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Bibliotecas: paraísos circulares

Logotipo de El Mundo El Mundo 31/05/2014 ANTONIO LUCAS

Fue Borges quien un día imaginó el paraíso en forma de biblioteca. Y antes o después, eso no está cifrado, arrancó el Poema de los dones con estos versos votivos:

'Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche./ De esta ciudad de libros hizo dueños/ a unos ojos sin luz...'

Después vino Ray Bradbury y advirtió: "No puedes aprender a escribir en una universidad. Es un lugar muy malo para los escritores porque los docentes siempre piensan que saben más que uno, y no es cierto. Ellos tienen muchos prejuicios. Digamos: a ellos les gusta Henry James, pero ¿qué pasa si no quieres escribir como Henry James? (...) La biblioteca, por otro lado, no tiene límites. La información está ahí para que la interpretes. No hay nadie que te diga qué pensar, que te diga si eres bueno o no. Lo descubres por ti mismo". Sin bibliotecas no tendríamos ni pasado ni futuro.

Los libros son la vida sin tiempo, pero ayudan a enclavijarse a la vida con una precisión extraordinaria. Los libros son la extremidad del escritor, su brazo largo, su proyecto inacabado, su entusiasmo inabarcable. Los libros de los otros, exactamente. Construir una biblioteca (física o mental) es levantar un territorio propio. Fingir una plaza llena de gente. Comprender mejor lo inabarcable. Añadir complejidad a lo elemental. No aceptar lo irremediable. Las bibliotecas son (y fueron) no sólo el cobijo contra la tormenta de algunos escritores esenciales, sino el apoyo de una parte de sus vidas. Su trabajo. Su almuerzo. Su salario. Su patrimonio. Ese es el rastro que persigue y pone en claro 'El escritor en su paraíso' (Periférica), un intenso trabajo del profesor Ángel Esteban en el que recorre la biografía de 30 grandes autores en aquellos días en que fueron bibliotecarios.

No es exactamente un capricho de extravagante, sino un excelente cabotaje por una pasión que trasciende el ejercicio de la escritura en favor de una espeleología mayor: vivir entre libros, vivir por los libros, vivir en los libros. Mario Vargas Llosa abre fuego en un prólogo que es la hoja de ruta de una pasión febril, la que el premio Nobel mantiene desde niño por la lectura. "Siempre he dicho que lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer, y creo que no hay ni una pizca de exageración en esa frase. Recuerdo cómo a los cinco años mi mundo de pronto se enriqueció de una manera extraordinaria y cómo gracias a la lectura empecé a vivir, no sólo a leer, experiencias extraordinarias, viajes en el espacio, viajes en el tiempo: unos destinos que estaban fuera del alcance de la experiencia real, pero que la literatura volvía reales por el hechizo que me producía la lectura".

El autor de 'La casa verde' fue también bibliotecario. Asistente en el Club Nacional de Perú, donde descubrió una colección de libros franceses sobre erotismo y otras piezas 'gourmet'. Allí se abasteció de historias, consciente de que el mundo hay que descifrarlo y existe una brújula infalible: el libro. "Vargas Llosa se sentía allí como el escritor en su paraíso. Además, su trabajo no era demasiado absorbente. (...) Por eso aprovechaba el tiempo en la biblioteca para hacer lo que más le gustaba: leer y escribir".

Pero una biblioteca no sólo es una construcción íntima (siempre hay uno o varios individuos detrás dándole sentido y forma). Es también un signo de poder, un aval de distinción. Benito Arias Montano (1527-1598) organizó para Felipe II los fastuosos fondos de El Escorial durante 10 años de viajes y huroneo en bibliotecas privadas y conventuales de media Europa peleándose con vendedores, pícaros del oficio, monjes y funcionarios para arrancar libros por poco dinero. Y gozó, como privilegio extremo, de una licencia especial, concedida por el Gran Inquisidor, que le permitía eximirse de todas las normas oficiales del Index de libros prohibidos. Aquel monarca imperial lo tenía claro: "Para Felipe II, una de las mayores riquezas de la humanidad estriba en el conocimiento que nos llega a través de los libros. Ojalá todos los gobernantes de todos los tiempos lo hubieran tenido tan claro. Arias Montano tuvo carta blanca para comprar lo que quisiera, por muy cara que fuese la maravilla bibliográfica con la que se encontrara", sostiene Ángel Esteban.

Existe una épica del bibliotecario. Más allá de lo estepario del oficio, incluso de la propensión a cierta misantropía que da el habitar ese perímetro perfecto que puede ser la soledad acolchada de volúmenes bien encuadernados, hay bibliotecas diseñadas desde la batalla y la fatiga. Goethe es un claro ejemplo. Él articuló la biblioteca de la duquesa Ana Amalia de Weimar, que ardió el 2 de septiembre de 2004 a las 20.28 horas de la tarde. Varios siglos antes, en 1691, comenzó a tomar cuerpo este extraordinario fondo de libros que tuvo al autor de 'Las desventuras del joven Werther' como gestor e inspector general. "Desde los primeros días de su actividad, y apoyado siempre en la fiel labor de su cuñado Vulpius, su pensamiento estaba puesto en la forma de conseguir nuevos fondos y mejorar el acceso a los servicios que la biblioteca prestaba. En aquel trabajo reanudó la redacción de 'Fausto', su obra maestra", sostiene el autor. El incansable viajero que fue Goethe echó ancla en la biblioteca de Weimar, sobrevivió a dos incendios y ya agotado, y ya desengañado, y ya herido por la muerte de su mejor amigo, el poeta romántico Friedrich Schiller, se dejó caer empujado por el zumbido de la guerra que, en 1806, asoló las cercanías de su casa y de la biblioteca que pensó y realizó como el paradigma vertical del saber.

Una biblioteca podría ser definida como el cobijo de esa pregunta inacabable sobre el porqué de las cosas. En ella lo aprendió todo un guajiro de pelo difícil, cara de listo, modales blandos, coraje fuerte y escritura de rayo. El cubano Reinaldo Arenas se crió en Holguín en un ambiente rural y analfabeto. Los libros eran algo lejano en aquella ciudad de la antigua provincia de Oriente. Pero él quería escribir. Escribir fieramente. Y marchó a La Habana, donde el azar y el concurso al que presentó su primer cuento le procuraron una admiración repentina y un trabajo estable de bibliotecario. "En aquel momento yo me puse en contacto con los libros", dijo en alguna ocasión. "Mientras caminaba por entre todos aquellos estantes veía cómo destellaba de cada ejemplar la promesa de un misterio único". En aquel salón vacío descubrió a Joyce, a Proust, a Yeats... Y allí escribió Celestino antes del alba. Los libros fueron su bálsamo y su balacera. Su viaje y su casa. Hasta que la Revolución de Fidel Castro comenzó a podar aquel espacio sagrado en el que Arenas se estaba diseñando (hacia dentro) una vida mejor: "Los libros que pudieron ser tachados de diversionismo ideológico desaparecieron de inmediato. Desde luego, también los libros que pudiesen abordar cualquier tema relacionado con las desviaciones sexuales desaparecieron... A los pocos días de aquello decidí que no podía continuar allí".

Las tiranías de cualquier signo y el reaccionarismo de todos los colores encuentran en los anaqueles forrados de lecturas el enemigo primero a combatir, pues un libro prende ideas y no entiende nada que no sea la libertad. Tardes sagradas de salvación por la lectura que no regresarán, debió de pensar Reinaldo Arenas cuando cruzó por última vez el umbral de aquel espacio que fue su Biblioteca Nacional de Cuba.

También Lewis Carroll apuntaló en una biblioteca las fantasías de 'Alicia en el País de las Maravillas'. Trabajó durante años en el Christ Church de la Universidad de Oxford, donde impartió clases, experimentó con la fotografía y los niños y ensanchó su pasión por las matemáticas. Su relación con los libros fue menos intensa que en otros de los autores escogidos por Ángel Esteban en 'El escritor en su paraíso'. "Carroll descuidaba de vez en cuando sus obligaciones como profesor o bibliotecario para llevar a las niñas a dar largos paseos por el río". Las "niñas" eran las hijas del decano del college. Entre ellas estaba Alicia, de 11 años. Carroll, el bibliotecario disperso, le propuso al padre matrimonio con aquella párvula para la que diseñó el País de las Maravillas. El decano echó de casa al bibliotecario, Alicia no volvió a los paseos, él se echó a rodar por las matemáticas y la escritura le perdió pasión.

¿Y cómo un seductor de largo alcance, un viajero desterrado que acumuló una escudería ingente de aventuras amorosas, un aventurero acaba organizando la biblioteca de Dux en Bohemia? ¿Cómo es que Giacomo Casanova, autor de 43 obras entre novelas, poesía, memorias, cartas y libelos acepta el cometido de encerrarse entre libros abandonando el amparo de los harenes de Estambul? Prefirió la oferta del conde de Waldstein y la soledad punitiva que ofrecen los libros. "Y entre ellos decidió escribir una historia de su vida no tanto por una ambición literaria como por responder moralmente a la situación en que se encontraba", sostiene Ángel Esteban. Son las 'Memorias' con las que mucho tiempo después de su muerte convulsionó Italia. Pero si Casanova aceptó el empleo no fue por pasión desmedida, sino por la necesidad completa de sostenerse después de una ruina completa.

Uno de los creadores franceses más singulares del siglo XX, Georges Perec, siguió los pasos del filósofo y erudito Georges Bataille, bibliotecario en diversas instituciones. De los muchos empleos que probó Perec, éste fue el que más ocupó su atrabiliario faenar. Durante 17 años ejerció de documentalista en el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, en París. Pero no le sucedió nada destacable en aquel oficio. Lo extraordinario lo guardaba para su obra, para su vanguardia abierta y caudalosa. Tan alimenticio era el puesto de bibliotecario para Perec que, cuando ganó el Premio Medicis por 'La vida: instrucciones de uso', en 1978, abandonó el oficio para dedicarse por entero a la literatura. Podríamos decir que la biblioteca fue para él un accidente necesario.

Igual que para Rubén Darío, el gran heraldo del modernismo irrumpió como niño prodigio en Managua y allí logró su primer empleo fijo en la Biblioteca Nacional. Por entonces era casi aún un zangolotino con modales de poeta que encontró entre aquellos libros el cañón con el que asaltar la vida: "¿Y qué es el libro? Es la luz; es el bien, la redención/ la brújula de Colón...". Leyó más de lo que trabajó. Más de 5.000 volúmenes para un joven con apetito de palabras. El paraíso una vez más. El laberinto circular del que Borges habló. Eso son, al final, las bibliotecas. El punto de partida. El lugar al que llegar. Un tiempo quieto a toda velocidad.

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