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Cementerio de reyes

El Mundo El Mundo 18/06/2014 MANUEL JABOIS
© Proporcionado por elmundo.es

Fuera de Maracaná hay una 'calçada da fama', un lugar en el que se recuerda las huellas en cemento de los jugadores que construyeron aquí, con sus gestas, la leyenda de este césped sagrado. Pelé; Garrincha, Jairzinho, Ronaldo 'Fenómeno', Romario, Roberto Dimanita. Son 100 inmortalizados, seis de ellos extranjeros, como Eusébio y Franz Beckenbauer. 'Rambo' Petkovic también dio tardes de gloria al Vasco y las marcas de sus pies están grabadas junto al estadio.

Aquí, en este cementerio de reyes, España llegó al final de la época más hermosa de su historia. No había mejor tierra en la que hacerlo, como Aquiles desmoronándose en Troya cuando ya veía las primeras luces de su sueño culminado. Dos Eurocopas y una Copa del Mundo después, toda una tiranía, la selección se enterró en Maracaná con el mismo ruido que el de un gigante desplomándose. Lo hizo sola, regalando goles, casi pidiéndole al vecino un tiro de gracia junto a la ventana.

Espejismo

Había llegado repleta de señales de cansancio, desdibujada y exhausta, con una convocatoria criticada por lo que parecía tener de placebo para una generación irrepetible. El partido ante Chile se presentó como una última bala de oro y la bala erró el tiro. La caldera roja embalsamó el cuerpo español y no cesó de preparar el funeral con ánimo de festín desde el primer minuto, cuando Chile casi marca el primero.

Y lo cierto es que España tuvo brotes de tiquitaca, asomos de lucidez en un curioso enfermo de Alzheimer. Lo hizo a los seis minutos con una jugada rápida y bellísima que terminó con falta de Alexis a Iniesta. Lo hizo con un Silva mandón en el columpio de la mediapunta, acercándose con el balón a la portería trayendo tras de sí al lobo que huele la presa. Lo hizo, en fin, durante unos pocos minutos que devolvieron al mundo el reflejo de la España que fue, el vago recuerdo del juego de posesión que en los mediocampistas españoles tenía complejos resortes de dominación psicológica, como si el rival no pintase nada. La tocó rápido y seguido fabricando nueva hierba, espacios que no existían.

El espejismo duró lo suficiente como para pensar que aquello era verdad. El gol de Chile provocó tal estallido en el centro de Río de Janeiro que las aves huyeron espantadas de Ipanema ante la llegada de un tsunami. Se les podía ver ayer a los chilenos de madrugada, cientos, miles de ellos, cantando a su país. Se proyectaba en Copacabana una víspera dulce de lo que tenía que ser el Cono iluminado a esas horas de la noche. Los presagios eran suyos. Los españoles se refugiaban en minoría en una suerte de espanto, mirando a los lados como paranoicos sin saber de qué lado iba a venir el coche que les iba a atropellar otra vez.

Un arreón sin tiquitaca

Era Chile, que venía cargada con 40.000 locos. Le inoculó el horror a España, se comportó como un equipo grande con una afición grande, y la selección de Del Bosque, que se había presentado en Brasil con la misma pesadumbre que los españoles, naufragó como un despojo, partida y sin fuerza. El arreón de la segunda parte no fue producto del tiquitaca: era lo poco que quedaba de la Furia, buscándola entre los restos de Dios sabe qué partido, un sudor que se creía ya olvidado por lo que tenía de chaqué y gomina el nuevo traje.

Chile ganó a España pero se ahorró la autopsia, algo que se agradece. Gáneme usted pero no me explique por qué. En España hay jugadores que si se retiran ahora, alguno con 25 años, podrán hacerlo diciendo que no tienen nada más que conseguir en el fútbol. España llegó con un lastre interminable de conjeturas y maleficios pesados a Curitiba, que ha sido estos días, incluso antes de empezar, más un velatorio que una concentración.

Diez minutos antes de que acabase el partido, los pasillos de Maracaná eran una Santa Compaña de aficionados españoles que se retiraban con la cara descompuesta, pálidos como muertos, embocando las escaleras mientras las bajaban sin hablar con nadie, absortos en una sucesión de derrotas tan seguidas que parecían haberse producido juntas. Las llevaban atadas como bolas en la garganta, incapaces de hablar.

No es el sueño de la razón el que engendra monstruos: es la costumbre de vencerlo todo. Este haraquiri se ha visto más compensado en el resto del planeta que en España: no se atiende en Brasil a argumentos tales como «con lo felices que nos han hecho». En primer lugar porque nunca les hicieron felices. En segundo, porque deseaban su humillación sólo por debajo de las victorias propias. Quizá sea esto, la satisfacción que ha dejado la debacle en todos los países, la mayor impotencia. Y al mismo tiempo, el reflejo de la gran victoria: ahora se celebran las derrotas de España. Como consuelo funciona un par de minutos.

En Maracaná, que recibe el nombre de un tipo de loro que habitaba en esta zona de Río, no se verá de momento la huella de ninguna gesta española. Todo lo más, un clamoroso epitafio.

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