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"Algunos museos son sectarios"

El Mundo El Mundo 03/06/2014 VANESSA GRAELL

La A del arte (occidental) se forjó con la escultura griega. Velázquez puso la M de las Meninas. Y Picasso combinó todas las letras con la C del cubismo. Luego llegó Warhol con la P de pop. Y hoy Manolo Valdés continúa reescribiendo el alfabeto de la historia del arte. En su obra siempre subyace un trazo (evidente o no) de los iconos del arte, un guiño a Giacometti, un homenaje a la Odalisca de Ingres, un retazo del Barroco...

En la callada intimidad de su taller, el artista moldea con sus propias manos una delicada cabeza de alabastro. Esculpe los rasgos indefinidos de un rostro de mujer que le persigue insistentemente. Es una de las mujeres de Matisse, pero tras reinventarla una y otra vez ha perdido sus atributos originales, convirtiéndose en la dama de Valdés. El Manolo Valdés más íntimo se desnuda en la exposición que inaugura la nueva sede de la Galería Marlborough en la calle Enric Granados (hasta el 13 de septiembre). «Éstas son esculturas muy íntimas, las que haces tú solo en el taller, escoges la piedra y le das forma... Es un proceso muy directo, personal. Después se convertirán en esculturas de gran formato, de doce o veinte metros», reconoce el artista. Sus cabezas de gran formato se han expuesto en el desierto de Arizona, en la fría Moscú, en el château de Chenonceau (Francia) o bajo la nieve de Nueva York, ciudad en la que vive desde hace más de 20 años. Y en este tiempo, Valdés ya ha conquistado la gran metrópoli: sus piezas han tomado Bryant Park, Broadway, el Jardín Botánico o la exclusiva Park Avenue.

Con todo el peso de la historia del arte a sus espaldas, Manolo Valdés -que ya ha entrado en esa Historia en mayúsculas- se muestra muy crítico con la línea de algunos museos contemporáneos: «Hoy existe un tipo de arte que no es fácil de leer, con unos enunciados que no son nada directos. No lo vivo bien. No me gusta no entender una obra. Claro que el arte tiene que evolucionar, pero me produce rechazo aquello que uno mismo no se puede explicar». La obra de Valdés no necesita explicación, penetra directamente en la psique, arrebata al espectador como un Laocoonte enfurecido, lo seduce como una voluptuosa Gracia de Rembrandt o lo desgarra como la salvaje pincelada de Kirchner.

Ante la mención del Macba -que en los últimos años apuesta por un arte conceptual y exposiciones de tesis-, Valdés pone los ojos en blanco, hace una mueca y dice: «Eso es de secta. Hay museos muy ideologizados, que imponen un arte muy dirigido. ¡Pero el arte es plural!». Tampoco se muerde la lengua a la hora de referirse al Reina Sofía. Con cierta pena explica: «El otro día fui al Reina Sofía y no me pude aburrir más... Y me sabe mal. Pero las cosas tienen sus límites».

Valdés es un artista old-school, cuya obra persigue la belleza y aspira a una profundidad poético-filosófica. Una obra intemporal. Tras su repetición constante de referentes se esconde una incansable búsqueda de la perfección. «Cuando una imagen vuelve una y otra vez a mi cabeza la uso sin complejos, la repito hasta la saciedad, como un escritor que en sus novelas acaba volviendo a los mismos personajes. Siempre te queda la sensación de que has fracasado, de que podrías hacerlo mejor. Es una búsqueda constante», explica. Una búsqueda que con Equipo Crónica, el tándem pop en el que militó durante 17 años junto a su colega Rafael Solbes (y un fugaz paso de Juan Antonio Toledo). Yese espíritu pop nunca ha abandonado a Valdés, aún está en sus lienzos, que han evolucionado hacia una estética elegante, con un dominio exquisito de la materia. Ante el monumental Alice III, un rostro femenino de dos metros, salpicado de manchas de color y con retazos de tela desgarrada, Valés comenta: «Sin el pop no lo habría hecho».

Valdés nunca pinta sobre un lienzo limpio. Como los pintores matéricos prepara las telas (algunas son ásperos sacos). Y aplica la pintura sobre esas telas desgarradas, que cobran una densidad casi tridimensional. Los materiales, su textura, su naturaleza, su expresividad, son el punto de partida de la creación valdesiana. Sus últimas esculturas, delicadísimas y etéreas, de pequeño formato, desprenden un aroma clásico, que el artista envuelve con pura vanguardia al coronarlas con constelaciones de hojas o de mariposas.

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