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Arcade Fire reina en la madrugada del Primavera Sound

EL PAÍS EL PAÍS 30/05/2014 Luis Hidalgo
El guitarrista y cantante Win Butler, de la banda canadiense Arcade Fire, durante el concierto que ofrecen esta noche en el festival Primavera Sound © Marta Pérez El guitarrista y cantante Win Butler, de la banda canadiense Arcade Fire, durante el concierto que ofrecen esta noche en el festival Primavera Sound

No, definitivamente no era el lugar propicio para sentirse individuo. Pasaban algunos minutos de medianoche y ríos humanos confluían hacia una enorme explanada del Fórum, allí donde se encaran sus dos escenarios principales. Frente a uno de ellos se apostaba una multitud expectante dado que en breves instantes se iniciaría la actuación más esperada de la jornada del Primavera Sound. Los egos más acentuados se disolvían en una multitud variopinta que bramó como un toro encelado cuando pasados treinta minutos de la hora de Cenicienta apareció en escena otra pequeña multitud. Por sus vestuarios, ropajes multicolores con los tonos repartidos como si una brocha hubiese perfilado cortes sangrantes de color, se diría que era una troupe de gitanos recién bajada de su carromato, pero no, eran The Arcade Fire, la banda por antonomasia de los sonidos llamados independientes, quien comenzaba su actuación en el Fórum. Hacía fresco, pero el gregarismo transmite calorías. Sonó Reflektor y la masa comenzó a agitarse.

Entre la masa, no hace falta reiterarlo, mayoría abrumadora de extranjeros, algunos de ellos en manga corta, como diciendo a los locales, abrigados como pingüinos, que no era para tanto. Sobre el escenario de la única actuación de los canadienses en España, también mangas cortas, pero ya se sabe que los focos transmiten calor, y encima de los músicos los había en cantidad suficiente para preparar una parrillada tan cuantiosa que de ser destinada al ejército napoleónico en Moscú hubiese cambiado el signo de la historia. A todo esto sonaba ya Flashbulb eyes, y la banda afirmaba con este tema que los de su último disco iban a tener un notable protagonismo en un repertorio que alcanzaría la hora y tres cuartos —sonaron nueve de sus trece piezas—. El público se apretaba y entonces se advertía plenamente el sentido del doble vallado semicircular que aligera la presión sobre las primeras filas. El cuarto tema, Rebelion ya deparó esa escena tan sanferminera propia de los conciertos de los canadienses: grupos de personas se enlazaban por los hombros y bailaban, de forma engañosa, empujados por Baco. Falso, la canción era quien los movía. La alegría en grupo siempre es más contagiosa que la vivida en un rincón de introspección. Fuera ya tópicos sobre el Primavera, su público es tan normal como el de un concierto de Melendi, aunque por supuesto de otro tipo.

Pero entonces llegó el valle. Joan of Arc y Rococo bajaron la intensidad de un concierto que si bien es cierto que resultó triunfal desde el escenario y en el corazón de la masa, vivido en las periferias de la multitud, allí donde se percibe si la mecha prende en la dinamita o se queda en los fulminantes y cartuchos próximos, se comprobó que la del jueves en la noche no fue la actuación más redonda del grupo en Barcelona, ciudad a la que como corresponde bañaron en halagos que hicieron extensivo al festival que los acogía. O los temas nuevos no son suficientemente conocidos o su apertura a sonidos menos expansivos en su acepción sanferminera han de ser más digeridos por los seguidores de Arcade Fire. De hecho puede decirse que sólo fueron dos los nuevos temas que prendieron entre el público; la rockera Normal person pieza con cabezudos en escena, uno de ellos el Papa, y la caribeña Here comes the nightime, que sonaron en la parte más noble del repertorio, previas a su resolución con Wake up. Antes el Fórum se bañó en varias entonaciones colectivas de las vocales que hacen de los estribillos y puentes del grupo algo contagioso: oh, oh, oh….uh, uh, uh....eh, eh, eh.... En suma, un concierto en el que la banda no ganó más seguidores de los ya acumulados antes de su inicio. ¿Mal concierto? No, pero tampoco para perder la cabeza en una noche que apuntaba más alto.

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Annie Clark, de St Vincent. / GIANLUCA BATTISTA

Y muy alto, allá en la estratosfera o más allá, es donde St Vincent tiene su ego. Y es que Annie Clark se siente muy guapa, algo sobre lo que podría alcanzarse un consenso; muy moderna, que considerando que su vestuario era ochentero, con hombreras y aire de ciencia ficción retro, podría aceptarse. Se siente igualmente buena guitarrista, cosa que se puede comprar si olvidamos que parecía imitar al Robert Fripp más normalito y ya puestos también se considera tan carismática que para ser bien vista por la multitud y que ésta captase su aura de forma adecuada, se situó encima de un podio donde exhibir mejor su empaque. Vamos, que o se toma demasiado en serio o tiene un sentido del humor extraordinario. La forma en que escenificó su caía del podio tras Prince Johnny, una pieza bastante convincente, apuntó a la primera posibilidad. Demonios, ¡cuanto carisma por el suelo!. Su concierto fue efectista como un truco de magia, con coreografías absurdas y un aire retro que hacía pensar que el pasado se conjuga en presente. Si ser moderno es tener la mirada en el retrovisor, St Vincent fue la más moderna del lugar. Lo que hay que aceptar sin remilgos es que el sonido de su actuación fue excelente, al igual que el diseño de escenario, que podrá gustar o no, pero tenía una intención. Que se notase en demasía que la misma era acentuar el ego de Annie ya resulta un elemento que cada uno de los muchos espectadores que siguieron su actuación pudo valorar en una noche de masas. Mal día para el yo. Menos para el de Annie.

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