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Camino de Santiago, versión posmoderna

EL PAÍS EL PAÍS 10/06/2014 Ana Teruel

El escritor, diplomático y médico Jean-Christophe Rufin (Bourges, 1952) hizo el camino de Santiago sin realmente planearlo. “A mi pesar”, dice. Luego escribió sobre ello un poco por casualidad. “También a mi pesar”, bromea. Unos amigos del premio Goncourt 2001, que ganó por RojoBrasil,crearon una pequeña editorial y él accedió a echar mano de sus recuerdos para ayudarles. El resultado es un refrescante relato desenfadado de la milenaria peregrinación, ni obra religiosa, ni de exaltación de la pasión del camino.

Repleta de anécdotas, personajes, reflexiones y paisajes —de las postales más bellas a las carreteras y urbanizaciones masificadas—, está escrito en un tono burlesco que lo ha propulsado como segundo libro más vendido en Francia en 2013. Camino Inmortal, recién publicado en España por Duomo Ediciones, describe un camino desmitificado y “posmoderno”, al que cada peregrino aporta al final su propio significado.

La ironía del autor se palpa desde el titular, con ese adjetivo “inmortal”: una doble alusión al nombre que reciben los integrantes de la Academia Francesa, de la que Rufin es el segundo miembro más joven, y a la intemporalidad del camino.

Es una iniciación que pasa por el cuerpo, por el dolor, por dormir mal”

“Realmente, lo más importante para mí es esa idea del subtítulo, Compostela a mi pesar”, relata el escritor en su despacho de París, con las maletas ya hechas para su siguiente viaje.

Preparaba un nuevo libro, La fortuna del gran Jacques Coeur, y quería tomarse un tiempo para vaciarse un poco la mente. Aficionado al montañismo, afincado en los Alpes, se dirigió a los Pirineos, que no conocía, indeciso sobre el destino. Una vez en Hendaya, se decidió por el Camino Norte, menos recorrido que el alternativo Camino Francés. “Es como si el camino te llamara y luego te atrapara”, opina. “No buscaba nada y lo encontré”, resume en el libro, galardonado en Francia con el Premio Nomads 2013. “No se trata de la misma nada”, asevera el escritor, conocido también por su novela El Abisinio (1997). “La nada que encontré es una suerte de vacío interior, como un estado particular que se alcanza a fuerza de caminar cada día. Es un proceso en el que te desprendes de todo”, ahonda.

Lo compara con las grandes peregrinaciones budistas de Oriente, una suerte de “iniciación que pasa por el cuerpo, por el dolor de pies, por dormir mal…” Al regreso, el efecto continúa. “Simplificas tu vida, tratas de hacer elecciones menos bulímicas, pero es como las vacunas: hay que ponerlas al día, porque la vida te vuelve a llenar de cosas nuevas”, resume. “Ahora me voy a África durante tres meses, donde me ocuparé de un hospital en Burundi”.

Cuando emprendió el camino, Rufin acababa de regresar de Nigeria, donde fue embajador entre 2007 y 2010. “Allí, ser embajador francés es como ser la reina de Inglaterra, dado el peso histórico de Francia en el país”, enfatiza.

De tener a 300 colaboradores y todo un grupo de domésticos a su servicio, regresó a su vivienda de los Alpes y su tranquilidad. “La vuelta fue un poco rock’n’roll. Sabes que no tienes que acostumbrarte a esa vida, pero es inevitable”, admite el escritor, con una larga trayectoria en la acción humanitaria. “Era también una forma para mí de vivir ese despojo de forma voluntaria y no impuesta. Una forma de decir, no he perdido nada, al contrario”, concluye.

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