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Acto de homenaje al gol en Anoeta

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 01/10/2017 Eduardo Rodrigálvarez
Llorente derriba a Sergio León. © Javier Etxezarreta Llorente derriba a Sergio León.

En el fútbol, la desmesura es jaleada por el público tanto como vilipendiada por los entrenadores. A menudo, se la califica de locura, de partido loco, sin gobierno, carente de transiciones y lleno de revoluciones. Algo así como una suma de guerrillas cuando los entrenadores apuestan siempre por ejércitos regulares con táctica y estrategia, oficialidad y tropa en su sitio. Pero la desmesura a veces se produce por el impacto de la imaginación más que de la improvisación. La Real y el Betis se citaban con trayectorias opuestas: un cohete que bajaba (cuatro derrotas seguidas de la Real, Europa incluida) y otro que subía (tres victorias consecutivas del Betis, Bernabéu incluido) y en realidad se oponían la ansiedad del uno con la euforia del otro, que suele producir efectos eufóricos similares, con turnos de palabra, réplica y contrarréplica de un conjunto de buenos oradores como los que había sobre el campo. El primero en tomar la palabra fue Sanabria, habitual esta temporada en la oratoria goleadora del equipo sevillano y apenas había cesado aún el murmullo que precede siempre a los grandes debates. Pareció fuera de juego aunque más delgado que un hilo de seda blanca y por lo tanto, difícil de ver. El pase de Fabián demostró que este muchacho de 21 años tiene mucho más que altura. Y ahí empezó todo.

Aunque ciertamente el diálogo se amontonó. A la Real no se le heló la sangre con un gol tan misterioso. Al contrario, le hirvió la sangre y comenzó no solo el intercambio de goles con una media hora eléctrica sino los continuos cambios de gobierno, tantos que no había gobierno. A cada gol le sucedía una revolución contraria. Willian José contrarrestó el de Sanabria, Oyarzabal clavó la bandera y puso por delante a la Real, Feddal clavó al lado la suya en un saque de esquina, Joaquín en menos de un minuto volvió a subir la bandera del Betis, pero Xabi Prieto, 11 minutos después tiró del cordal de la suya y la puso a la altura de la verdiblanca. Y Sergio Leon, fresco como una lechuga, convirtió en gol otra obra magnífica de Guardado. De nuevo ondeaba la bandera del Betis y de nuevo apareció la de la Real con un cabezazo bellísimo de Llorente en otro córner. Y a poco hay un penalti de Llorente a Sergio León. Y por poco otro gol de Sergio Leon que se quedó corto muriendo en la boca de gol.

Había tiempo para todo, para ocho goles y los que hubieran hecho falta. Hasta los árbitros se contagiaron del espectáculo y concedieron cinco minutos de prolongación que, por su gusto, bien hubieran sido 10. O un tercer tiempo para seguir intercambiando goles. Pero había más cosas. Había un lateral, Odriozola, que como el velero de Espronceda, no corta el mar, sino vuela, un muchacho al que no hay peor castigo que un entrenador le pueda mandar a un futbolista que le siga. Le tocó a Durmisi, que es otra bala danesa. Y sufrió, porque Odriozola, pura velocidad, puede ser también arte en movimiento y tener la templanza de parar y mandar. Y había también un Joaquín pactado la eterna juventud con el diablo. Pero sobre todo, había un Guardado que a la sutileza le dio el brillo y el esplendor del sudor, reñido con la fatiga. Y había fallos defensivos, claro, más con el cansancio, y casualidades o fatalidades que explican algunos goles (rebotes tras remates, etc.). Pero lo que no había era miedo y sobraba pasión por ganar. Ambos se sintieron ganadores y perdedores al mismo tiempo y el empate premió a ambos. Pero ganó el público, la afición al fútbol que reclama equipos sin miedo. Porque el miedo solo destruye. Y ni el Betis ni la Real están por la labor.

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