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Bowie

Logotipo de Notodo Notodo 16/06/2016 José Angel Sanz
Imagen principal del artículo "Bowie" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Bowie"

Pero, ¿es posible encontrar todavía algún resquicio en la obra de David Bowie que no haya sido estudiado, analizado y comparado hasta la saturación? La respuesta es que sí, tratándose de alguien inagotable como el músico británico. Ni siquiera las biografías más exhaustivas (la de David Buckley, publicada en 1999, es la única que aconsejaría si alguien me preguntara por un solo libro para leer sobre Bowie) llegan hasta donde nos propone el filósofo Simon Critchley: su lectura del mito es transversal, como la haría un fan al que todavía le cuesta creer que es cierto, que el Duque Blanco se ha ido para siempre, y que encuentra franco consuelo en un legado estratosférico. Si algo soporta, precisamente, el incansable trabajo del artista durante los últimos 50 años, es la revisión incesante de letras, estilos, influencias, cambios estéticos y formales.

Critchley no tiene rubor en reconocer que escuchar a Bowie, a los 12 años, le hizo sentir vivo por primera vez en su vida. Es la primera obligación del fan, rendirse ante su tótem. Desde aquella aparición en la que Bowie interpretó Starman en el programa televisivo de música de mayor audiencia de Gran Bretaña, Top of the Pops, Critchley sintió esa fantasía de todo fan irredento de un músico que es pensar que cada canción habla de ti y tus circunstancias.


Hablamos de un ensayo que aúna lo personal, lo filosófico y un cierto aliento historicista. Un viaje corto pero intenso al corazón de todo lo que Bowie representó, alguien que “no era una estrella de rock cualquiera, ni una colección de clichés mediáticos e insulsos sobre bisexualidad y bares de Berlín. Fue alguien que hizo la vida algo menos trivial durante un periodo de tiempo tremendamente largo”.

Dos de las obsesiones que recorren la obra de Bowie, la búsqueda de la identidad (y su reverso, la pérdida de ésta en el mundo contemporáneo), así como la autenticidad, llevan a Critchley hasta Heidegger. También acecha Nietzsche, al que Bowie ni siquiera tuvo reparos en ‘robar’ su concepto de superhombre en The Man Who Sold the World. Si algo encarnó Ziggy Stardust fue la inmortalidad, es ambición imposible del humano demasiado humano.

El relato fragmentado de David Bowie, en el que se suceden y se mezclan los arquetipos del inocente, el mago, el explorador, el sabio y el rebelde, rebosa de fértiles recovecos. En especial desde la ‘muerte’ de Ziggy hasta el bache artístico de los años 80, Bowie puso patas arriba todo lo que entendemos por música del siglo XX, del jazz al funky pasando por el postpunk. A veces con el cadáver de su anterior personaje a cuestas y casi siempre en proceso de cambio, empeñado en crear formas nuevas de un modo que nunca antes la música popular ha conocido, Bowie iluminó espacios sobre los que nadie tenía, ni siquiera, mapas. Metabolizando influencias literarias y filosóficas, alumbró álbumes como Diamond Dogs o Low, dos tomos sublimes en la biblioteca del arte contemporáneo.

Critchley no obvia los peores momentos de su ídolo, y eso incluye discos de menor calibre, como Lodger. Salta hasta los 90 y el drum and bass de Earthling y llega hasta el siglo XXI. Sus últimas páginas escudriñan los dos últimos trabajos del músico británico, The Next Day y Blackstar, éste último elaborado con la cuenta atrás de la enfermedad echándosele encima al genio. La conclusión parece incontestable; lo que describe la casi inabarcable creación de Bowie es un incesante anhelo de conexión, la experiencia del anhelo. En lo formal, las originales ilustraciones de Eric Hanson complementan una obra que apreciarán como se merece, sobre todo, los ‘bowieadictos’ más pronunciados.

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