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Adiós Tito, adiós Liga

EL PAÍS EL PAÍS 03/05/2014 Ramon Besa

El Barça se despidió de la Liga de manera ridícula, preso de la tristeza, como un don nadie, incapaz de defender el título ganado con Tito. El desplome ha sido tan lento como previsible desde que claudicó en Valladolid y Granada. No fue una sorpresa que fuera el Getafe quien firmara la rendición azulgrana, más que nada porque contra el club de Ángel Torres siempre se dan situaciones extraordinarias, ni tampoco que el empate llegara en el tiempo añadido y a balón parado, porque no ha habido partido últimamente sin suspense, accidentes o rarezas, situaciones propias de un equipo menor, sin control del juego, débil como es ahora el de Martino.

El Getafe, en el momento del segundo gol. © vicens giménez El Getafe, en el momento del segundo gol.

Juegan mal los barcelonistas, cambia peor el técnico y los aficionados solo piden que se acabe la temporada, más pendientes del futuro —y sobre todo de Luis Enrique— y del pasado —especialmente de Tito—, que del presente y por tanto del Tata. Los partidos son un suplicio, faltos de fútbol e ilusión, la mayoría melancólicos, sangrantes por las debilidades del Barça, generoso en sus concesiones, agradecido con un manso Getafe, que apenas necesitó rematar para marcar dos goles: 2-2. Ha ido perdiendo tantas piezas el Barça que al final ya no le alcanzó con el tanto de rigor de Messi (28) ni con el arrebato habitual de Cesc ni tampoco con el recuerdo de Tito.

No es fácil despedirse de Tito. A diario se suceden los homenajes y su recuerdo perdurará en el barcelonismo y e en el Camp Nou, a pesar de que sus cenizas están ya en el Mediterráneo. Ayer se guardó un minuto de silencio con mayúsculas en el estadio: 60 segundos de reloj y no 30 o los que le da la gana al árbitro; sin música de por medio, por más célebre y carismático que sea Pau Casals; tiempo respetado por la hinchada, que solo levantó la voz para gritar a pulmón: “¡Tito”.

A Tito siempre le gustó más el silencio que el ruido, el lenguaje corporal que la palabra, la mueca como signo de aprobación o asentimiento, como si las muchas cosas que pasaron a su alrededor fueran imprevisibles: la enfermedad, la separación de Guardiola, el dedo de Mou o el nombramiento de Zubizarreta: “¿Y por qué no Tito?”, proclamó el director técnico cuando le nombró entrenador: no se contaba el ampurdanés y, sin embargo, pareció la decisión más cuerda y natural del mundo.

Así era la vida de Tito. El minuto en su memoria fue más sentido que el partido entero, malo y pastoso, como si el Barcelona supiera desde ya hace tiempo que no ganará la Liga y el Getafe estuviera convencido de que más que ser protagonista había que aguardar a que los azulgrana se condenarán el Camp Nou. Jugaron muy sin un delantero, muy cerrados los muchachos de Contra. Tampoco se asociaba el Barça. La tarde fue tan rara y cambiante como el tiempo en el Camp Nou. No hubo más jugadas hasta alcanzar el descanso que los goles de Messi y Sarabia. El tanto del 10 fue precioso por la arrancada del argentino, el pase a Xavi, la apertura del volante para la llegada del lateral y el centro de Alves enganchado sin parar por la zurda del propio Messi. Un gol a favor muy del Barça, igual que muy del Barça fue el que tomó a la salida de una falta botada por Sarabia: la ejecución fue tan esperpéntica y surrealista como la resolución de Lafita.

Nadie supo que pasó desde que se resbaló Mascherano. El rosario de calamidades fue espantoso en el Barça. Las montoneras se suceden en cada jugada de estrategia y no siempre responde bien Pinto. Ayer se quejó de falta de Lafita y, aparentemente le dio la razón el linier, al que acudieron todos los jugadores de Martino. El árbitro, sin embargo, se hizo el longuis, pitó siempre contra su auxiliar y certificó el 1-1. El partido recuperó entonces la quietud, el juego al pie, pendiente del interés de Messi, que iba y venía, a veces dimitido, como si estuviera lesionado, y en ocasiones rotundo, expectante con la exuberancia de Alves, icono contra el racismo desde que se comió el plátano que le tiró un hincha en El Madrigal.

Ambos necesitaron sin embargo de Cesc, inocuo como titular, revulsivo como suplente, también en el Camp Nou. Apareció Cesc y acto seguido se dio la jugada imposible: un gol con la zurda de Alexis.. Alcanzado el 2-1, el equipo azulgrana se venció sorprendentemente, víctima de su indefinición. El Barça se quedó a mitad de camino, sin saber qué le convenía, y atacar o defender, y habilitó al Getafe. Las dudas confundieron a Martino, que se enredó con los cambios —Busquets es tan importante de medio centro como prescindible de central y no se sabe muy bien que pintaba al final Song— y equivocaron a los jugadores, desnortados, sin intensidad ni emoción, obsesionados con perder el tiempo —Tello salió por Pedro— como han perdido la Liga.

A nadie le extrañó que empatara Lafita después de un centro de Gavilán en una jugada iniciada en una falta lateral: un gol salido de la nada que anima al Getafe a salvar la categoría y condena al Barcelona. La afición azulgrana asumió el empate con la misma desazón que habría celebrado la victoria. La temporada no podía tener un epílogo más penoso y cantado. Ya nadie canta ni protesta en el Camp Nou, como si fuera un estadio furtivo, presa de la negatividad y el disparate, rendido después del último adiós a Tito.

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