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Aitana, salvada por 1.000 millones de tapones

El Mundo El Mundo 01/06/2014 PACO REGO

Estira en cruz los dos brazos, como si de repente se viera a bordo, y suelta toda seria: «A los lados tienen ustedes cuatro salidas de emergencia». Cambia de posición, los coloca rápidamente en paralelo y sigue: «Al fondo, a la derecha, tienen otra puerta». La pequeña sabe lo que es cruzar varias veces el charco. Flexiona los dos codos y con las manos abiertas, señalando hacia atrás, concluye: «...Y, a mi espalda, cerca de los pilotos, hay dos salidas de emergencia más». Clava los movimientos.

¿Qué tal lo hago?, interroga contenta al periodista. «Ja, ja, ja...». Aitana, 13 años, delgada hasta rozar la fragilidad -se ha quedado en 30 kilos metidos en 1,50 de estatura- vuela alto, a su manera. Quiere ser azafata. «Sólo tengo un pequeñito problema, que no sé nadar», lamenta llevándose sin querer la mano al corazón. Ése es el problema. El corazón, sus venas, los pulmones que aún no dan abasto a eliminar tanto aire tóxico de su cuerpo. Aitana es una niña azul.

-Falta poco para que vuelvas a Boston...

-Siiií, allí me van a curar... Y podré volar.

Y tener una larga vida. Pasar de dos o tres meses de existencia, el tiempo que le dieron los médicos, a soñar con la juventud, la mayoría de edad, la madurez venidera. «Hemos cruzado los tres el Atlántico, pero puede que solamente volvamos dos a casa». No se le borraba de la cabeza a Luis Miguel, el padre, durante los angustiosos meses pasados en el Children's Hospital de Boston. La última esperanza para la desahuciada Aitana.

Los niños azules como ella (uno de cada 4.000 bebés sufre la enfermedad, dos veces más frecuente en recién nacidos chicos que en niñas) nacen sin conexión entre el ventrículo derecho del corazón y las arterias pulmonares. Es el síndrome de DiGeorge (en honor al pediatra estadounidense que lo describió en 1968), una enfermedad genética terrible. Altera por completo la fontanería de las arterias vitales. La sangre de estos niños es poco oxigenada, se vuelven cianóticos, los labios se les ponen de color morado y las manos frías como un témpano. O terminan en una UCI con un pronóstico incierto o fallecen prematuramente.

Y a Aitana, de familia sin recursos, sólo un milagro podría ayudarla. Y ese milagro estaba en los cubos de basura. Más de 1.000 millones de tapones de plástico han logrado salvar a la niña azul de Tarazona. Tapones para Aitana, rezaba (y aún sigue en pie) la campaña de ese padre peleón en paro.

1.400.000 kilos

El tsunami solidario arrasó en las redes sociales. Bares, restaurantes, fábricas, colegios, casas particulares, talleres, supermercados, comercios... De todos los rincones del país comenzaron a salir tapones. Lo que no habían hecho ni el Ministerio de Sanidad, ni la Casa Real, ni los ricos del país, a los que Aitana fue rogando ayuda para poder juntar los 535.000 euros que costaba su salvación en EEUU (aún le queda una cuarta operación), terminaron haciéndolo unos nueve millones de españoles. Entre todos juntaron 1.400.000 kilos de taponcitos. Y de remate, Mil millones de tapones, libro editado por Planeta, que mañana será presentado en Madrid por Luis Miguel, su esposa Isabel y la propia Aitana. Desgarrador tratado de supervivencia en 191 páginas.

-Mira esto, 10.000 kilos recibidos estos días -enseña agradecido el bueno de Luis Miguel.

El miércoles, en la nave cedida para la causa por el Ayuntamiento de Tarazona reposan decenas de cajas enormes y bolsas repletas de tapones de plástico. Aitana se sumerge en una montaña para las fotos. Juega, se hunde hasta las rodillas, sonríe, posa para el fotógrafo... Todo lo que antes era incapaz de hacer.

-¿Qué te dice ahora el médico americano?

-No te lo puedo contar, es un secreto. Pero está alegre, como yo -dice Aitana sin quitar ojo al montón de tapones que tiene entre las manos.

Él también es parte del milagro. Pedro Jonás del Nido, jefe de cirugía cardiaca del renombrado Children's Hospital de Boston. En cuanto recibió la llamada de socorro de la niña azul española se prestó de inmediato a operarla.

Las 20 horas que la pequeña había permanecido en un quirófano del madrileño Doce de Octubre terminarían en un fracaso. «La noche anterior fue muy larga y oscura», rememora Luis Miguel, 52 años cumplidos. «Después de bañar a Aitana, Isabel untó con yodo el cuerpo de la niña, tal y como nos habían indicado los médicos. A las ocho de la mañana nos despedimos de ella y entró en la sala de operaciones. Nos dijeron que la intervención duraría entre seis y nueve horas. Fueron 20. Las peores de nuestra vida». Era el 5 de octubre de 2006. «Un día grabado a fuego en nuestra memoria».

Aitana interrumpe. «Ah, si no puedo ser azafata porque no sé nadar, seré veterinaria». El padre mira a Isabel e Isabel le mira a él. Sus ojos por momentos parecen tener más brillo. Es el brillo de unas lágrimas que asoman espontáneas. Miran la montaña de tapones con los que han podido hacer frente a las tres operaciones en EEUU (135.000 euros la primera y unos 200.000 las siguientes).

Siete familias más

Los contemplan como el que acaba de encontrar un tesoro en la mina. Por cada kilo de estas joyas de colores, 30 céntimos. No sólo para su niña. Siete familias más ya se han beneficiado de los desperdicios plásticos. Humanismo y ecología. «Los niños estaban discapacitados y nuestra asociación (Una sonrisa para Aitana. Tapones para una vida) les ha comprado sillas de ruedas y ayudado en otras necesidades», tercia Luis Miguel.

En Boston no salen del asombro. «¿Cómo lo has hecho Miguel?», le insiste una y otra vez Del Nido, el cirujano estadounidense de origen hispano. El Children's Hospital de Boston es de esos centros avanzados de EEUU a los que no puedes acceder si no es con la chequera entre los dientes. Se lo había recomendado a los padres de Aitana el cardiólogo español Valentín Fuster, del hospital Mount Sinai de Nueva York. Fue nada más recibir por email el SOS de Luis Miguel: «Si alguien puede salvar a tu hija, ése es el doctor Del Nido». Le dio los datos para que se pusiera en contacto con él, y al día siguiente el cirujano le contestó ofreciéndose. Del pulmón derecho de la niña sólo el 10% le funcionaba, y del derecho, el 40%. Optaron por salvarle el más perjudicado y dejar el otro para sucesivas operaciones. Y ya van tres. La siguiente, en julio.

Tapones en Boston

Esta vez Miguel aprovechará para explicarle los pormenores de los tapones al doctor, quien ya ha empezado a mover los hilos para importar la idea, a través de la Fundación Milagros para niños del hospital. La intención del galeno es montar una red solidaria a imagen y semejanza de la creada en España en torno a Aitana.

De la recogida -sin coste alguno- se encargan desde el principio DHL y MRW, dos de las mayores empresas de transporte de mercancías y mensajería, a las que más tarde se unió Seur. El reciclado corre por cuenta de Diloris, de Zaragoza, y Azteco, instalada en la localidad alicantina de Ibis. Y del proceso salen nuevas botellas de plástico, tapones de tetrabriks, de botellas de aceite...

Mientras Aitana sigue zambullida entre los tapones, su padre aprovecha para enseñarnos el libro que ha escrito. Lo abre por la página 121. En ella cuenta el día que se plantó, desesperado porque su hija se estaba apagando, en la Puerta del Sol vestido con una camiseta naranja. Ponía: «Aitana te necesita». Fue antes de que se le ocurriera lo de los tapones a lo grande. «Cometí la ingenuidad de ir a Madrid con la intención de vender boletos». En juego estaba el sorteo de dos coches Hyundai nuevos que había comprado con la ayuda de amigos y familiares.

«La gente me miraba con extrañeza», recuerda en el libro. «Intenté explicar la historia a las personas que salían del Metro y les mostraba la documentación para que no me tomaran por un farsante. Tan sólo conseguí vender 15 rifas. Regresé a casa hundido». Y también más empeñado.

Al menos tenía que conseguir que Hacienda le devolviera los 15.000 euros que había pagado por anticipado como impuestos del sorteo. «Fue una situación desesperante», reconoce. Pero aquella vez hubo suerte. «Miguel, que no tenemos que pagar, que nos han devuelto 14.500 euros en la cuenta», exclamó su esposa tras leer la carta llegada al buzón. Fue de las escasas buenas noticias que recuerda el hombre antes de que los tapones abrieran definitivamente el camino hacia la salvación de la pequeña. La otra cosa buena llegaría de la mano de una familia anónima: les dio 50.000 euros «para lo que necesite la niña». Otra, residente en Francia, aportó 10.000. Y los vuelos de ida y vuelta a Boston fueron regalo de Globalia, una empresa de Halcón Viajes.

Aitana, mientras, sigue a lo suyo, tirando al aire los tapones que hay almacenados en la nave de Tarazona. Aritz, de 21 años, el mayor de los tres hermanos, no ha querido estar presente. «Es muy tímido», lo disculpa la madre. Todo lo contrario que la más pequeña, Olaia, un terremoto de siete años.

El corazón de Aitana late al compás de sus emociones, y sus pulmones comienzan a respirar ilusión y esperanza. Come de todo, va al colegio, de paseo, juega, se ve vestida de azafata cruzando el Atlántico que tan bien conoce. En la casa de acogida donde pasan los días en Boston, a 10 minutos andando del hospital, es toda una celebridad. Allí ha pasado un año largo en total, en estancias de cuatro y tres meses. A una media de 35 euros por día y familia. Son 39 habitaciones repartidas en tres plantas. Sólo para pacientes extranjeros.

-¿Le llevarás tapones a tu médico de Boston?

-Ya los conoce.

-¿Y qué le parecen?

-Dice que son maravillosos.

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