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Cómo ser actriz sin darse cuenta

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 25/09/2017 Manuel Vicent
La actriz Verónica Echegui. © JORDI SOCÍAS La actriz Verónica Echegui.

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Ser actor o actriz es un destino que puede llegar dentro de un bote de Cola Cao o producirse como una revelación en el jergón abominable de la celda de una cárcel. Cuenta Robert Mitchum que durante el tiempo en que estuvo de joven en prisión les ponían en televisión muchas películas de Rin Tin Tin. Un día se dijo: “Si esto de actuar lo sabe hacer un perro, también lo puedo hacer yo”, y en cuanto lo soltaron, se fue a Hollywood con el petate al hombro dispuesto a hacer de perro, si era necesario para sacudirse el aburrimiento de encima.

Algo parecido le sucedió a Verónica Echegui, solo que a ella le pasó en un dulce hogar de clase media, situado en los altos de la Castellana, cuando de pequeña veía en televisión a una niña anunciando un desayuno con Cola Cao y pensó: “Esa niña podría ser yo”. Lo esencial ya estaba hecho. El virus de la ficción había sido inoculado. Nació el 16 de junio de 1983, en Madrid. Lo demás fue cuestión de crecer, esperar y tener suerte. Verónica la tuvo al encontrarse con Bigas Luna, que estaba realizando un casting para la película Yo soy la Juani.

Puede que Bigas Luna fuera en apariencia frívolo y superficial, pero en esto nunca fallaba. Tenía un olfato muy fino para descubrir el talento en agraz. Javier Bardem, Penélope Cruz, Jordi Mollà, Leonor Watling deben a este director el haber salido del anonimato para convertirse de repente en estrellas. A esta galería de rostros icónicos de la pantalla se ha incorporado Verónica Echegui como una figura estelar. Bigas Luna buscaba a una chica de suburbio, llena de piercings, tal vez cajera de supermercado, rodeada de macarras, dispuesta a comerse el mundo, que sube a la ciudad armada solo con el tanga y un móvil, para librarse de todos los problemas de un novio celoso, de una familia desestructurada, de una vida perra más allá de las vías del tren.

Pese a ser en realidad todo lo contrario, tal vez Verónica Echegui pudo superar fácilmente la prueba, una entre 3.000 aspirantes para ser la protagonista de esa historia, porque no había perdido la ingenuidad infantil de aquel Cola Cao que había llenado de sueños su imaginación. Ya se sabe que ser un buen actor o actriz o es muy fácil o es imposible. No hay más que ver la espontaneidad con que se mueve, mira, ríe o calla para saber que todas esas pasiones las puede expresar Verónica Echegui sin darse cuenta. A una mujer el amor siempre le llega al alma a través del oído. A una actriz la ficción, también.

Princesa

Hija de un abogado y de una funcionaria, con nueve años les dijo a sus padres que quería ser princesa o actriz, o tal vez reina del Cola Cao y, aunque esta propuesta causó algunas risas en casa, la semilla ya había comenzado a germinar. Verónica estudió en un colegio de monjas y soportó todos los traumas de una adolescencia torturada por la disciplina, pero hay que imaginarla libre en el parque junto con los chavales del barrio, el primer cigarrillo en los labios que ha sustituido el cucurucho del helado, el cuerpo rebelado contra las costuras y soñando con heroínas de la pantalla, princesas o mujeres fatales, mintiendo a sus padres al asegurarles que se iba a matricular en turismo cuando a sus espaldas, con 17 años, había hecho un curso de improvisación para presentarse después a las pruebas de acceso a la Real Escuela Superior de Arte Dramático. Allí tuvo que recrear la escena de Rita Hayworth quitándose lascivamente el guante en la película Gilda. Puede que Verónica Echegui lo interpretara de forma excelente como lo que es: un estriptis de un solo brazo dando a entender que es en realidad del cuerpo entero. Pudo haber cantado Amado Mio, pero tuvo que recitar un fragmento de El amor en los tiempos del cólera y declamar unos versos de El alcalde de Zalamea. Lo que haga falta. Después vino lo de siempre, un book de fotos, un representante, pequeños papeles y uno y otro castinghasta que la suerte se presentó al doblar la esquina en forma de genio risueño llamado Bigas Luna.

Tiene ese punto de naturalidad a la vez ingenua y descarada, de la que un buen director puede extraer hasta la tercera capa de los sentimientos sin abandonar esa mirada de garduña montaraz. Aunque Verónica Echegui podría ser un buen material de las revistas del corazón, una de esas actrices que arrastra el carrito de las maletas en un aeropuerto perseguida por los paparazis que le meten el micrófono en la boca preguntando por su último novio, su talento natural hace que pese más su imagen como animal de pantalla, que la puedes ver como misionera laica en Nepal o en un thriller finlandés desgarrado o perseguida por la locura del karma en un callejón del viejo Madrid, con un rostro que sintetiza una pasión colectiva. Así son ellas hoy, libres, guerreras.

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