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André y Dorine

Notodo Notodo 03/06/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "André y Dorine" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "André y Dorine"

André y Dorine siguen paseándose por teatros de todo el país. Ahora, en el Teatre Poliorama de Barcelona. Una verdadera suerte para los que no pudieron ver esta función en su momento. Y es que este montaje de Kulunka Teatro es una joya hecha con máscaras y sentimientos a flor de piel.

André y Dorine. Dorine y André. Una pareja de ancianos. Él, escritor. Ella, violonchelista. Las teclas de la máquina de escribir luchan contra las notas musicales en un frenético compás. Se ponen de los nervios el uno a la otra, la otra al uno. Son muchos años compartiendo vida ya y han olvidado el fulgor amoroso de los primeros encuentros. Él parece un egoísta cascarrabias. Ella una obstinada superviviente. El hijo, nexo de unión y objetos de disputas maritales. Pero la vida (y el tiempo) pasa. Y a Dorine le llega casi sin darse cuenta esa terrible enfermedad que borra los recuerdos como el agua erosiona la roca. Poco a poco pero de forma inexorable y terrible.



André y Dorine es una pequeña gran historia. Una muestra de un teatro sin palabras pero que dice más que muchas otros espectáculos. Un ejemplo de teatro de máscaras que, paradójicamente, dejan al descubierto el alma de los personajes. Mucho se ha dicho de esta obra muda. Yo sólo diré que hay que verla. Porque es una joya, sencilla, humilde, sin grandes pretensiones, en la que la risa se alterna con el llanto de una manera fluida y hermosa. Dura y tierna, también es verdad que André y Dorine puede resultar dolorosa para aquéllos que se hayan enfrentado a esta enfermedad. A mí me resulto complejo, por ejemplo. Porque André y Dorine son un fiel reflejo, sin ir más lejos, de los últimos años de mis abuelos. La impotencia de André, su dolor, frente al olvido de Dorine y la fragilidad de esta anciana... O ese personaje del hijo, que tampoco tiene un papel fácil... Pero André y Dorine también es una catarsis. La risa florece enjugando la lágrima (como en la vida misma, porque es necesario) y la esperanza nos espera al final del camino.

Iñaki Rikarte dirige el espectáculo con mimo y un ritmo perfecto. La acogedora escenografía, la cálida iluminación, el vestuario, esas tremendas máscaras (el momento sin rostro creo que no se me olvidará nunca, es una imagen sencillamente perfecta y devastadora) o la música que arrastra con sus melodías (elemento fundamental de Yayo Cáceres) arropa la extraordinaria labor de los tres intérpretes. Edu Cárcamo, Garbiñe Insausti y José Dault son tres verdaderos magos que parecen quince en escena. Desplegando un trabajo de cuerpo que es para quitarse el sombrero, transmitiendo todos y cada uno de los sentimientos de los personajes al detalle sin un arma básica como es el rostro.

Los elementos se confabulan así para que André y Dorine se convierta en un espectáculo redondo y profundamente emocionante. Hay que avisar, eso sí, de que los sonidos de la moquera entre la audiencia de la sala se iban transformando poco a poco en una sinfonía paralela a la función, rugiendo a medida que avanzaba el espectáculo. Pero, lo mejor, es que se consigue sin utilizar golpes bajos. Sólo ternura y delicadeza. Y es que André y Dorine te deja mudo también, como a sus personajes, pero porque el (hermoso) nudo que se te queda en la garganta al finalizar es francamente difícil de deshacer.

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