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Adam Zagajewski

Logotipo de El Mundo El Mundo 28/09/2017 ANTONIO LUCAS

Lo leí en una entrevista de Alfonso Armada al poeta Adam Zagajewski: "La poesía tiene un valor extra cuando la sociedad está a punto de perecer". También lo creo. Hay hombres y mujeres que consisten en palabras, que manifiestan el mundo escribiendo y algo es más verdad así, y también el mundo es otro. Zagajewski, nacido en la Europa del Este, vivió el invierno comunista. Le prohibieron publicar. Marchó al exilio. Hoy vive sin la menor afectación. Ni un gramo de vanidad por hazaña alguna. Tampoco un llanto de más. Tan sólo es un desplazado, un sin tierra que no renuncia a la eterna novedad del mundo.

Hay poetas que viven como lo que son: una poderosa y vasta literatura. Y cuando la poesía cesa en ellos comienza el fin del individuo. A Zagajewski (en España lo publica Acantilado) conviene leerlo igual que uno se instala en esas noches que no hacen preguntas: sencillamente al vaivén de iluminaciones, de certezas imprevistas, de emociones no sabidas. Viene de la penumbra, pero ama la luz. Y la belleza. Y la ironía.

Ahora que tanto vivimos de hacer ruido, el mirar en voz baja de Zagajewski es un antídoto preciso contra la vulgaridad. Contra el tópico. Contra la falsa condición espectacular de los sujetos que se exhiben con disfraz de espectaculares. La suya es una escritura que no utiliza las palabras para entenderse sólo con los demás, sino para aprender a ser. Para aprendernos. Por eso no es gente cualquiera. Es alguien que viene del frío, pero no necesita huir del invierno y sabe que el fuego es lo más sencillo. Nunca lo evidente, siempre lo sencillo. Así arma sus poemas, con esa certeza de calor que es entender el verso como un voy contigo.

© Proporcionado por elmundo.es

Zagajewski no es un poeta amable. Trae un conflicto que decir, y lo dice. Tiene que ver con la idea de que la escritura también es un recurso político igual que literario. Pero no para hacer soflama ni colgarla en los balcones, sino para no perder la señal, ni bajar la guardia, ni descuidar su lucecita de alerta. Cuando la vida se seca a veces un poema trae la lluvia. Y el resplandor. Y la sed.

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