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Cambia, todo cambia

EL PAÍS EL PAÍS 03/06/2014 Joaquín Estefanía

La inesperada abdicación del rey Juan Carlos en su hijo Felipe, 30 años más joven, ha tenido la característica de envejecer, de repente, a lo de alrededor. Todos los que analizaban el panorama aparecían a los ojos de los demás como más viejos, más de otra época. Algo semejante, con razón o sin ella, se había percibido una semana antes, cuando se conocieron los resultados de las elecciones europeas, con sus ascensos, sus descensos y las numerosas expectativas incumplidas.

En este entorno de transformación toma cuerpo la canción más bella de La Negra Sosa, Todo cambia, tan oportuna estos días: “Cambia lo superficial/ cambia también lo profundo/ Cambia el modo de pensar/ Cambia todo en este mundo”. No está asegurado que estos cambios sean a mejor. La experiencia histórica no permite ser siempre optimista. Felipe VI habrá de enfrentarse a un horizonte complicado, en el que el porcentaje de insatisfacción con la democracia se sitúa en España 17 puntos porcentuales por encima de la media europea; en el que nuestro país tiene el porcentaje menor de ciudadanos satisfechos con el rumbo emprendido, salvo Grecia; en el que la desconfianza en el Gobierno y en el Parlamento nacionales son la segunda y la tercera más alta de la UE; en el que la consideración de la democracia como mejor forma de gobierno ya no es unánime; y en el que el respaldo a la economía de mercado ha dejado de ser mayoritario (Informe sobre la democracia en España, Fundación Alternativas).

Excesivo pasto para quien reina pero no gobierna. La Monarquía de Felipe VI se va a iniciar bajo el símbolo de tres heridas: una crisis económica que ha cambiado la manera de vivir y de pensar de mucha gente y que ha dejado amplios sectores de la población en el camino; una deriva política que pone en cuestión mucho de lo conseguido durante los últimos años (por ejemplo, la universalización del Estado de bienestar) y en la que las fuerzas partidistas mayoritarias están sacudidas por fenómenos de corrupción, que generan desapego y alarma social; y un deterioro reputacional acentuado por la percepción de que pocas de las instituciones de las que nos habíamos dotado para convivir en la joven (en términos históricos) democracia española —desde la Monarquía hasta la configuración territorial— continúan vigentes y son eficaces para seguir transitando hacia el progreso.

En buena parte por ello, la opinión sobre la República como forma de Estado —susceptible de ser más democrática y de traer prestaciones menos decepcionantes para un grupo mayor de personas— está mejorando bastante, en especial entre los jóvenes, los más castigados por la falta de expectativas de normalidad. Hasta ahora, el debate se centraba en el funcionamiento óptimo de una Monarquía moderna, pero puede girar con rapidez hacia la elección entre Monarquía y República.

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