Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Apología del sapo común y del socialismo democrático

EL PAÍS EL PAÍS 10/06/2014 Miquel Berga

 En las letras inglesas William Shakespeare ha demostrado tener una salud póstuma de hierro. Nadie duda en considerarlo un contemporáneo. Sin embargo, algunos detectan candidatos menores a mostrar su relevancia más allá del tiempo. Uno de los más citados, en este sentido, es George Orwell. Un estudioso del concepto de reputación literaria, John Rodden, sostiene que la figura y la obra de Orwell "irradia en nuevas direcciones y ofrece posibilidades ilimitadas" y considera su presencia cultural en la línea de escritores de la talla de Goethe o el mismo Shakespeare. La permanencia de lo orwelliano parece reafirmarse en múltiples ocasiones. Lo hemos visto con los incontables impactos en internet relacionados con el caso Snowden o con la nueva ola de interés a propósito de los treinta años de la publicación de Mil novecientos ochenta y cuatro.

Orwell murió en 1950, justo a tiempo de constatar el éxito inmediato de sus dos últimas ficciones: La granja de los animales y Mil novecientos ochenta y cuatro. Sin embargo, la reconsideración del autor como una figura intelectual de primer orden no se activó hasta 1968 cuando apareció una recopilación de sus ensayos, periodismo y correspondencia. A partir de ahí se revalorizó el conjunto de su obra, en especial los textos de base autobiográfica cómo Homenaje a Cataluña y los ensayos. Es significativo que Harold Bloom no tuviera empacho en afirmar: "Orwell, estéticamente considerado, resulta mucho mejor ensayista que escritor". Cómo tantos, Bloom intuía que hay algo en el Orwell ensayista que tiene relación directa con los mecanismos de la literatura, quizás porque la prosa orwelliana utiliza con astucia lo que Bernard Crick _su primer biógrafo_ calificó como un "yo ficcional". Sea como sea, la persistencia contra pronóstico de Orwell causaría sorpresa entre sus contemporáneos. Auden, Greene, Isherwood, Waugh, por citar sólo algunos, aparecen hoy como referencias menores en relación al autor cuyos ensayos completos acaban de publicarse en español (Debate). La reputación literaria y cultural de Orwell como, por supuesto, su influencia política, se ha ido consolidando como victoria póstuma. Quizás las cosas no podían ser de otro modo para un hombre que murió a los 46 años y que estuvo dotado de una inteligencia combativa que le hizo remar a la contra sin remedio. Como señaló el malogrado Christopher Hitchens, Orwell fue precoz en los tres frentes que marcaron las luchas políticas de su tiempo, es decir, fue pionero en la denuncia antiimperialista, la antifascista y, por supuesto, la antiestalinista.

"Escribo porque existe alguna mentira que aspiro a denunciar", desveló el autor de Homenaje a Cataluña

El ensayo sirvió a Orwell para explorar tentativamente líneas de pensamiento que acabaron tomando forma en sus libros más conocidos y configurando la cualidad poliédrica de sus intereses intelectuales. En su atención a la cultura popular (El arte de Donald McGill o Raffles y Miss Blandish) algunos han visto la génesis de los estudios culturales; Matar a un elefante o Un ahorcamiento prefiguran su crítica al colonialismo; las reflexiones ensayísticas sobre el lenguaje político (La política y la lengua inglesa) son embriones que se desarrollan en sus novelas contra el totalitarismo; La reivindicación de un patriotismo democrático (Mi país, a derechas o a izquierdas) matiza y aparece compatible con su defensa del igualitarismo y las ideas socialistas; Su apego a los placeres simples y los valores tradicionales _lo que Crick llamó "una intensidad casi metafísica" sobre el valor de las cosas ordinarias_ (Una buena taza de té, Apología de la chimenea) está en la base de su defensa de la common decency, el concepto que el filósofo Bruce Bégout rastrea en Orwell para elevarlo a la "única esperanza de renovación política y social de Occidente"; Están, en fin, sus diversos ensayos de notas y recuerdos de la guerra civil española _"en los que cada línea es importante", en expresión de Semprún_ que afinan el valor testimonial de Homenaje a Cataluña, "ese libro extraordinario" (Semprún, de nuevo)… En su conjunto, los ensayos orwellianos proyectan una luz ulterior a la obra del escritor y sugieren una irradiación que refuerza, acaso explica, sus logros literarios, culturales y políticos.

Resulta sorprendente constatar que uno de sus ensayos más tempranos, Un ahorcamiento (1931), publicado antes que Eric Blair tomara el seudónimo de George Orwell, sirviera a David Lodge como estudio de caso para identificar los componentes literarios de un texto en sus influyentes estudios de teoría literaria. La fascinante aplicación de mecanismos propios de la ficción a experiencias autobiográficas es una de las aportaciones clave de la escritura orwelliana. Es la operación que se apunta en uno de los ensayos imprescindibles, Por qué escribo, en el que confiesa su aspiración de convertir la escritura política en un arte: "Mi punto de partida es siempre un sentimiento de parcialidad, una sensación de injusticia (…) Escribo porque existe alguna mentira que aspiro a denunciar, algún hecho sobre el cual quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es hacerme oír. Pero no podría realizar el trabajo (…) si no fuera, además, una experiencia estética".

Si tuviera que escoger la mejor destilación posible de la obra ensayística de Orwell, aún sabiendo que los hay más importantes, me inclinaría por los inolvidables ocho parágrafos que constituyen el breve Algunas reflexiones sobre el sapo común (1946). Cuesta imaginar una invitación a la primavera más ligera de lirismo afectado y más rellena de sentido político. Orwell nos presenta un sapo que, después del largo ayuno invernal, presenta el aspecto de "un anglocatólico estricto hacia el final de la Cuaresma" y con urgencias biológicas que cumplir… "mientras las bombas atómicas se amontonan en las fábricas, la policía patrulla las ciudades y las mentiras brotan a chorro de los megáfonos". Pocas veces el amor por la naturaleza, la intención política, la buena prosa y el sentido del humor han cristalizado en un ensayo breve. Son cualidades que uno encuentra, casi siempre, en el mejor Orwell. El de los ensayos.

Miquel Berga es profesor de Literatura Inglesa de la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon