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Blood Father

Notodo Notodo 08/09/2016 José Martínez Ros
Imagen principal del artículo "Blood Father" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Blood Father"

Durante un par de décadas, más o menos desde el estreno de Arma Letal, en 1987, la película que lo convirtió definitivamente en superestrella, y el de su obra maestra como director, Apocalypto, Mel Gibson fue uno de los reyes de Hollywood. Su caída en desgracia a lo largo de la última década es más que conocida; pero 2016 puede convertirse en otro momento decisivo de su carrera: el comienzo de su redención.

Y es que se estrena su nueva película como director, Hacksaw Ridge, uno de los títulos que vienen precedidos de mayor expectación de cara a los próximos Oscars; y, además, con Blood Father parece dirigirse de nuevo a su viejo público para demostrarle que los viejos héroes de acción aún no están dispuestos a jubilarse sin un último momento de gloria.

Blood Father es, probablemente, el mejor tipo de película que puede aspirar a protagonizar Gibson, alejado de las grandes producciones que antes se disputaban su presencia. Una película que aprovecha la moda de reciclar a antiguos astros como máquinas de matar cinematográficas iniciada por Taken (Venganza), la cinta (también francesa) que renovó la carrera de Liam Neeson. Con capital europeo (francés), dirigida por es especialista en accción Jean-François Richet (el remake de Asalto a la comisaría del distrito 13, Mesrine), la película es un producto de serie B, sucio, violento y entretenido que bebe directamente del grindhouse setentero.


Mel es Link, un antiguo motero rehabilitado, tras una larga estancia en la cárcel, gracias a Alcoholicos Anónimos. Su aspecto físico -barbudo, lleno de arrugas, cansado- es la de un hombre que ha pasado por un infierno y ha sobrevivido. Es un delincuente, un alma perdida, pero ha pagado por sus crímenes y aspira a llevar una existencia tranquila y sobria. Vive aislado en una caravana, hasta que recibe una llamada crucial: su hija, Lidia, de la que apenas sabe nada, está en problemas. Graves problemas.

Lidia (Erin Moriarty) es una adolescente que ha cometido un error: liarse con con Jonás (Diego Luna), el hijo de uno de los capos de la droga de México. Tiene lugar un incidente violento (en la que se desliza una sutil crítica al modo en que Estados Unidos exporta su obsesión por las armas al sur de Río Grande), y ella tiene que huir en busca de un lugar seguro.... Pero alguien la sigue.

Lo mejor de Blood Father es su honestidad y su falta de pretensiones. La trama es totalmente predecible: tiroteos, persecuciones, mafiosos, paletos racistas armados al lomo de Harley Davinson y, entre los balazos, un padre y una hija que se reencuentran, que empiezan a conocerse. No sorprende casi en ningún momento, pero tampoco aburre, en gran parte por el ritmo implacable que imprime el director, la estupenda química que exudan los protagonistas y la convicción de un Gibson que parece transfigurarse en su personaje: podrá haberse ganado a pulso la mala prensa que ha paralizado durante años su carrera, pero sigue poseyendo un enorme carisma y una habilidad natural para convertirse ante la cámara en personajes con un toque desquiciado.

Como decíamos al inicio, Mel también necesita un poco de redención.

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