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Chimamanda Ngozi Adichie: "No descubrí que era una muchacha negra hasta que llegué a América"

Logotipo de El Mundo El Mundo 05/10/2017 MATÍAS NÉSPOLO

Habla de manera sosegada y exhibe una sonrisa a prueba de refutaciones; de hecho bromea a menudo cuando las cosas se ponen demasiado serias, como si huyera de todo empaque e impostura intelectual. Sin embargo Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977) no es una un artista pop ni una cantante de jazz, sino una figura intelectual de calado, de esas más que necesarias para cualquier tiempo y lugar. La escritora y activista nigeriana, radicada en EE UU desde los 19 años, es una de las voces críticas más celebradas de la última década en el terreno del nuevo feminismo, la lucha contra la discriminación y la defensa de las libertades civiles.

Sin embargo, buena parte de la fama le viene no sólo por sus novelas, ensayos y conferencias, sino por eslóganes de camisetas y letras de Beyoncé. Todos deberíamos ser feministas fue el título de una demoledora conferencia o quizá manifiesto de 2012 en TEDxEuston que se hizo viral en Youtube y acabó estampado como leyenda en una prenda de la firma Christian Dior. Otro tanto pasó con fragmentos de ese mismo texto reutilizados por la cantante Beyoncé en sus composiciones. ¿Se trata de una banalización del discurso feminista? ¿O de una utilización comercial por parte del sistema de sus reivindicaciones?

En absoluto, Chimamanda Ngozi Adichie defiende esa popularización y difusión masiva de consignas a favor de los derechos de las mujeres porque es algo que nos compete a todos, no sólo a la academia o a los intelectuales activistas con pedigrí. Y lo hace en Barcelona, invitada tanto por sus editores en lengua castellana (Penguin Random House) como por el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), donde ayer participó del ciclo de debates ¿Revolución o resistencia?

Incluso quizá lo haga hasta con cierto afán pedagógico mal disimulado, porque sabe que el problema de fondo es educativo. De ello va el último título de la autora publicado por Literatura Random House: Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo, una serie de 15 deliciosas recomendaciones sencillas a una joven madre de su país. «No está mal que se use el feminismo de frase en una camiseta, ni que cada uno se imprima la suya. Me parece emocionante y fantástico que el mensaje llegue a la gente joven», señala.

Por el contrario, de lo que desconfía Chimamanda Ngozi Adichie es del sectarismo universitario y de la sesuda jerga de los estudios de género que secuestran una causa que debería ser universal. «Muchos creemos que el feminismo no tiene por qué ser académico ni anticapitalista, sino una lucha cotidiana y en los hechos de cada día. En Asia y en África lo defienden las mujeres de a pie», explica. Del mismo modo que la utilización musical de sus textos la gratifica. «Se escucharon algunas críticas cuando Beyoncé comenzó a utilizar mis escritos en sus letras, pero gracias a esto muchas muchachas incorporaron este lenguaje para hablar del problema», dice. Y «para cambiar las cosas, lo primero es hablar de ello». «Si alguien cree que el feminismo en camisetas o en canciones pierde fuerza, que me lo demuestre con argumentos», contraataca Ngozi Adichie, porque la invalidación comercial tampoco le vale. «El feminismo no vende; si Dior hubiera utilizado cualquier otra frase, habría vendido muchas más camisetas».

Lo cierto es que los principios de la narradora que debutó en 2005 con La flor púrpura (Commonwealth Writer's Prize for Best First Book) -una contundente historia sobre la guerra civil de su país y el campo de refugiados de Biafra donde perdió a sus abuelos- son incontestables. «El feminismo no es sólo una cuestión de mujeres», dice, y no sólo por el hecho de que «el poder económico y política permanece en manos de los hombres», sino también «porque hablamos de una lucha por la justicia», enfatiza. Y en ese terreno los universales cobran toda su validez. «La igualdad es un concepto universal, pero cómo se manifieste depende de la cultura, la clase y la raza», explica.

Algo de ello comenzó a comprender Chimamanda Ngozi Adichie a su llegada a EE UU, para estudiar gracias a una beca Ciencias Políticas en la Universidad Drexel, de Filadelfia (ahora reside un semestre en Washington y el otro en Lagos, Nigeria). «No descubrí que era una muchacha negra hasta que llegué a América», confiesa la escritora que tuvo que reconsiderar al natural confianza y seguridad en uno mismo africanas en otro contexto. Aún recuerda la cara desencajada de un profesor cuando quiso conocer al autor del mejor ensayo de la clase: una mujer y de color. «En EE UU negritud y éxito son un oxímoron», dispara, de la misma manera que tampoco se concibe en el nuevo continente el maridaje entre europeo y piel oscura.

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De ello da buena cuenta en su tercera novela, Americanah (2013, Chicago Tribune Heartland Prize), después de ocuparse con su segundo título, Medio sol amarillo (2007), además de la violencia de género, de su educación católica en Nigeria y de las sombras del colonialismo cultural. Porque ese es otro tic que rechaza: el eurocentrismo del feminismo académico. «El feminismo teórico habla desde cierta superioridad moral. Las mujeres occidentales creen que están mucho mejor y que pueden enseñarles a las mujeres africanas cómo ser feministas, pero eso no hace falta. Creo que deberían mirar en su propio patio, porque sexismo y racismo existen en todo el mundo», explica.

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