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Alex Robinson

Notodo Notodo 07/11/2016 José Angel Sanz
Imagen principal del artículo "Alex Robinson" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Alex Robinson"

Tres amigos en plena crisis existencial. Una de las buenas. Relacionada con la idea de la paternidad. Uno de ellos espera al segundo hijo aterrado, como quien espera que le envíen al frente. El segundo, que debutará en la condición de padre, ve venir el acontecimiento sin saber muy bien qué sentir o pensar. Y el tercero opina que los niños, directamente, “apestan” porque “han venido a suplantarnos y son el verdadero opio del pueblo. Una distracción práctica para mantener a la gente concentrada en su pequeño mundo narcisista en lugar de en el conjunto o lo que sea”. El expectante Billy, el cansado y letárgico Scotty y Brownie, divorciado, cínico e incapaz de entender por qué sus amigos se han metido en ese inmenso lío, y por qué lo han hecho, para más inri, de forma voluntaria.

Los tres quedan para verse y pasar un rato juntos en el parque. Lo que significa, a diferencia de cómo interaccionan sus mujeres o novias, no hablar e intercambiar confidencias, sino exclusivamente eso, verse y pasar un rato juntos jugando al kickball, como mucho recordando anécdotas o soltando cualquier ocurrencia banal. Cuando de verdad tienen que hablar porque no les queda más remedio, salen a la luz sus frustraciones, sus tormentos y su forma de sobrellevar la realidad. Que es asfixiante y alejada de lo que, hace años, esperaban para sí mismos.


Nuestro universo en expansión derrocha situaciones divertidas a pesar de la amargura con la son retratados sus protagonistas. Costumbrismo, como siempre se corre a calificar el trabajo de Alex Robinson, pero también todo el encanto de una sitcom amable es lo que insufla a su obra el autor de Malas ventas. El mundo urbano que retrata está muy cerca del que recreó en ella, a medio camino entre Vidas cruzadas, de Robert Altman y Magnolia, de Paul Thomas Anderson.

Robinson, nacido en el neoyorkino Bronx, emplea dibujos sencillos y un sobrio blanco y negro para echar a volar un estupendo guion, rico, rebosante de realismo, en el que se encarna una generación que no quería crecer y que sigue se resiste a hacerlo a pesar de que los 40 ya sean una realidad en el carné de identidad. La madurez y la responsabilidad que conlleva el paso de los años y el peso de las expectativas incumplidas cincelan a tres personajes sencillos y memorables al mismo tiempo, mucho más vulnerables de lo que les gustaría y demasiado reales para abandonar pronto la memoria del lector.


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