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Charles Garnier, un francés burlón en el corazón de la España decimonónica

EL PAÍS EL PAÍS 06/06/2014 Manuel Morales

Desde San Sebastián hasta Cádiz y desde Granada a Perpiñán, cuatro franceses recorrieron España de arriba abajo durante 25 días en mayo de 1868, en un periplo encabezado por Charles Garnier, el arquitecto que levantó la Ópera de París. De aquel viaje, básicamente en tren pero también en carruajes y barcos, Garnier tomó sin descanso apuntes que convirtió en ripios de tono jocoso. Además, dibujó a pluma catedrales, paisajes, calles y, por supuesto, a los españoles que veía. Todo ello configuró un retrato de aquel país que meses después finiquitaría el reinado de Isabel II. De este material apenas se conocía nada hasta que ahora se ha editado por primera vez (Nerea) en una reproducción en facsímil del manuscrito con 400 ilustraciones, acompañada de un segundo volumen con la traducción al español.

"Lo más valioso del libro son los dibujos de las escenas costumbristas", señala Fernando Marías, uno de los dos editores de esta obra. A ello contribuyó sobre todo uno de los acompañantes de Garnier, su amigo el pintor Gustave Boulanger y, en menor medida, un discípulo del arquitecto, Ambroise Baudry. El cuarto componente de la expedición fue Louise, la esposa de Garnier.

La mayoría de las ilustraciones de arquitectura y las caricaturas las hizo Garnier pero los retratos de mendigos, campesinos, toreros, guardias… son de Boulanger. "Es casi una aportación antropológica a la historia de España del XIX", subraya la coeditora Véronique Gerard-Powell, de la Universidad de la Sorbona.

"Los cuadernos de Garnier pasaron de su viuda a la biblioteca de la Ópera parisiense, pero no estaban bien estudiados hasta que una parte se hizo pública en una exposición de arte en 2005 en Francia. Él era un hombre viajado pero no se tenía ni idea de que hubiera hecho este viaje a España", explica Marías, miembro de la Academia de Historia.

Antes que este cuarteto hubo otros europeos, sobre todo franceses, que fueron a España, entonces un destino exótico, de leyendas y tópicos. Alexandre Dumas, Gautier, Gustave Doré, Mérimée y, más adelante, Édouard Manet para ver El Prado. ¿Por qué se entregaron a este frenesí turístico cuatro gabachos? La clave está en la granadina Eugenia de Montijo, emperatriz consorte y esposa de Napoleón III. Garnier estaba en plena construcción del edificio de la Ópera y Eugenia de Montijo le insistió en que antes tenía que ir a España a conocer su arquitectura, sobre todo la Alhambra y la Mezquita", señala Marías. Para este catedrático de Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid, hay evidentes influencias de la escalera principal del Alcázar de Toledo y de la de El Escorial en la que se construyó para el teatro parisiense. Por cierto, el monasterio que ordenó levantar Felipe II no fue del agrado del francés: "Si lo demolieran enterito, / a todos nos importaría un pito".

Está claro que Garnier no se mordía la lengua cuando algo le disgustaba: "Ciudad pestilencial / mira que Burgos huele mal". En Madrid, visitó durante dos jornadas el Museo del Prado, vio una corrida de toros, espectáculo que le desagradó, y se burló del Manzanares: "Un río sorprendente en el que hay arena en vez de corriente". También lamentó "las procesiones de mendigos, que encontró en algunas ciudades", subraya Marías.

Pero también dejó constancia de lo que satisfacía su refinado gusto: "San Sebastián, esta urbe, largo y ancho, / posee carácter e imán". Estos pareados "eran comunes en aquella época como entretenimiento, con un tono habitualmente festivo. Son textos que seguían el ritmo de canciones populares del XIX". Garnier declaró su admiración por paisajes como Sierra Nevada: "Blanca nieve en la cumbre, / prados verdes, mansedumbre, / el cielo es de un azul puro". O por el mar alicantino: "Su extensión inmensa brilla / bajo un sol esplendoroso". Sus ciudades favoritas fueron las andaluzas: Córdoba, Sevilla, Granada y Cádiz, "ville coquette".

Además de rimas y dibujos, este viajero registró de forma escrupulosa en su guía turística los núcleos urbanos y pueblos por los que pasaba, las horas de salida y llegada a cada destino, los ríos que veía, la distancia recorrida entre uno y otro lugar y hasta el medio de transporte. Para conocimiento de futuros aventureros.

"Los cuatro lo pasaron muy bien. A Garnier le gustaba mucho comer y beber, sobre todo cerveza con limón", apunta Marías. Aunque las fondas y posadas fueron diana de sus versos por su falta de limpieza. "En todo caso se le nota que disfrutaba de lo que tenía ante sus ojos". Véronique Gerard-Powell incide en el carácter de su compatriota: "Hacía un chiste cada dos palabras. A pesar de que el matrimonio acababa de perder un niño era un hombre lleno de vida, de sentido del humor".

El caballero Garnier también tuvo tiempo de fijarse en las españolas. En Valencia le llamaron la atención "las mujeres de labios de corazón". Otras veces miraba las ropas: "Una mujer va ataviada / de color, abigarrada, / y otra lleva vestiduras / que al viento inflan las hechuras". Los últimos versos de sus cuadernos muestran el positivo balance de su paso por España: "Nuestro viaje ha terminado, / tengo el lápiz agotado. […] Todo ha sido encantador, / ¡alabado sea el Señor!".

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