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Charles Robert Jenkins, el sargento que pagó cara su deserción

EL PAÍS EL PAÍS 16/06/2014 Silvia Ayuso

El estadounidense Charles Robert Jenkins tuvo tiempo de sobra de arrepentirse de su decisión de desertar. Concretamente, 39 años, seis meses y cuatro días, que fue el tiempo que pasó retenido en Corea del Norte después de que una madrugada de enero de 1965 abandonara su patrulla en la zona desmilitarizada de Corea.

Una historia que vuelve a la actualidad con la apertura este lunes de una investigación oficial sobre la “desaparición” del sargento Bowe Bergdahl, el último prisionero de guerra Afganistán hasta que el 31 de marzo fue canjeado por cinco presos de Guantánamo. Algunos de sus compañeros lo han acusado abiertamente de desertar antes de caer en manos de los talibanes, que lo retuvieron casi cinco años.

Con su deserción, el sargento Jenkins, de 24 años, quería evitar ser enviado a la Guerra de Vietnam, donde estaba convencido de que iba a morir. Durante las siguientes cuatro décadas, llegó a desear haberlo hecho.

“En retrospectiva, fui un tonto. Y recibí mi castigo”, dijo Jenkins al programa “60 Minutes” en 2005. Para entonces, el antiguo soldado ya era un hombre envejecido al que las duras condiciones a las que estuvo sometido durante su forzada estancia en Corea del Norte le hacían parecer más mayor aún que los 64 años contaba.

“He cometido muchos errores en mi vida, pero ese fue el peor error que nadie pueda cometer”, aseveró Jenkins al pensar en todo lo que tuvo que pasar en las décadas que vivió sometido al arbitrio del régimen comunista más aislado del mundo: desde vivir 15 años junto a otros tres desertores estadounidenses en cabañas sin luz ni electricidad, a estudiar durante ocho horas al día, los siete días de la semana y en coreano los escritos del líder norcoreano Kim Il Sung. También tuvo que enseñar inglés en una academia militar y hasta a aparecer en una película propagandística.

Incluso su vida sentimental estuvo dictada por el régimen norcoreano, quien le puso a una joven japonesa secuestrada en 1978, Hitomi Soga, a su disposición. Acabarían formando una familia con dos hijas y hasta hoy viven retirados en Japón, pero durante décadas no fueron más que dos prisioneros unidos por un “odio común” a Corea del Norte.

Soga fue devuelta a Japón en 2002. Jenkins tardaría aún dos años en poder salir del país, y ni aun entonces pudo sentirse libre del todo. Porque el “error” cometido cuatro décadas atrás, amenazaba con seguir complicando su vida: la deserción.

Jenkins acabó viajando a Japón. El país de su esposa pidió su perdón a Estados Unidos, que se lo denegó. Acabó teniendo que someterse a un juicio militar, un proceso que podría repetirse en el caso de Bergdahl si la investigación del Pentágono concluye que el militar desertó cuando cumplía su servicio militar en Afganistán, una acusación muy grave que incluso prevé la pena de muerte si la ofensa se comete en tiempos de guerra.

Jenkins aceptó declararse culpable de deserción y ayuda al enemigo y acabó recibiendo solo una condena de 30 días de cárcel, de los que sólo cumplió 25. En su caso, un tiempo insignificante tras cuatro décadas de penitencia.

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