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Azar y necesidad en el liderazgo progresista

EL PAÍS EL PAÍS 16/06/2014 José Luis Álvarez
© RAQUEL MARIN

Lo peor no es el daño provocado por el espectáculo de una horse race,jaleada con fruición por los medios. Ni lo más preocupante, aún siéndolo mucho, la juventud, sin experiencia relevante de gestión, de la mayoría de los candidatos, tan bienvenida por los consultores políticos, quienes prefieren modelar a un pretendiente tabula rasa, que no ha ofendido a ningún grupo social, que no haya cambiado nada. Lo más inquietante es que el único partido progresista que puede gobernar, el único que se puede interponer entre el PP y su asentamiento definitivo en el poder, se juega su futuro en la improvisación de los candidatos al liderazgo, la aleatoriedad del proceso de renovación del mismo y la entropía de su ideología. Lo peor es el azar.

Lo que le ocurre al PSOE no es novedad en España, donde la fortuna ha jugado un papel determinante en la selección de liderazgo político. La nominación de Adolfo Suárez fue fruto de tácticas sorpresivas en la intersección de lo cortesano y el franquismo tardío. El nombramiento de Calvo Sotelo sobrevive a un golpe de Estado. La confirmación en la Secretaría General del PSOE de Felipe González es fruto de un arriesgado envite a su propio partido en su XXVIII Congreso: en una jugada de libro de texto, Felipe González dimitió para forzar la eliminación del marxismo de los estatutos, para demostrar su imprescindibilidad, y regresar después con todo el poder. El liderazgo orgánico de José María Aznar fue resultado de una rebelión de jóvenes articulados por Álvarez-Cascos ante un Manuel Fraga que se inclinaba por Isabel Tocino. El de José Luis Rodríguez Zapatero procede de un puñado de votos arañados en coaliciones improbables ante alguien que probablemente hubiera llevado al partido por derroteros bien distintos, como José Bono. Y, salvo Calvo Sotelo, todos estos presidentes llegaron al liderazgo de su partido jóvenes, escasos de experiencia, poco probados y filtrados y, por tanto, siendo altamente impredecibles. Y algunos salieron bien, y otros no. El azar.

La excepción al azar en el liderazgo político español es Mariano Rajoy, el más examinado y probado de todos ellos cuando llega al poder, el que no sorprende. No hay drama en Mariano Rajoy. Su deliberado proceso de nominación se explica porque lo único que Felipe González, acosado, no pudo hacer bien fue su sucesión, y José María Aznar, tan obsesionado en su íntimo teatro mental con el líder socialista, vio la oportunidad, al triunfar donde el socialista fracasó, de sobrepasarle en su ranking subjetivo de grandeza presidencial. Un “cisne negro”, la mala suerte, lo impidió.

El candidato más fiable y predecible es el que normalmente menos cambios va a producir

Los liderazgos orgánico y presidencial, que sólo excepcionalmente se pueden separar en personas distintas, plantea retos especiales a la izquierda. Aún con todos sus inconvenientes de personalismo y primitivismo, el liderazgo es más imprescindible para la izquierda que para la derecha, porque si la primera quiere transformar el status quo precisa lo que el liderazgo provee —dirección, movilización y recursos—, algo que los partidos de masa tradicionales o los de cuadros actuales solo excepcionalmente facilitan, por sus tendencias a la oligarquía, a la auto-preservación, a la adaptación a lo que existe más que a su cambio. Es más, mientras que la opción conservadora tiene claros sus intereses —lo que es, está bien, y aunque no lo esté, no se puede cambiar—, para el progresismo no es obvio lo que quiere cambiar, cómo y con qué ritmo. Le es imprescindible el liderazgo.

El problema del liderazgo es su identificación. ¿Cómo saber si un dirigente será un buen líder orgánico y, posteriormente, presidencial? Los estudios realizados en países con mayor tradición democrática y, por tanto, con más presidentes, detectan tendencias interesantes. Los presidentes que no han sido suficientemente filtrados por las elites políticas, con poca experiencia ejecutiva, o los independientes, son los que la posteridad juzga como los peores líderes —es el caso de Jimmy Carter o G. W. Bush o José Luis Rodríguez Zapatero—… pero, también, como los mejores —como Lincoln o F. D. Roosevelt o Adolfo Suárez o Felipe González—. Son también estos presidentes wild cards los que suelen tener mayores contrastes entre diferentes periodos, entre inicios positivos y debacles finales, como José María Aznar. Los presidentes más filtrados, más previsibles, son los que ocupan los puestos medios de liderazgo presidencial —L. B. Johnson, Clinton, Reagan, Calvo Sotelo o, se puede aventurar, Mariano Rajoy—. El PSOE está atrapado en la siguiente paradoja en su elección de liderazgo. Por un lado, el candidato más conocido, experimentado y predecible, más fiable, que mejor pueda contentar a aquellos que, como la vieja guardia, no quieran arriesgar más “momentos Zapatero”, que intentan preservar el partido como órgano de gobernabilidad y justicia en el país, es el que normalmente menos cambios va a producir, cuando precisamente el cambio transformacional del partido es imprescindible para su supervivencia. Por otro lado, el líder menos testado por el partido, el menos integrado en el aparato, el más imprevisible, es el que más cambios va a intentar generar, pero del que será difícil adivinar a priori si las consecuencias serán positivas o negativas. Y los candidatos conocidos a la fecha a la dirección del PSOE han sido escasamente filtrados por el partido, por su juventud, por su escasa experiencia en tareas ejecutivas, y mucho menos todavía examinados por la ciudadanía debido a un sistema electoral que aleja a representantes de representados. Y, tremendo, ninguno de los ya candidatos declarados o que pueda proponerse son conocidos por una posición ideológica definida. El azar del actual proceso de selección de liderazgo del PSOE y la urgente necesidad del mismo están en contradicción.

Lo único que puede estabilizar la imprevisibilidad intrínseca del liderazgo es un cuerpo doctrinal y programático sólido. Desde que José Luis Rodríguez Zapatero vació de ideología al PSOE, sustituyéndola por estilo, por el gesto, que además se definía en negativo —estaba contra el autoritarismo del PP y de José María Aznar—, la caída del PSOE es invencible. Pasma que el partido siga siendo incapaz de generar doctrina, como demostró la última Conferencia Política que estaba destinada específicamente para ello, y de la que, a pocos meses de su celebración, nadie se acuerda lo más mínimo. Este vacío doctrinal es especialmente lacerante por la oportunidad que representa que hoy el PP también haya implosionado ideológicamente.

Lo único que puede frenar lo imprevisible es un cuerpo doctrinal y programático sólido

Si un partido debería ser consciente del apalancamiento mutuo entre liderazgo e ideas es precisamente el PSOE. Fue precisamente esta sinergia la que le proporcionó su mayor y más prolongado éxito. Cuando en el XXVIII Congreso Felipe González dimite como Secretario General, ante el rechazo por los delegados del partido de su propuesta de abandono del marxismo, lo hace en nombre de una idea-fuerza que en positivo quería decir socialdemocracia. Sirvió para gobernar, para ser admitido en Europa, atrajo a fuerzas progresistas no obreras, y disciplinó a los cuadros del partido, ya entonces más radicales que sus votantes, ya entonces con escasa sintonía con los tiempos.

No hay alternativa progresista al PSOE. A estas alturas los progresistas tampoco pueden hacer otra cosa que esperar que la fortuna haga juego en la sucesión de liderazgo del partido. Ya es tarde para un proceso más racional. Probablemente surgirá un líder sin filtrar, impredecible, sin experiencia ejecutiva y sin programa, capaz de lo mejor, no ya tanto como Felipe González de quien no va a haber recidiva, ni siquiera como Susana Díaz, o quizás capaz de lo peor. El azar manda. Pero a quien sea que le toque en suerte el liderazgo deberá saber que éste seguirá siendo provisional, que la verdadera transición, todavía inacabada, es la del liderazgo de Felipe González, no la de su persona sino la de contar con una idea fuerza doctrinal. El PSOE la puede tener equivocada, pero no puede no tener una. Ahora no tiene ninguna. La ciudadanía necesita saber de qué va el PSOE. Esa es la necesidad. Sin ligar liderazgo e ideología el partido habrá perdido su última oportunidad, porque es exactamente eso lo que está en juego. Su supervivencia. Ya no hay nada que la asegure. Le queda una sóla jugada.

José Luis Álvarez es doctor en Sociología por la Universidad de Harvard, profesor de Liderazgo de INSEAD, y autor de Los presidentes españoles.

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