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Cómo llenar el tiempo al colgar la corona

El Mundo El Mundo 05/06/2014 EDUARDO ÁLVAREZ

Por muchas oportunidades que brinde la jubilación como una nueva etapa en la vida, acceder a ella produce vértigo. Y, en el mejor de los casos, exige un tiempo de descompresión. En el caso de un rey, además de vértigo debe provocar angustia existencial, puesto que a alguien que nace como príncipe heredero se le educa desde muy niño para el oficio de reinar, pero cuando se sienta en el trono nadie le prepara jamás para el retiro. Máxime porque hasta el reciente terremoto que sacude a las monarquías se solía pensar que el oficio de rey duraba hasta la muerte.

pueden marcar el camino a seguir para cuantos decidan secundarles. Aunque cada monarca demuestra que entiende la jubilación a su manera.

«No me despido de ustedes». La reina Beatriz de Holanda dejó claro en el mensaje televisado con el que que el traspaso de la corona a su hijo no significaba su desaparición de la vida pública. «He disfrutado totalmente de esta preciosa tarea durante tantos años; es inspirador sentirse cerca de los holandeses, compartir con ellos la tristeza, y celebrar también con ellos la alegría y el orgullo nacional», añadió.

No eran palabras huecas. Tan es así que desde que dejó de ser la soberana de los Países Bajos para convertirse en la princesa Beatriz, su agenda institucional ha seguido a rebosar. Si antes era ella quien se hacía acompañar en los actos de Estado por los herederos, Guillermo y Máxima, ahora es la ex reina la que acude con asiduidad a los eventos presididos por el nuevo monarca. El traspaso de poderes fue ejemplar y, en la misma línea, Beatriz ha seguido demostrando una gran complicidad con su hijo y su nuera, a quienes parece reforzar con su presencia pública.

Lo primero que hizo Beatriz de Nassau al dejar de ser reina fue mudarse. Abandonó el Palacio Noordeinde de La Haya y se instaló en su residencia actual, el Castillo de Drakenstein, donde pasó su infancia. Su asignación se vio reducida a 466.000 euros anuales -sin incluir todos los gastos de los que se hace cargo el Estado-. Y aunque aficiones no le faltan -sobre todo la hípica, el esquí y disfrutar del mar en su yate real-, la hoy princesa está obsesionada con mantener la actividad institucional. Esta misma semana ha acompañado a los reyes en la cena de gala ofrecida a Alberto de Mónaco con motivo de su visita oficial a Holanda.

Y antes, sola o en compañía de otros miembros de la familia, ha acudido a la entrega de los Premios anuales a la Libertad concedido este año a la joven paquistaní Malala; ha visitado oficialmente la isla de Saint Martin -uno de los territorios de las Antillas Holandesas pertenecientes a la Corona-; ha participado en la recepción de honor al cuerpo diplomático acreditado en los Países Bajos; o a acudido a un concierto con motivo del 200º aniversario de una asociación estudiantil. Todo ello sólo en los últimos 15 días. Una agenda que, desde luego, no parece la de una jubilada.

Peor lleva su nueva situación el rey Alberto, anterior soberano de los belgas, que , Felipe de Brabante. El matrimonio, formado por los reyes Alberto y Paola, no acaba de adaptarse a su nueva situación. Ellos también abandonaron la residencia oficial de Bruselas para instalarse en el castillo de Belvedere, a las afueras de la capital. Y su asignación se vio drásticamente reducida desde los 11,5 millones de euros anuales de presupuesto para la Casa que podían manejar como reyes a los 900.000 euros actuales.

La prensa belga publicó a finales del año pasado que Alberto se sentía maltratado por parte de la clase política tras 20 años de reinado, y no faltaron los rumores sobre una supuesta depresión por no poder hacer frente a los gastos de mantenimiento de sus residencias, asistentes y personal de confianza. En febrero, incluso se publicó que el ex monarca puso a la venta el yate real por no poder asumir la factura de gasolina.

El historiador belga Giuseppe Di Bella, haciéndose eco de las presuntas quejas de Alberto, publicó uno de los comentarios más duros en el periódico Le Soir: «Es una falta de dignidad por parte de un ex jefe de Estado mendigar subsidios adicionales. El ex rey está desconectado de la realidad, no es consciente del valor de las cosas».

A diferencia de Beatriz de Holanda, las apariciones públicas de Alberto y Paola son escasas. De hecho, sin contar los eventos de carácter familiar, como la reciente comunión de los hijos de Lorenzo de Bélgica -el enfant terrible de la dinastía-, los ex soberanos apenas tienen agenda institucional y prefieren dedicar su jubilación a viajar, una de sus grandes aficiones. Aunque siguen representando a la Corona en actos de Estado en sustitución de Felipe y Matilde, como hicieron en abril en el Vaticano con motivo de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II.

Muy distinto es el caso del príncipe Hans-Adam de Liechtenstein. Lo suyo no es una abdicación propiamente dicha, puesto que sigue siendo el Jefe de Estado del pequeño y rico país alpino. Pero en 2004, con 60 años recién cumplidos, , el heredero Alois. Desde entonces, Hans-Adam y su esposa, la princesa María, disfrutan de su jubilación anticipada. Aunque no se han mudado del Palacio de Vaduz, pasan prácticamente todo el año fuera de Liechtenstein, sobre todo en alguno de sus palacios reales en Viena.

Y Hans-Adam, uno de los monarcas más ricos del mundo -su fortuna personal se estima en más de 5.000 millones de euros-, está volcado en sus negocios privados, en sectores como la banca -la familia real de Liechtenstein controla el banco LGT- o el arte -poseen una de las colecciones privadas más importantes del planeta-. Hoy, ni siquiera es habitual que Hans-Adam presida ceremonias solemnes como la del Día Nacional. Sin embargo, el matrimonio no descuida del todo su labor diplomática y, como Alberto y Paola, el todavía soberano y la princesa María encabezaron la delegación de Liechtenstein en las canonizaciones vaticanas.

Además de las citadas, en lo que llevamos de siglo en la Vieja Europa se ha producido otra abdicación: la del gran duque Juan de Luxemburgo, en el año 2000. Su caso difiere de los anteriores porque el soberano cedió la corona a su hijo cuando empezó a sentir que su salud se resquebrajaba. Por ello, desde entonces ha estado prácticamente alejado de los focos, recluido en el Palacio de Fischbach, si bien es cierto que el último año, y a pesar de sus 93 años, ha recuperado algo de su vida social.

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