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Adiós Pablo, adiós Íñigo, adiós Podemos

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 29/09/2017 Esteban Hernández

Una de las consecuencias más obvias del proceso catalán es el profundo golpe a la popularidad de Podemos. Tras las elecciones generales, vistos los resultados y las dinámicas internas a las que abocaba, entendí que Podemos estaba acabado como partido de mayorías, y los acontecimientos posteriores parecen ir en esa dirección. Si su estrategia hubiera estado diseñada por un infiltrado del PP, apenas diferiría de la que están desarrollando, por lo que no es extraño que sigan cayendo. Y Cataluña es un paso más en ese sentido.

Lo peor del 1-O para Podemos es que demuestra su escasa capacidad de influencia social, uno de los indicadores que subrayan que te has convertido en un partido minoritario. Es cierto que se trataba de un escollo importante, porque la idea alrededor de la que nuclearon su discurso, la de no entrar en el fondo del asunto y abogar por el referéndum pactado, presentaba muchas dificultades.

Sabedores de que los temas territoriales son un arma de doble filo, en el sentido de que el apoyo y los votos que se ganan en Cataluña se pierden en el resto de España y viceversa, trataron de mantenerse en un eje en el que pudieran operar en los dos lugares al mismo tiempo. No lo han conseguido: “Queremos que Cataluña se quede pero que vote” no es un mal mensaje objetivamente hablando, pero sí era difícil de mantener en estas circunstancias.

Solo hay dos partidos

En primer lugar, porque cuando el entorno se polariza, como ha ocurrido con el 1-O, los que mantienen posturas intermedias desaparecen de escena. Los mensajes en medios y en las redes incitan a tomar partido, y quienes muestran posturas más decididas son quienes acaban concitando más apoyos. Es el caso de ERC en Cataluña y del PP en España. Hasta ahora, la principal consecuencia política de este proceso ha sido la invisibilidad de la mayoría de los partidos, absorbidos por la dinámica, que se refuerza entre sí, que mantienen estos dos.

Además, se trata de un mensaje difícil de mantener cuando tu propio partido no cree en él, como le ha sucedido a Podemos en Cataluña, con su líder, Albano Dante Fachin, apostando por la independencia. Y más aún si en realidad los tuyos no pertenecen a tu partido. La persona fuerte allí no es Iglesias (ni Dante) sino Ada Colau. Y Colau no está en Podemos. De modo que si esa actitud generase algún rédito, lo canalizaría una persona, la alcaldesa, que tiene su propia agenda y sus ambiciones personales.

Un Gobierno déspota

Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE) © EFE Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE)

Así las cosas, lo que ha hecho Podemos es intentar girar este escenario contra el PP. Ha señalado a los populares como los responsables de todo, acusándoles de haber creado el problema, insistiendo en la represión, en cómo unos ciudadanos pacíficos son privados de sus derechos esenciales por un Gobierno déspota, tanto en Cataluña como en España. Su mensaje era, en esencia, "si sacamos al PP del Gobierno, se acabaron los problemas, independencia incluida". Pero tampoco les ha funcionado. En Cataluña, porque cuando alguien se quiere ir, como ocurre con los soberanistas, ya no les importa mucho quién gobierne en España; de hecho, para ellos es mejor que estén los populares. En el resto de España, las decisiones del PP podrán generar indignación en las redes e irritar profundamente a quienes están en su contra, pero en los demás estratos les generan adeptos. Los más derechistas están muy contentos, y muchos ciudadanos, que no entienden la independencia catalana, se han colocado bajo el paraguas popular.

Y tampoco esa postura sirve para proponerse como futuro mediador, porque ese es el papel que quiere guardarse el PSOE, que al fin y al cabo es el segundo partido, y es el que puede tener más ascendencia social. De modo que, se mire por donde se mire, el 1-O es mal negocio para Podemos. Pero el problema, en realidad, no es Cataluña. Si solo fuera eso, tendrían que salvar un escollo notable, pero contarían con recorrido. Lo malo es todo lo demás.

Tres equivocaciones

Los errores en el desarrollo de Podemos han sido numerosos, más que los aciertos que les colocaron en el lugar más visible de la política española: estructuraron el partido de un modo deficiente, prefirieron cerrarse al exterior, organizándose en torno a la gente que les parecía más fiel, se enzarzaron en luchas internas que eran inevitables, dados los diferentes grupos que integraban la formación (y eso sin contar que si vas de la mano de los 'anticapis', tendrías lío interno seguro, porque nunca se acostumbran a no dirigir ellos), y otras evitables, producto de rencillas personales, ambiciones varias y golpes bajos.

Crecieron, además, sin asentar un núcleo propio, limitándose a sumar lo que les traían otros (Compromís, Colau, En Marea y luego IU), a los que cohesionaba principalmente la promesa de que iban a superar al PSOE primero y a gobernar después. Cuando la fórmula que parecía invencible falló, cada uno de estos grupos comenzó a mirar en su propio interés, y así será en el futuro si el partido sigue cayendo.

La economía

Por si faltaba algo, tampoco organizaron un programa, un núcleo ideológico que diera respuesta al principal problema de nuestra sociedad, el material. Ayer describíamos cómo las transformaciones de nuestra sociedad están articuladas desde ese terreno, y las respuestas políticas exitosas que se han dado a esos cambios insisten en ese terreno. Podemos no lo ha hecho. Junto con una crítica gruesa al neoliberalismo, ha hablado de buena gestión de los ayuntamientos y todo lo demás han sido asuntos culturales: republicanismo, insistencia en que España está dominada por el franquismo, carrozas LGTB, toros, semáforos inclusivos, cambio de placas en calles, autobuses de la Trama y demás.

Es complicado hacerlo peor habiendo arrancado tan espectacularmente. Ahora necesitarían un golpe de mano estratégico que les devolviera a la primera línea, porque han regresado al lugar de partida: el de la izquierda encerrada en un nicho que carece de capacidad para influir en la política española. Llevan mucho tiempo trabajando para regresar allí y su esfuerzo ha terminado por dar sus frutos.

Errejón

El futuro no parece bueno para los morados. Pablo Iglesias ha dilapidado todo su capital simbólico, y lo lógico sería que fuese sustituido al frente del partido. Pero tampoco se avista sucesor. Muchas voces dentro de la izquierda señalan a Colau, pero su tirón en la España interior sería muy escaso; otros señalan al relevo natural, Íñigo Errejón, agazapado a la espera de conquistar Madrid y después el mundo, pero por muchas simpatías personales que acarree (es un líder apreciado fuera del partido), tiene que lidiar con problemas serios. La estructura de Podemos está contra él, los suyos están fuera, en gran parte gracias a su torpeza, y tampoco ha demostrado el arrojo preciso para dar un golpe sobre la mesa. Su porvenir apunta más hacia otro terreno: va a ser un intelectual brillante, alguien a seguir, pero tendría que demostrar una habilidad estratégica en las luchas internas que hasta ahora no ha mostrado para convertirse en un líder político real. Y eso sin contar con que, si toma las riendas de Podemos después de las autonómicas, es probable que ya sea tarde.

En todo caso, el liderazgo no resuelve el mayor de los problemas. Como ya fue expuesto, el ocaso de Podemos se enmarca en una transición europea hacia nuevas formas políticas en las que la izquierda ha quedado relegada a una esquina. Este momento de crisis generalizada, que afecta también y especialmente a las viejas formaciones socialdemócratas, debería servir para repensar su posición y tejer un tipo de programa, de propuestas y de acciones que encajasen con todos esos colectivos, cada vez más numerosos, que han salido perdiendo en la honda transformación liberal de los últimos años: pequeños empresarios, trabajadores especialistas que son despedidos por resultar demasiado caros, profesionales liberales que nunca llegan a trabajar en lo que estudiaron o que cobran mucho menos de lo que pensaron, personas de más de 45 que han sido expulsadas del mundo laboral, empleados mal pagados del sector servicios, parados que entran y salen del mercado de trabajo, parejas en la treintena que se sienten inseguras sobre su futuro, y los pensionistas que están dedicando sus ingresos a ayudar a sus hijos y que temen que los años venideros sean peores, entre otros.

La izquierda debería recuperar a las clases menos favorecidas y a las medias en declive, máxime cuando la ortodoxia político-económica tiene enormes dificultades para construir un bloque social dominante. Debe ser ahora cuando la izquierda deje de pensar en términos minoritarios y se ponga en marcha para construir proyectos más amplios. Porque si no, lo mismo tardan décadas en volver.

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