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Chaitén, un lugar tétricamente hermoso

EL PAÍS EL PAÍS 05/06/2014 Víctor Núñez Jaime

Era de madrugada cuando los vecinos de Chaitén (sur de Chile) escucharon los primeros rugidos del volcán que custodia los pueblos de la comarca. La ceniza comenzó a ser expulsada con fuerza y el derrame de lava luminosa no tardó en llegar a tierras bajas. Aquel dos de mayo de 2008 la erupción provocó daños severos en los ecosistemas aledaños, el cierre de carreteras, la cancelación de varios vuelos comerciales y el desplazamiento de unas cinco mil personas. Pero, lejos de apaciguarse, la desgracia se acentuó. Semanas después, las abundantes lluvias arrastraron las cenizas acumuladas en las laderas del volcán, los causes de los ríos se obstruyeron y las inundaciones arrasaron con cientos de casas.

En febrero de 2009 ocurrió una nueva erupción y la mayoría de los habitantes de Chaitén perdieron las esperanzas de volver a la tierra donde nacieron y crecieron. Una veintena de ellos, sin embargo, decidió aferrarse a sus dañados hogares (ya sin sus animales, sin agua, sin luz). “Eso me atravesó. El tema de refugiarse, de que no toquen tu mundo, de que no te arrebaten algo que es tuyo, me motivó a hacer un documental. Además, pocas veces ocurre algo que tiene que ver con lo social y que, al mismo tiempo, es tan atractivo visualmente. Era un tema y un lugar tétricamente hermoso, ¿no es cierto?”, dice Fernando Molina (Buenos Aires, 1980), quien llegó con una cámara y dos micrófonos viejos a Chaitén dispuesto a realizar un documental sobre el amor a la tierra. “Desde el principio supe que acabaríamos el rodaje cuando el gobierno chileno dijera si le permitiría a la gente quedarse en su pueblo o si consideraba que el peligro era latente y era mejor reubicarlos en otro lugar. Pero para ver todo ese proceso fueron necesarios nueve viajes a lo largo de cuatro años.”

Molina era un niño de dos años cuando se fue con sus padres de Buenos Aires a los bosques de Bariloche. Vivía en una casa cerca de un arroyo y pasaba las tardes jugando entre los árboles y viendo las películas que alquilaba su padre. Cuando creció volvió a la capital de Argentina para estudiar periodismo, se especializó en fotografía y producción audiovisual y llegó a ser jefe del departamento multimedia del diario La Nación. “Pero hubo un momento en que ya estaba medio saturado del tema y quería arrancar en el cine. Y busqué centrarme en un algo atractivo.”

Hace unas semanas, abrió su correo electrónico y se encontró con uno de los mensajes más alentadores que ha recibido en toda su vida. Desde Gibara, a unos 800 kilómetros de La Habana (Cuba), le avisaban de que había obtenido el Premio al Mejor Documental del Festival Internacional de Cine Pobre por Refugiados en su tierra, su ópera prima. Dedicado a distinguir la calidad de películas realizadas con menos de 300.000 dólares, el jurado del certamen quiso honrar “el retrato poético” de un grupo de personas aferradas al pueblo donde nacieron, sin importarles que la furia de un volcán lo haya devastado, hecho durante cuatro años con un una cámara digital, dos micrófonos viejos y una Notebook.

“Me parece que si uno invierte tiempo en armar una buena historia, el resultado es mucho más rico, ¿viste?”, dice con satisfacción este director de cabello alborotado y hablar pausado en Madrid, donde hace unos días presentó su documental en la Casa de América. “Podíamos haber rentado una combi, dos cámaras y un sonidista, ir al lugar, hacer entrevistas y luego editarlas. Pero queríamos hacer algo distinto. Y solo podíamos conseguirlo si invertíamos mucho tiempo en la filmación”, agrega.

El director que creció en los bosques de Bariloche lleva seis meses presentando su primer largometraje en festivales iberoamericanos de cine y, ante el éxito obtenido, ya ha puesto en marcha su segundo proyecto con pocos recursos. Ha pasado varios días entrevistando a psicólogos argentinos exiliados en Barcelona. “Mirá: no sé todavía en qué voy a acabar. Por ahí descubrí a una psicoanalista que, por la Guerra Civil, se fue de España a Argentina y luego, por la dictadura, se fue a México. Y eso también es interesante, ¿no?”.

Chaitén recuperó a más de tres mil de sus habitantes, los pescadores volvieron a lanzar los anzuelos a sus ríos y ahora es un lugar de mayor interés para los turistas, quienes no solo realizan excursiones y rafting, pues suelen preguntar por cómo fueron superados los daños de aquellas apocalípticas erupciones. Dicen las autoridades chilenas que las supervisiones de la actividad sísmica y volcánica indican que, por ahora, no hay peligro. Pero el volcán sigue ahí y puede volver a desatar su furia.

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