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Cataluña: la insurrección

Logotipo de El Mundo El Mundo 04/10/2017 RAÚL DEL POZO

"Están tomando el poder y enfrente no hay nadie", dice un paseante de Vía Layetana. No es la primera vez que fuerzas insurreccionales toman el control de Barcelona, ya ocurrió en la República con la CNT-FAI. Tampoco es nuevo que los separatistas utilicen las mentiras como verdades y la exageración y el victimismo como armas políticas. Esperemos que hagan otra vez el ridículo proclamando la independencia y que no haya que recurrir, como en el pasado, al estado de guerra o al estado de sitio.

La enfermedad del poder de estos fanáticos ha transformado a ciudadanos en su guardia pretoriana y ha provocado que las instituciones sean desbordadas. Ayer, Barcelona fue ocupada por sentadas y manifestaciones. Atacaron la sede de Ciudadanos. El poder bajó del palacio a la calle. Se concentraron piquetes de policías apoyando a sus compañeros, pidiendo la dimisión de Rajoy y la cárcel para Puigdemont y Junqueras.

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Los amotinados del Govern pueden declarar la independencia el fin de semana, mientras en Madrid el PSOE pide la reprobación de la vicepresidenta del Gobierno por su gestión en el envío de la fuerza pública. Ha rebrotado la pasión por la destrucción. Las masas apoyan el putsch, con el Parlamento de Madrid ensimismado y el de Cataluña cerrado. En la huelga contrarrevolucionaria -"paro de país"-, piqueteros con banderas cortan las carreteras, cierran colegios, museos y comercios. Paran los arroceros del Delta del Ebro. En resumen: ha estallado una insurrección. No la anarcosindicalista de otros tiempos, sino al estilo socialpatriota, mediante el cual, según Trotski, los agitadores de la burguesía envenenan la conciencia popular.

Esta insurrección cuenta con una dirección, que sabe que sin una vanguardia inteligente la energía de las masas se disipa como el vapor no contenido en una caldera. La energía de las nuevas masas recupera el viejo odio a España de los primeros apóstoles del separatismo. En los tiempos de la depresión del 98, con la perdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, Cánovas decía que la insurrección se acabaría con tres balas (para Martí, Maceo y Gómez). Pero no se acabó. En el sitio de Baler, los españoles fueron cercados por parte de los insurrectos durante 337 días.

El odio a España nació en La Veu de Catalunya, donde escribía Prat de la Riba. Después de la derrota de Cavite, cuando España iba al abismo, decían los separatistas: "Estamos clavados a una barca que hace agua, si queremos salvarnos hemos de aflojar las ataduras".

Ya llegará el pavor de los ricos con el bono basura, la inseguridad jurídica y un corralito sin el paraguas del BCE.

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