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Bienvenido, amigo uruguayo

EL PAÍS EL PAÍS 12/06/2014 Diego Torres
Los jugadores de Uruguay, en un entrenamiento. © DANIEL GARCIA Los jugadores de Uruguay, en un entrenamiento.

Eduardo Fusatti y sus tres amigos se subieron al coche en Montevideo y recorrieron 2.000 kilómetros cuando se bajaron en el estadio Yacaré de la pequeña localidad de Sete Lagoas, en el medio de ese extenso monte interior que los brasileños llaman cerrado. Uno de ellos llevaba una máscara del presidente José Mujica y decía: “¿No van a dejar entrar a las autoridades?”. Otro iba envuelto en una pancarta impresa con la foto en blanco y negro del gol de Ghiggia en la final del Mundial de 1950. El gol fatídico. El gol que cerró el último Mundial que organizó Brasil, cuyo desenlace provocó la que probablemente sea la mayor tragedia deportiva de la historia.

Aquí la gente nos tiene mucho respeto”

Cebolla Rodríguez

A uruguayos y brasileños no los une el amor sino el espanto. Alguna guerra en el siglo XIX y una rivalidad futbolística persistente que tuvo su máxima expresión en el Maracanazo refieren una historia de aparente confrontación. Pero a Fusatti los habitantes de Sete Lagoas le dieron la bienvenida con la misma efusividad que a sus compatriotas, los jugadores de la selección de Uruguay. Había cientos en el estadio Yacaré para recibir al equipo, que se entrenó a puertas abiertas. La ovación fue clamorosa cuando los jugadores saltaron al campo. Las niñas chillaban como enamoradas y los ‘garotos’ miraban admirados a Forlán y Cavani haciendo ejercicios de posesión. “Aquí la gente nos tiene mucho respeto”, dijo el Cebolla Rodríguez. Ayer, el diario ‘Estado de Minas’, el más importante de la región, abrió su edición con un titular significativo: “Rivalidad, 0; Amistad, 2”.

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Los jugadores de Uruguay, durante un entrenamiento. / Victor R. Caivano (AP)

El periodista uruguayo Atilio Garrido, autor del libro Maracaná, la historia secreta, desmitifica el pasado. “Uruguayos y brasileños siempre tuvieron una relación de hermandad”, dice, sentado en las gradas del Yacaré. “En el Maracanazo no hubo vencedores ni vencidos. ¡Todos los que jugaron esa final acabaron en la miseria! ¡Los uruguayos y los brasileños!”.

El libro de Garrido inspiró el documental Maracaná. La crudeza de la verdad debió emocionar al capitán uruguayo, Diego Lugano, que antes de viajar a Brasil organizó un pase para toda la plantilla en la concentración del Complejo Celeste, junto a Montevideo. Lugano cree que es importante conocer cómo fueron los hechos porque sólo así sus compañeros se quitarán de encima el peso de los fantasmas, esa farfolla patriótica que convirtió en héroes nacionales a los futbolistas de 1950. “El Maracanazo no se repetirá más”, insiste Lugano.

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Luis Suárez golpea el balón durante un entrenamiento de Uruguay / DANIEL GARCIA (AFP)

“En 1950 el fútbol más avanzado del planeta se practicaba junto al Río de la Plata”, recuerda el escritor. “La defensa uruguaya conocía perfectamente el ataque de Brasil y la defensa brasileña en cambio no sabía nada de los atacantes uruguayos. El resultado era previsible”.

Garrido recuerda que las dos plantillas del 50 quedaron tan vinculadas que Máspoli, Obdulio Varela y Ademir convocaron a los 42 para disputar un amistoso en el Centenario, en 1963. La razón fue recaudar fondos en la lucha contra la poliomelitis. Estaban todos retirados menos Ghiggia. Solo Schiaffino declinó la proposición, porque se sentía viejo y, dijo, no quería hacer un “papelón”. El partido fue un éxito absoluto. Una fiesta. “Nos marcó a toda una generación”, confiesa Garrido. “¡Ellos se hicieron amigos!”.

La celebración continúa en el centro de Sete Lagoas, donde la alcaldía ha montado un establecimiento dedicado a Uruguay, en la plaza Tiradentes. Allí suena el tango y se sirve puchero, chivito y alfajores. El clima de agitación no se parece en nada al que reina en la concentración del equipo, en la hacienda agropecuaria JN, a diez kilómetros al sur. Enclavado en un valle salpicado de lagunas en la sierra de Santa Helena, entre árboles magníficos y praderas donde pacen las vacas, el aire que envuelve al hotel está cargado de un potente olor a guano. Es, al parecer, la clase de aislamiento que buscan los discretos uruguayos, con su seleccionador Óscar Washington Tabárez al frente. “Este lugar ha colmado nuestras expectativas”, dice el técnico. “Es un lugar bonito y la gente es muy amable. Creo que el pueblo disfrutó en el entrenamiento y nosotros tratamos de agradecerle todo lo que hemos encontrado aquí: privacidad, tranquilidad y espacio para la convivencia”.

Los ecos del pasado, la guerra, la pobreza, la fraternidad, el Maracaná, repican en el valle. En la voz del viejo Tabárez y en la voz del capitán Lugano: “No se repetirá más, no se repetirá más”.

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