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Así cayó Cataluña

ABC ABC 10/11/2015 Salvador Sostres
El presidente de la Generalitat en funciones, Artur Mas, a su llegada al Parlament de Cataluña © EFE El presidente de la Generalitat en funciones, Artur Mas, a su llegada al Parlament de Cataluña

Cuando mi abuela decidió retirarse y confiarle Semon a mi madre, le dije que se equivocaba. Y que las consecuencias iba a pagarlas ella, el negocio, mi madre, mi hermana y yo, y así acabó sucediendo al cabo de los años. Mi madre nunca ha sido una empresaria pero mi abuela, que era la primera que lo sabía, insistía en que era su única hija. Mi madre tenía la urgencia histórica de demostrar que tenía razón y que los demás estábamos equivocados.

Pujol también sabía que Mas no valía para la política y que los catalanes no son independentistas. Por ello nunca quiso reformar el Estatut y renunció siempre a la independencia. Pero frente a la alternativa de Duran i Lleida (Unió), Mas era su único vástago y se dejó convencer por los cachorros del partido sobre las virtudes de un pacto con Esquerra.

Así cayó Semon, así cayó Cataluña. Cuando pesa más la urgencia que la inteligencia, y cuando el romanticismo se impone a la razón, tienes la derrota asegurada. Lo mismo en un país que en una empresa.

Mas se ha aferrado a su presidencia como mi madre a la pretensión de demostrar que era mejor que mi abuela. Tomaron ambos cualquier atajo que les sirviera para su enloquecida huida hacia adelante, incluso los que sabían que no llevaban a ninguna parte. Ayer no asistimos al principio de nada sino a un fin de trayecto tan inconsistente y absurdo como ha sido desde su inicio este proceso.

Raül Romeva batió todos los récords de cursilería en la charca de la corrección política, y su discurso, noño, redicho y fútil, fue el gorro de dormir con que murió la Tieta de Serrat. «Vamos a por todas», dijo, como mi hija antes de una carrera de sacos. De la CUP, Anna Gabriel, una Yoko Ono de ir por casa, demostró hasta qué punto son banales los que se creen los más puros, comparando la independencia de Cataluña con la independencia de su cuerpo de mujer, en el sentido abortista, en una banalización definitiva de la independencia, y de la vida.

Todo fue retórico, todo fue folclórico. Una comunidad que realmente fuera a romper un Estado estaría en tensión máxima y yo seguí el pleno desde mi club, ante la absoluta indiferencia de mis consocios. «Chico, baja el volumen, que molesta«, me dijeron unos que jugaban al dominó cerca de la tele. Los independentistas intentaban inútilmente darse importancia con su grotesca grandilocuencia pero la vida seguía en Barcelona, y en Cataluña, igual de plácida.

Es poco inteligente poner en guardia a un Estado anunciándole que vas a atacarle. Cuando eres tan pequeño, no puedes matar al monstruo a pedazos, y que Mas y Convergència hayan cedido al exhibicionismo revolucionario de la CUP es el eterno error de la derecha catalana, que siempre que confía en la FAI acaba yaciendo en las cunetas. De hecho, en su discurso de investidura, por la tarde, Mas ponía ya cara de cadáver anticipado. Cataluña acabará derrotada por su propia inconsistencia sin que España tenga que despeinarse: con la ridícula moción de ayer le ha regalado al Gobierno la legitimidad nacional e internacional para las represalias que estime convenientes, porque cualquier Estado libre y civilizado entiende la legítima defensa y que la Ley ha de aplicarse.

El independentismo no tiene la fuerza ni la inteligencia que precisa para salvar su empresa. Vendrán días de caos y de desconcierto. Y tal como el negocio de mi abuela ha acabado en manos de los empleados, Cataluña acabará tomada por la extrema izquierda.

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