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Alberto Pico, el cura que se enfadaba con Dios

EL PAÍS EL PAÍS 13/06/2014 Juan G. Bedoya
Alberto Pico, sacerdote. © DELTA (DIARIO ALERTA) Alberto Pico, sacerdote.

Pese a ser un cura extravagante en el sentido académico del término (es decir, fuera del común modo de obrar en la Iglesia católica), las más altas autoridades de Cantabria, con el presidente Ignacio Diego a la cabeza, se unieron la semana pasada a la multitud que despidió al párroco del Barrio Pesquero de Santander, Alberto Pico, fallecido el 2 de junio a los 82 años. También estaba el obispo Vicente Jiménez, que presidió el funeral, concelebrado con decenas de sacerdotes. Fuera de la iglesia del Carmen, abarrotada en medio del barrio, cientos de vecinos esperaban a que terminase la ceremonia religiosa para despedir a su manera a quien se desvivió por ellos durante cuatro décadas, en una imponente labor de defensa de los derechos elementales de sus parroquianos, creyentes o no. El PSOE ha propuesto crear el Premio Alberto Pico a la Solidaridad, y el alcalde de Santander, Íñigo de la Serna, que también asistió al funeral, pondrá el nombre del sacerdote a un paseo y a un parque. El Ministerio de Educación ya lo honró dando el nombre de Alberto Pico al instituto del barrio, que se construyó sobre terrenos que el combativo párroco logró expropiar al obispado después de muchos sofocos.

Alberto Pico, de izquierdas (“rojo, pero muy perdido”, bromeaba), desastrado en el vestir, tenía tantos amigos de alta cuna como de baja cama. Daba gloria ver (u oír) con qué gracia sableaba a los poderosos para repartir su dinero entre los necesitados. No paraba de pedir, aún sin hacerlo. Y sus admiradores no paraban de darle, para socorrer a un barrio sembrado de viudas y huérfanos de la mar, mujeres maltratadas, drogadictos, expresidiarios y vecinos en paro o sencillamente holgazanes… “Somos los de abajo, yo también. Cada noche hacemos el recuento de lo mucho que no hemos podido ayudar”. Con el plural “hacemos” se refería a sus compañeros de parroquia y posada, entre otros Julián Torre y Carmen, que tanto lo cuidaron.

Para entender a Pico hay que remontarse a la creación del Barrio Pesquero, en los años cincuenta del siglo pasado, en una operación nacionalcatólica que parecía caritativa (con Herrera Oria de padrino, el futuro cardenal a la sazón párroco de la mejor iglesia de la ciudad), pero que también fue especulativa. “Los de abajo” de Pico vivían entonces frente al hoy coqueto Puerto Chico, a tiro de piedra del lujoso Paseo Pereda, así que había que llevarlos, de buena gana o a la fuerza (castigo de posguerra), a un lugar menos visible, donde se levantaron apresuradas casas baratas. Lo bueno fue que con los proletarios llegaron sacerdotes de carácter, en la mejor tradición de la teología de la liberación, entre otros Guillermo-Simón Altuna, Miguel Bravo y Alberto Pico. Tuvieron tanto prestigio que la brutal policía de la dictadura no siempre se atrevió a penetrar en aquel santuario de cristianismo auténtico, donde nació Comisiones Obreras y se fraguaron proyectos de izquierda. El párroco más mítico fue Bravo. Cuando falleció en 1967, con apenas 35 años, a su lado ya estaba Pico, de la misma raza evangélica.

Había nacido en Cuba, de madre mexicana y padre cántabro. De meses se lo trajeron para España, donde pronto quedó huérfano de madre y a cargo del sacerdote Feliciano Calvo. “Me di cuenta de que quería ser sacerdote cuando ya lo era”. Tenía 24. Para ir a ver a su padre en Cuba se hizo capellán de la marina mercante. Después fue cura en Laredo y en parroquias rurales, antes de llegar al Barrio Pesquero, donde atrajo a todo tipo de fieles, creyentes o no. “Se puede ser profundamente religioso y no creer en Dios”, predicaba. Solía enfadarse muy seriamente con Dios, por el silencio de su dios ante el sufrimiento y las injusticias. Se resistía a aceptar la incompatibilidad de dos atributos que se predican de su dios: el de la bondad y el de la omnipotencia. “No hay nada más sucio que hacer sufrir a un pobre y nada más triste que estar al lado de quien sufre sin poder socorrerlo”, se quejaba Pico con buen humor, siempre esperanzado.

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