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Así fue, así será la proclamación real

El Mundo El Mundo 14/06/2014 elmundo.es

22 de noviembre de 1975. Hacía solo dos días que había muerto Franco. España estaba de luto oficial. Se levantó por unas horas para que el príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón se convirtiera en el Rey de todos los españoles. Treinta y ocho años, seis meses y 28 días después, la ceremonia se repite en el mismo escenario pero no con la misma gente. En aquella ocasión, don Juan Carlos lo hizo ante los procuradores en Cortes de un solo «partido». Hoy, ante los diputados de 18. Para ello se utilizaron, entonces, los Santos Evangelios y un crucifijo. Hoy, la Constitución.

La fórmula anterior fue: «Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios del Movimiento Nacional». ¡Toma ya! Hoy Felipe se convertirá en Felipe VI, después de jurar «desempeñar fielmente mis funciones, guardar y hacer guardar la Constitución y las Leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las comunidades autónomas».

En los dos casos, antes y ahora, presentes en el estrado los símbolos de la realeza: una gigantesca corona de plata sobre dorado y un cetro, los mismos que se utilizaron en la proclamación de Felipe V, el primer Borbón. Junto al nuevo Rey de 37 años, con uniforme de capitán general, su esposa Sofía, de la misma edad, con un elegante traje largo rojo-fucsia «como el revés del capote de un torero» (Sofía dixit). Cruzándole el pecho, la banda de Isabel la Católica y un collar de perlas de tres vueltas. Presentes también, sus tres hijos: Felipe, de 7 años, y las infantas Elena y Cristina.

Felipe, de 46 años, acudirá con su esposa Letizia, de 40. También con sus dos hijas, Leonor, de ocho años, uno mayor que su padre aquel día y Sofía, de 7.

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DOLOROSAS AUSENCIAS

En los palcos de invitados, aquel 22 de noviembre, había dos grupos muy definidos y los dos bajo el impacto de la emoción: la marquesa de Villaverde y las hermanas de Don Juan Carlos, infantas Pilar y Margarita que veían coronar a su hermano en ausencia del padre, conde de Barcelona, el gran perdedor de este acontecimiento. Por ello, la intensa mirada de lágrima contenida que Don Juan Carlos les dirigió a sus hermanas, nada más proclamarse Rey, cuando el presidente de las Cortes, después de tomar juramento al Príncipe, exclamó con voz vibrante: «Desde la emoción del recuerdo a Franco...» Se lo podía haber ahorrado. Para Doña Sofía también fue un duro trago la ausencia de su madre Federica, a quien se le impidió ver a su hija convertirse en Reina, cuando ella ya no lo era. Fue una gratuita crueldad aquella ausencia. El momento más emotivo, pero fuera de tono, se produjo cuando, al finalizar la ceremonia, todos los procuradores puestos en pie se volvieron hacia el palco ocupado por la hija de Franco y, dando la espalda al Rey, aplaudieron con entusiasmo al tiempo que gritaban «¡Franco, Franco, Franco!». A diferencia de ayer, con los palcos de las Cortes abarrotados de invitados internacionales (Hussein de Jordania, Rainiero de Mónaco, el vicepresidente norteamericano, Nelson Rockefeller, Pinochet, Imelda Marcos y otros dignatarios), hoy los palcos del Congreso estarán ocupados, tan sólo, por representantes nacionales, invitados y familia. Es de esperar la presencia de Paloma Rocasolano y Jesús Ortiz, los padres de Letizia, así como sus abuelos, Menchu e, incluso Francisco, el taxista. También su hermana Telma y su marido intermitente, Jaime del Burgo, si es que todavía lo es.

UN RECORRIDO NADA TRIUNFAL

Finalizado el solemne acto, la Familia Real abandonaba las Cortes en dirección al Palacio Real, con el fin de rendir tributo a Franco, por duro que hoy parezca, orando ante sus restos mortales. Aunque el día no estaba para paseos triunfales, alguien muy irresponsable decidió que el nuevo Rey y su consorte se pasearan por Madrid en el Rolls Royce descubierto del generalísimo. El recorrido desde la carrera de San Jerónimo hasta el Palacio Real, donde se encontraba la capilla ardiente, fue lo más extraño y surrealista que se recuerda. A lo largo del paseo del Prado, Cibeles, Alcalá, Gran Vía, Plaza de España sucedió de todo y, afortunadamente, no sucedió nada. «La gente rebullía, aplaudía, miraba, recelaba, no sabía ni qué hacer. Y quien no abría la boca era porque pensaba que Franco era capaz de resucitar. Eran muchos los que gritaban a favor o en contra. Los oíamos perfectamente: «Franco, Franco, Franco». Y también: «abajo los Borbones», recuerda la Reina.

El TRAVESTISMO DE LA REINA

Quienes vieron a Doña Sofía vestida de rojo fucsia en las Cortes y de riguroso luto a la llegada al Palacio Real, no entendían dónde y cómo se habría producido el travestismo de su ropa. La noche anterior a la de la proclamación, se dieron cuenta de que resultaría casi un insulto entrar en la capilla ardiente de rojo fucsia. Sobre la marcha, aquella noche del 21 al 22, decidió que las hermanas Molinero, sus modistas, realizaran a toda pastilla un abrigo largo de color negro que la Reina llevó escondido durante todo el recorrido. Cuando el Rolls entró en la plaza de la Armería, lo sacó y se lo puso, entrando en la capilla ardiente enlutada . A ambas ceremonias, la de ayer y la de hoy, sólo les separa la democracia y la Constitución, que no es poco.

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