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Chinitas

EL PAÍS EL PAÍS 09/06/2014 Almudena Grandes

En la primera serie de sus Episodios Nacionales, Galdós utiliza a un personaje secundario, castizo y callejero, para contar lo que verdaderamente sucedía en España en vísperas del 2 de mayo de 1808. Pacorro Chinitas es un amolador que se instala cada mañana en una esquina del barrio de Maravillas, a esperar que las mismas mujeres que poco después serán capaces de disparar cañones, le bajen cuchillos y tijeras para afilar. En un Madrid hirviente de cortesanos aduladores y burgueses que alardean de la información que manejan, Pacorro es el único que comprende lo evidente, y que Napoleón no ha metido 20.000 hombres en España para regalarle un trozo de Portugal a Godoy, ni para poner en el trono a Fernando VII.

Chinitas no ha estudiado. No conoce a nadie en la Corte, no tiene amigos influyentes, ni siquiera un local donde instalar su negocio. El amolador está todo el día en la calle, y de allí extrae su sabiduría. Él sabe lo que siente, lo que piensa la gente, y concluye a partir de esas premisas que la impopularidad de los franceses resultará, al cabo, mucho más decisiva que el poder de sus ejércitos.

Últimamente he echado de menos a Pacorro. Mientras afrontaba descripciones de la realidad que no encajan con mi propia percepción, me preguntaba cuál sería su versión. Él no habría pasado por alto, por ejemplo, que los grandes defensores de la renovación de la Corona tienen edad de sobra para estar jubilados, mientras que en la Puerta del Sol, a cambio, las tricolores atraen a una abigarrada multitud de adolescentes entre manifestantes de todas las edades. Esa discrepancia entre lo nuevo que parece viejo y lo viejo que parece nuevo, le habría inspirado alguna brillante conclusión. A Don Benito, que amaba esas banderas, le habría gustado escribir esa página. A mí, que no las amo menos, me encantará escribirla algún día.

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