su concierto en la enorme explanada del Fórum, pero lo cierto es que cada uno de los allí presentes se sintió pequeño, una minucia anonadada ante el apabullante despliegue de luz de Nine Inchs Nails, los Cecil B DeMille del Primavera Sound 2014 que acabó con las luces del sol del primer día de junio. Si la banda norteamericana impuso su pegada, visual y sonora, la música negra dejó patente que en directo resulta imprevisible. Mientras la gran estrella del hip-hop Kendrick Lamar hizo un concierto que fue de más a menos para acabar a la francesa, Blood Orange entretuvieron sin más, dejando la delicia del detalle para los discos. Junto con el extravío mental de Justin Vernon, sí el de Bon Iver, al frente de Volcano Choir, fueron alguno de los múltiples puntos de interés de un acontecimiento que dada su envergadura resulta inabarcable. No hay un Primavera Sound, cada espectador se lo construye a medida.

Nine Inch Nails, un mastodonte sonoro y un paquidermo visual. No por lento, sino por enorme. El responsable de iluminación de la gira debió llegar a la tienda y tal y como cuentan hacen los jeques en las boutiques, debió llevárselo todo, dejando en el establecimiento un par de temblorosas velas. Hasta aquí no hay mérito, sólo dólares. Ocurre que la disposición de tanta luz, suficiente para hacerse una idea de lo que fue el primigenio big bang cosmológico, estaba dispuesta de manera que bajo ella, los componentes de Nine Inchs Nails parecían seres oprimidos, insignificantes humanos empequeñecidos por parrillas de luz que se situaban a poca distancia de sus cabezas. Un poco como hiciera Peter Gabriel con su gira de So, pero con un despliegue de luz apabullante. Incluso había momentos en los que el público era azotado por parrillas de luces cegadoras verdes de una gran intensidad, provocando que incluso la masa se viese intimidada. En suma, había una idea, no sólo medios.

Porque el remate a tal despliegue, o mejor dicho, su guión, es la música desasosegante de Nine Inchs Nails, un rock angustiado azotado por ritmos maquinales que resulta implacable. Trent, quien por cierto tiene un rostro que evoca al de Mikel Erentxun y podría haber nacido en Ataun, cantaba desazonado cogiéndose al micro como si soltarlo le condujese al Averno mientras la banda torturaba sus instrumentos con deliberada ferocidad para que canciones como The warning, The great destroyer -¡qué título tan adecuado!- Wish, The hand that feeds, Head like a hole o Hurt, todas en el tramo final del concierto, dejasen a la masa arrollada. Fue un concierto físico y pasmoso que permitió, de paso, comprobar los niveles de producción y de calidad técnica del Primavera Sound, donde todo ha sonado con una incuestionable calidad.

La actuación de Kendrick Lamar no estuvo, tristemente, a la altura esperada yendo de más a menos. Y no tanto por el repertorio, sino porque por la razón que fuese el recitador californiano la finalizó sin decir ni Pamplona y sin llegar al tiempo que el programa estipulaba. Optó por banda convencional con guitarra, bajo y batería, dejando que los teclados dibujasen fondos y disparasen coros y bases. Temas de satén como las excelentes Bitch, Dant Kill my vibe o Poetic justice sonaron más ásperas que en disco, sobre todo la segunda, de una precisión suiza, pero funcionaron. Ocurrió lo mismo con Money trees, pero al poco tiempo este recitador que escapa del chándal, vestía una camisa de cuadros no de leñador sensible, sino de chaval moliente, comenzó el show “tombolero” de que si un lado de la audiencia canta mejor o peor que el otro, demostrando que tiene una lengua más rápida que lo que tardó en torpedear su propio show. Cuando el público se iba adaptando a estos lugares comunes del género, Kendrick piró de escena. Se piró, no se marchó. Muy guay eso de que sus negrazos llevasen camiseta del Barça, pero para ganarse al público hace falta otra actitud.

La que tuvo por ejemplo Blood Orange encabezados por Devonté Hynes, un saltimbanqui que no paró de dar saltos por escena. También se despidió a la francesa, pero es que igual eso ya es tendencia entre los más afterpost y por aquí aún no nos hemos enterado. Se trató de otro grupo de música negra cuyo sonido en disco y en directo difiere un trecho, decantándose la propuesta sobre escena más hacia el pop negro, funky y chisposo, -digamos onda Prince o Michael Jackson, por citar dos paradigmas-, que hacia la electrónica negra. El ejemplo más claro fue la interpretación de Chamakay, una pieza que combina unas bases de graves oscuros y retumbantes con sonidos tropicales sobre los que planea la voz. Este contraste no fue tan evidente en directo, donde funcionaron mejor piezas perfil pop negro como You’re not good enough, una delicia epidérmica que hizo bailar, especialmente, a las féminas anglosajonas allí presentes. Ellos, por supuesto, las imitaron y la fiesta fue completa.

En realidad como lo ha sido en casi todo el Primavera que ya es historia, incluido el errático concierto de Volcano Choir, que no logró despertar el interés de la multitud. La confirmación del papel del público foráneo como sustento, un 44% del total según la organización, que destacó un crecimiento importante del procedente de Inglaterra e Italia y su perfil de cada vez más adulto, como lo demostró que este año se viese por el recinto a público con copas de vino en vasos adecuados aunque lógicamente de plástico, marcan dos ejes del futuro de un certamen donde este año las noticias han sido canosas. Sobre y ante los escenarios. Por eso pareció chusco que algunos policías de paisano requiriesen el vaciado de bolsillo a quienes no fumaban cigarrillos de vapor. Para ellos, el Primavera sí debió ser un espectáculo asombroso.

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