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Canogar, Tierno y el lienzo perdido

EL PAÍS EL PAÍS 25/05/2014 Ángeles García
Canogar, Tierno y el lienzo perdido © Gorka Lejarcegi Canogar, Tierno y el lienzo perdido

Las obras de arte, como las personas, están cargadas de historias. Sería fascinante conocer las aventuras de gloria y desastres por las que muchas han pasado desde que salieron de manos de artistas. Algunas muestran sus cicatrices en los museos y ni las restauraciones más sofisticadas consiguen borrar las últimas huellas del sufrimiento vivido en medio de desastres naturales, maltrato por ignorancia o desidia. Muchas sucumben a la desgracia, pero hay otras que parecen estar dotadas de una naturaleza excepcional y en contra de toda previsión retornan a la vida cuando ya se había firmado su acta de defunción.

La obra protagonista de esta historia fue realizada por Rafael Canogar (Toledo, 1935) en 1976 a petición de Tierno Galván, entonces líder del PSP. Tierno quería una obra de arte como telón de fondo de sus mítines y Canogar, que aunque nunca ha tenido carnet de partido ha sido un colaborador activo y generoso de causas democráticas, se puso a ello. Parece ser que fue Manuel Morán el encargado de contactar con el artista. Canogar formó un díptico con dos lienzos de grandes dimensiones, 2 metros de alto por 4.40 de largo; muestra un friso en el que unos personajes enlutados agitan y entrelazan las manos formando un muro impenetrable que avanza hacia el espectador, como si de un batallón civil se tratara. Uno de estos personajes, el cuarto por la izquierda, es el propio Canogar, el único autorretrato que se le conoce. Es un trabajo que recuerda obras tan populares como la inspirada en la Amnistía o La escapada. En 1975 Canogar había abandonado ya la figuración y abrazado la abstracción, pero aceptó encantado el encargo. El óleo no tiene título y aparece firmado en la parte inferior a la derecha y en la posterior con la fecha de 1976.

El profesor Tierno utilizó la obra en actos del partido y en unos cuantos mítines para las elecciones generales de 1977, un desastre para el PSP que supuso su desaparición como fuerza política autónoma y les dejó llenos de deudas. Es en esos días cuando Canogar tiene las últimas noticias de su díptico. Tierno le llama por teléfono para preguntar si le puede devolver la tela para venderla. Canogar, sorprendido, responde que él no la tiene. Luego ya ninguno se vuelve a ocupar de la pintura.

La siguiente escena se produce 37 años después, en las vísperas del décimo aniversario del atentado del 11-M, en la sede de Asociación Nacional de Presencia Gitana; su presidente Manuel Martín Ramírez (Madrid, 1938) manda buscar un mural hecho por los alumnos de la Escuela Intercultural Infantil de la Asociación en memoria de las víctimas del Pozo del Tío Raimundo. Alguien trepa por la escalera y coge uno de los muchos grandes rollos amontonados entre el polvo en lo alto de la biblioteca. Al bajarlo al suelo y desenrollarlo, Martín Ramírez reconoce la escena urbana en blanco y negro que alguien le entregó para su cuidado hace más de tres décadas y que él había olvidado totalmente.

La sede de Presencia Gitana es un modesto local atestado de expedientes, carpetas, libros y viejos ordenadores situado en uno de los bajos de la calle Valderrodrigo, en Saconia. Antes estuvieron en la calle Apodaca, junto a la glorieta de Bilbao, hasta que Fuerza Nueva se instaló en las proximidades y se convirtieron en unos vecinos mas que incómodos. Los gitanos se marcharon con su sede a unas oficinas de la calle Velázquez y desde febrero de 1981 trabajan en Saconia. En los tres espacios, la obra de Canogar ha ocupado siempre el mismo lugar: los altos de las estanterías de las respectivas bibliotecas.

Sentado en el modesto sofá de su despacho, Martín Ramírez, sociólogo y editor con toda una vida dedicada a defender los derechos de los gitanos, rebusca en su memoria los detalles de la entrega del cuadro. Fue en 1976. Cuenta que el portador era un hombre joven vinculado al partido comunista, todavía ilegal en España. "Entró y me pidió por favor que le guardase los óleos. No le di mayor importancia. Piense que en aquellos años convulsos todo podía ocurrir. Por la asociación entraba muchísima gente con los problemas más duros que se pueda imaginar. Descarto que hubiera mala intención. Supe después que aquél hombre había muerto y yo ni remotamente me acordé de los rollos que estaban bajo mi custodia hasta el día en que nos pusimos a buscar los murales de los niños".

Ese mismo día, sin demora, al reconocer la obra y firma de Canogar el líder de Presencia Gitana buscó la manera de contactar con el artista. En las páginas de El País vio que estaba exponiendo en la galería madrileña Fernández-Braso, en la calle Jorge Juan. Marcó el número de teléfono y pidió hablar con el patriarca y fundador del local, Manuel Fernández-Braso. El encuentro entre el artista, el galerista y el cuidador se produjo inmediatamente.

Fernández-Braso (Villanueva del Arzobispo, Jaén, 1940) uno de los galeristas esenciales en la difusión de artistas españoles desde los años 70, rememora el momento. "Fue muy emotivo para todos. Con mucho cuidado se desenrollaron las obras y ahí aparecieron ante todos con la misma intensidad y fuerza que les había movido en aquellos años de lucha en favor de la democracia y la libertad. Eran años en los que realmente se estaba jugando todo. Era pintura de guerra para alcanzar la tan deseada paz". Sin dejar de mirar la obra recuperada, ahora extendida en el suelo, los tres estuvieron recordando aquellos años turbios, densos, emocionantes y rebosantes de sueños.

Después de la escena feliz del reencuentro, Rafael Canogar cargó los rollos en el coche y se los llevó al espectacular estudio en el que trabaja, en las proximidades de Atocha. Entre exposición y exposición el artista toledano (sigue siendo uno de los que más expone y vende dentro y fuera de España) ha encontrado tiempo para mirar detenidamente el díptico. Le duele ver los desconchones y surcos que afectan el medianil de las telas y sus extremos. Una vez tensada la tela gracias a los bastidores podrá estudiar a fondo su restauración. No entiende que se haya podido doblar sin ningún cuidado, y se percata de cómo el paso del tiempo y el descuido han sido definitivos.

Sentado ante la obra, Canogar cuenta que no cobró ni una peseta por ella. "En esos años era frecuente que algunos artistas colaborásemos con campañas políticas, y éramos combativos. Pero yo nunca he sido militante de ningún partido".

No piensa poner la obra a la venta, aunque le gustaría que formara parte de alguna exposición. "Supongo que el precio sería de algo más de 200.000 euros, pero no tengo la menor intención de desprenderme de ella después de tanto tiempo".

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