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August Hirt, el sádico doctor nazi que coleccionaba esqueletos de prisioneros judíos

ABC ABC 04/10/2015 Manuel P. Villatoro

Después de Mengele, Hirt fue uno de los doctores más crueles del nazismo. © Diario ABC Después de Mengele, Hirt fue uno de los doctores más crueles del nazismo.

Noviembre de 1944. Tras un rápido avance sobre Francia, la 2ª División Blindada del General Leclerc pisó la ciudad de Estrasburgo el día 23. Para entonces los galos ya le habían dado una buena patada en la esvástica a los nazis, a los que habían logrado expulsar definitivamente de la zona a base de fusil y algún que otro carro blindado. Ansiosos por hallar documentos que explicasen la brutalidad de los germanos, las tropas aliadas se introdujeron entonces en el sótano del Instituto Anatómico de la Universidad de la ciudad. Los soldados iban acompañados de un grupo de grabación para que el mundo no dudase posteriormente de los hallazgos que allí hubiera. Y no era para menos, pues, de no ser por las imágenes, nadie hubiera creído lo que habían visto sus compañeros en algunos campos de concentración.

Sin embargo, lo que encontraron allí abajo fue más de lo que pudieron soportar. Y es que, lo que vieron sus ojos en aquella zona fue 87 esqueletos conservados en alcohol. Una macabra colección del que, hasta hacía pocos días, había sido el director del centro, August Hirt. ¿Cuál era la razón que atesoraba el nazi para guardar consigo aquello? Según dijo el oficial, sentía verdadera pasión por la anatomía de los judíos, a los que había querido investigar para demostrar que eran una raza inferior. Los restos se correspondían con presos de Grecia, Alemania, Polonia, Rusia, Austria y Lituania. Todos ellos, asesinados en un campo de concentración cercano y enviados allí para deleite del sádico germano.

La macabra historia de esta horrible colección (que ya salió a la luz el pasado julio cuando se descubrieron algunos frascos más en la Universidad de Estrasburgo) ha vuelto a la actualidad esta semana después de que los restos de varios de estos presos fueran por fin enterrados en el cementerio judío de Cronenbourg el pasado domingo. De esta forma, y frente a unas 300 personas, se dio descanso eterno a estas víctimas de la barbarie nazi. «Lo que hemos hecho es un deber religioso y humanitario que hace justicia con las víctimas. A pesar de que los nazis quisieron hacer que la Solución final fuera un gran secreto, no vamos a olvidarnos de las víctimas», explicó René Gutman, Gran Rabino de Estrasburgo, a la cadena «France 3».

Himmler, uno de los grandes amigos de Hirt, visitando un campo de concentración. © Diario ABC Himmler, uno de los grandes amigos de Hirt, visitando un campo de concentración.

El otro doctor muerte

Para entender (aunque no compartir) este infame suceso es necesario centrarse en August Hirt. El que fuera director del Instituto anatómico de la Reichuniversitat de Estrasburgo vino al mundo en Mannheim (una ciudad al suroeste de Alemania) en 1898. Apasionado desde su juventud con el mundo marcial, se alistó en el ejército germano en 1914, por lo que tuvo que darse de fusilazos en la I Guerra Mundial contra los enemigos de su país. Parece que no combatió mal, pues -tras ser herido en combate- fue galardonado con la Cruz de Hierro y enviado a su casa para recuperarse. De vuelta en su hogar, se tituló en medicina por la Universidad de Heidelberg, su otra gran pasión debido a su gran interés por la anatomía.

Sin embargo, la llegada del nazismo a Alemania de la mano de Adolf Hitler le hizo volver a realistarse, aunque en este caso en las temibles SS, las tropas más crueles y sangrientas del bando germano. Una vez en este organismo, fue uno de los mayores defensores de la superioridad de la raza aria y la necesidad de acabar con la vida de los judíos, los gitanos y todo aquel que fuera considerado inferior. Sus teorías, junto a las de otros tantos miembros del partido, terminaron derivando en la terrible Solución Final, el plan ideado por el «Führer» para aniquilar de forma sistematizada a cualquiera que no se considerase digno de este mundo.

Una horrible colección

En la década de los 40, tras varios años de servicio y con una buena parte de Francia conquistada por los alemanes tras iniciarse la Segunda Guerra Mundial, Hirt fue nombrado director del Instituto anatómico de la Reichuniversitat de Estrasburgo. Un trabajo que le apasionaba y que le permitió satisfacer su necesidad de saber en el campo de la anatomía judía. «Era un hombre sin escrúpulos y con una curiosidad enorme por el judío y por sus dimensiones craneales, entre muchas otras cosas. Quería demostrar científicamente las teorías antisemitas defendidas por el Partido como una realidad incuestionable», explica el escritor e investigador Pablo Jiménez Cores en su obra «La estrategia de Hitler: Las raíces ocultas del Nacionalsocialismo».

Campo de concentración de Struthof-Natzweiler. © Diario ABC Campo de concentración de Struthof-Natzweiler.

De esta forma, comenzó a hacerse -poniendo como excusa la ciencia- con cráneos de prisioneros judíos. Sin embargo, en 1942 se percató de que tenía acceso a un número muy reducido de restos humanos, por lo que llamó a altos cargos de las SS para remediar este problema. «Para realizar sus estudios se puso en contacto con Himmler para ver si este podía solucionar las dificultades con las que la “tesis antisemita” se enfrentaba al disponer de “un número limitado de calaveras judías”. El jefe de las SS se sintió muy conmocionado por el interés que Hirt mostró en el estudio de la inferioridad de la raza judía, y ordenó que se le ayudase en todo lo que se pudiera», completa el investigador en su obra.

Así fue como a Hirt empezó a tener contactos con los directores de varios campos de concentración nazis y, poco a poco, consiguió que le fueran enviados al instituto multitud de cadáveres de presos para estudiarlos. Tal era su interés, que el médico llegó a financiar con el dinero del Instituto la cámara de gas del campo de concentración de Struthof-Natzweiler (ubicado a menos de 60 kilómetros de Estrasburgo). «Según las órdenes de Hirt, se enviaron prisioneros suficientes y en buen estado a la cámara de gas de Struthof, empleando para su asesinato sales de ácido cianhídrico preparadas por el mismísimo Hirt», señalan José Manuel Gomis Aracil y Pedro Sala Jiménez en su libro «La sangre de la eternidad».

Fue precisamente en uno de esos asesinatos masivos -sucedido en 1943- en el que Hirt se hizo con los 87 cuerpos con los que creó su colección personal. «La ejecución, realizada en varias tandas y supervisadas por el Sturmführer del campo, Josef Kramer, acabó con la vida de 86 personas, de las cuales 30 eran mujeres», añaden los expertos. La víctima número 87 era famosa, pues era una espía conocida en media Francia. Esta, tal y como afirman los dos investigadores, fue asesinada mediante un antiguo reto ceremonial de las SS en el que se la decapitó de forma cruel. Una vez que todos dejaron este mundo, sus cuerpos fueron enviados al doctor, quien los conservó en alcohol y se hizo una colección personal con ellos.

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