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Cataluña, después del día de San Crispín: los héroes de la chapuza

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 03/10/2017 Ramón González Férriz

La vida tiene que ver más con lo que sucede en un cómic de 'Mortadelo y Filemón' que con las hazañas de la película 'Braveheart'. En el mundo, son mucho más comunes la estupidez y la chapuza que la maldad fríamente calculada, y no digamos ya que el heroísmo. Pero este es un hecho al que, en apariencia, somos profundamente refractarios; la política y la cultura parecen pensadas para hacernos creer que todo es mucho más estilizado, digno y sofisticado de lo que en realidad es.

Uno podría pensar que la democracia se diseñó para evitar la tentación de engrandecerlo todo. Así, esta podría ser vista simplemente como el sistema que permite que un grupo de ciudadanos adultos con los mismos derechos ejerza su poder político de una manera administrativa y delegada, con una mezcla de frialdad burocrática y pluralidad que, aunque sea relativamente difícil de gestionar, resulta incuestionable. Pero no es el caso: hay algo en nosotros que nos impulsa de forma constante a la fanfarronería y las ansias de grandeza, y a una exaltación que solo es verosímil en las películas épicas. A muchos, la democracia tal como es se les queda pequeña.

Es el discurso de 'Enrique V' de Shakespeare, cuando el rey arenga a sus hombres antes de entrar en batalla: “El que viva este día y llegue a anciano/ cada año en la vigilia invitará a sus vecinos/ y dirá ‘Mañana es el día de San Crispín', y se arremangará y les mostrará las cicatrices/ y dirá: ‘Estas heridas me las hicieron el día de San Crispín’/. Los viejos olvidan; todo será olvidado/ pero él recordará, venturosamente/ los hechos que acometió ese día”. O la frase de Yoda en 'El imperio contraataca': “Hazlo. O no lo hagas. Pero no lo intentes”. Es también casi toda la historia de la pintura, las películas bélicas o la literatura de caballería: de la misma manera que estas novelas hicieron con don Quijote, la épica tiende a emborracharnos y nos inclina a actuar con un exceso de solemnidad que muchas veces conduce al ridículo (sobre todo si no eres Enrique V o Yoda) o, en el peor de los casos, a algo más devastador. La mayoría de quienes soñaron con mostrar con orgullo las heridas recibidas el día de San Crispín murieron en la batalla.

El héroe tramposo

Es curioso, porque una de las primeras epopeyas de nuestra cultura, la 'Odisea', presenta a un héroe épico particular y muy distinto del que concebimos ahora. Ha terminado la guerra de Troya y Ulises, después de pasar años retenido, quiere volver a su casa, Ítaca, para reunirse con su mujer y su hijo. Deberá cruzar el mar Egeo y las islas griegas, y los peligros con los que se encuentra son incontables. Pero él no les hace frente de la manera que lo harían los héroes que gran parte de la política y la cultura posteriores nos han presentado: no es digno ni honesto, no es siquiera justo o piadoso. Uno de los principales héroes de nuestra civilización es básicamente un tramposo que por lo general logra sus fines engañando y fingiendo; es un tipo arrogante al que le pierde el orgullo. De hecho, se parece mucho más a los héroes reales que a los de la mayoría de las representaciones nacionalistas o culturales. Ulises no pretende dar ejemplo, quiere salirse con la suya.

La historia ha embellecido el carácter de Ulises. En un poema de 1911, el gran poeta C. P. Cavafis convertía al héroe en una especie de viajero en busca del placer y la sabiduría (y decía que cualquiera de nosotros puede serlo). “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca/ pide que el camino sea largo,/ lleno de aventuras, lleno de experiencias”. La cuestión era hacer una larga travesía, descubrir puertos desconocidos y tener toda clase de vivencias sensuales. Lo menos importante era llegar a Ítaca: lo realmente valioso era disfrutar la idea de tener un objetivo y hacerte sabio mientras lo alcanzabas.

Este poema se convirtió en un referente en Cataluña cuando yo era niño. Entonces, mucha gente pensaba que la independencia era un objetivo deseable pero muy remoto, y consideraba que el tránsito hacia ella —paulatino, paso a paso, sutil— debía gozarse como un viaje accidentado pero placentero. Lluís Llach había hecho una versión musical del poema en 1975 e Ítaca era un mito que circulaba entre el nacionalismo como una palabra en clave: tardaremos, pero conseguiremos llegar.

Manifestación de estudiantes independentistas en Barcelona. (Reuters) © Reuters Manifestación de estudiantes independentistas en Barcelona. (Reuters)

No creo que vivamos pronto una independencia de Cataluña, aunque quién sabe. Pero sí que estamos asistiendo, a la manera del viejo héroe original, a una sucesión de chapuzas, trampas y engaños de quienes quieren sentirse héroes. Debe ser una sensación vertiginosa pero agradable: la de que tienes una legitimidad especial, la de que no necesitas la aburrida burocracia para interpretar tu mandato, la de que haces una historia que te coloca en un lugar súbitamente superior al de los demás: tú podrás mostrar las cicatrices de las heridas que te hicieron en la batalla del día de San Crispín.

Los que no tenemos vocación de héroe preferimos que no haya heridas, aunque eso implique que luego no podamos mostrar las cicatrices ni arrogarnos un orgullo especial. Una de las mayores mentiras que circulan como sabiduría popular es que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Los que la conocen también la repiten, con la esperanza de que esta vez una argucia más les permita vencer. Lo único que aprendemos de la historia es que nunca aprendemos de ella. Y que de la vocación heroica han salido un puñado de hechos memorables y admirables, pero muchos más dramas y cicatrices que nadie escogió llevar en el brazo. No es necesariamente 'Mortadelo y Filemón', pero desde luego tampoco 'Braveheart'.

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