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Bigas Luna

Notodo Notodo 01/06/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Bigas Luna" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Bigas Luna"

Decía el propio Bigas Luna que se metió en esto del cine por su previa inmersión en el mundo del arte. Con veinte años ya le interesaba la pintura y estuvo en contacto con artistas conceptuales; hay quien define al cineasta fallecido hace dos años como el artista total, alguien que concebía el arte como un todo. Su creatividad viajó siempre con él mientras pasaba meses en hoteles durante los rodajes de sus películas y reflejando todas sus etapas.

En su políptico A fior di pelle, realizado entre 1964 y 2012, Bigas utiliza líquidos y otros objetos para manipular unas diapositivas que encontró y a las que bautizó con el goyesco título de Maja. De hecho, son pintores como Goya, Velázquez, Picasso o Dalí las fundamentales influencias de la estética cinematográfica del artista, y en este caso de su faceta plástica.

El erotismo y la sensualidad vibran sobre estos aterciopelados cuerpos pintados “a flor de piel” invadiendo suavemente los sentidos y provocando a la mente con sus tonos levemente picantes, para contar en imágenes las sensaciones del cuerpo. Se trata de la recuperación de una serie de fotografías de desnudos femeninos realizadas en la década de los sesenta, para después pintar encima de ellas una serie de manchas y signos que nos remiten al imaginario del body painting. Rosadas carnes retenidas en la suavidad curvilínea de las formas y cubiertas solo en parte por algunos accesorios, ponen en marcha el concepto de deseo que suele girar en torno al universo femenino.


Un universo que señala a la mujer como fuente de la vida en unas imágenes donde la desnudez se encuentra erotizada a través de un despliegue fetichista de medias, cadenas, zapatos de tacón, collares y pulseras de piedras preciosas. En este carrusel de imágenes la puesta en escena de la relación entre el observado (la mujer efigie) y el observador (una mirada potencialmente masculina) parte de un diálogo entre el cuerpo y el rostro representados, que en ese juego de ocultar y desvelar las formas, las posturas, las miradas, las sonrisas y la expresividad, marca el paso de ese erotismo femenino, a menudo considerado un capital.

Decía Baudrillard que la característica principal de la seducción- ese aristocrático orden de signos y rituales capaces de favorecer el artificio- es el misterio, el secreto, el espacio de las señales ambiguas e indescifrables de aquello que se muestra solo en parte. Una seducción que en cualquier caso -y en el que nos ocupa- no deja de objetualizar a la mujer. Según el pensador francés la mujer, al confundirse con el objeto de deseo mediante estrategias de falsificación, es quien logra ejercer la fuerza irónica del objeto. Lo que nunca sabremos es si el cineasta se dejó simplemente llevar por la concupiscencia o quiso resaltar que la mujer, desposeída de su cuerpo, de su placer, de su deseo y de sus derechos, nunca ha sido privada de la capacidad de eclipsar o de neutralizar el poder a través de la seducción.



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