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Cien años cruzando el Niágara con el teleférico de un genio español

El Confidencial El Confidencial 05/08/2016 Enrique Sacristán. Sinc

“No deje de montar en el 'Whirlpool Spanish Aerocar'. La auténtica belleza del remolino y los rápidos del río Niágara ahora se abren para los amantes de la naturaleza gracias al 'Spanish Aerocar', que cruza una distancia de 539,5 metros, se aproxima a 46 metros del agua y ofrece unas vistas magníficas del entorno”.

Este era el texto del folleto que hace cien años animaba a los turistas de las famosas cataratas del Niágara a visitar una nueva atracción: un transbordador aéreo español que, según el anuncio, ya había probado su seguridad “durante nueve años en San Sebastián (España) con mucho éxito y sin ningún accidente”.

Su creador era el ingeniero Leonardo Torres Quevedo, un cántabro que había patentado el invento desde su tierra, el valle de Iguña, en 1887, pero que tuvo que esperar treinta años para verlo hecho realidad en el monte Ulía de San Sebastián, donde en 1907 se inauguró el primer teleférico del mundo para personas.

Aquel tranvía aéreo solo funcionó unos veinte años, ya que el interés lúdico de la sociedad donostiarra se trasladó hasta el vecino monte Igueldo y su parque de atracciones, pero su huella marcó la forma de construir todos los teleféricos hasta la actualidad. El del Niágara, situado en la orilla canadiense del río norteamericano, celebra ahora el centenario de su inauguración el 8 de agosto de 1916.

Al concurrido evento acudió el propio Torres Quevedo, representantes de la empresa española que construyó el teleférico ('Niagara Spanish Aerocar Company', con accionistas bilbaínos), así como diversas autoridades de España y Canadá, por entonces todavía dependiente de Reino Unido.

Así describió un periodista local el acontecimiento: “Poco después de las tres de la tarde, la señora J. Enoch Thomson, esposa del cónsul español en Toronto, inauguró el aerotransbordador rompiendo una botella de champán sobre la puerta de uno de sus puntos de llegada. El teleférico hizo su primer viaje público. Fue agradable verlo con las banderas de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y España”.

Problemas diplomáticos lo llevaron hasta el remolino

“La idea inicial de Torres Quevedo era construir el teleférico justo enfrente de las cataratas, desde la orilla de Canadá hasta la de EEUU, pero los problemas diplomáticos y de frontera lo hacen inviable y decide construirlo unos cuatro kilómetros más abajo, donde el río Niágara hace un remolino y se puede trazar un recorrido entre dos puntos (llamados Colt y Thomson) de la orilla canadiense ”, explica Francisco A. González Redondo, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y promotor del Año Torres Quevedo 2016.

El experto comenta que el sistema que patentó Torres Quevedo es muy sencillo: “Hay un cable con un extremo fijo y en el otro, que se hace pasar por una polea, se coloca un contrapeso. De esta forma la tensión del cable es constante y, por mucho que varíe la posición de la barquilla, es muy difícil que se rompa. Además, concibió seis cables paralelos, de modo que si se rompiese uno de ellos –algo que nunca ha sucedido–, el sistema se autoequilibraría”. 

“Desde que empezó a operar en 1916 ha llevado sin ningún incidente a más de diez millones de turistas de forma segura sobre el río Niagara, ofreciendo unas vistas incomparables de los rápidos del remolino y de la garganta del río”, destaca Holly Goertzen, responsable de comunicación de la Comisión de los Parques del Niágara, la agencia del Gobierno de Ontario que gestiona este teleférico desde 1968.

© Proporcionado por El Confidencial

El hoy llamado 'Whirlpool Aerocar' puede transportar 35 pasajeros (incluido un operario) en cada viaje. Durante la temporada alta, en verano, entre 1.200 y 1.500 turistas lo utilizan diariamente. En 2015, un total de 124.395 personas disfrutaron de la experiencia de sobrevolar el Niágara durante 8,5 minutos a una altura media de 76,2 metros (83 m en cada extremo y 46 m en el centro) por unos 15 dólares.

“Su funcionamiento ininterrumpido es un testimonio vivo de la brillantez y la previsión que tuvo su diseñador original, Torres Quevedo”, destaca Goertzen, que también recuerda la bella factura de la barquilla original –fabricada en España–, cuya estructura no se ha modificado, salvo la incorporación de un techo para la lluvia.

En la década de los 80 el sistema del teleférico fue renovado completamente para actualizarlo de acuerdo con las normativas actuales, pero respetando la idea original de su inventor.

Se cambiaron las ruedas, los circuitos eléctricos y el sistema de suspensión del cable. Impulsado por un motor de 50 caballos, el transbordador viaja aproximadamente a 7 km/h. También dispone de un generador diésel de emergencia por si se produce algún corte de electricidad.

“El gran mérito del transbordador del Niágara es que sigue funcionando tras cien años sin ningún accidente y respondiendo a su diseño original, lo que demuestra su validez”, insiste Manuel Romana, director del Museo Torres Quevedo de la Universidad Politécnica de Madrid, donde se conserva una maqueta del teleférico.

También inventó el mando a distancia

Romana subraya la necesidad de que la sociedad conozca y valore las aportaciones del ingeniero cántabro, como otros dos de sus inventos más importantes: el telekino (primer mando a distancia eficaz de la historia) y el ajedrecista (primer juego por ordenador de la humanidad).

El polifacético inventor también concibió un sistema de dirigibles autorrígidos, que operaron con gran éxito las fuerzas armadas de Francia y Reino Unido durante la I Guerra Mundial. Aunque España fue neutral, precisamente en ese ambiente bélico se construyó el transbordador del Niágara, con piezas fabricadas y llevadas desde nuestro país hasta Canadá.

“No solo fue un proyecto exitoso desde el punto de vista de la ingeniería, sino que contó con un elemento que no hay que olvidar: tanto la financiación como la ejecución del proyecto corrió a cargo de empresas y profesionales españoles. Constituye un ejemplo destacado de un gran proyecto internacional gestionado desde nuestras tierras”, apunta el bloguero tecnológico Alejandro Polanco desde el Parque Científico de la Universidad de Valladolid en el que trabaja.

“Torres Quevedo se puede considerar uno de los últimos genios universales que han existido –añade Polanco–. En un mundo como el actual, en el que la especialización es prácticamente algo obligado, la figura del ingeniero cántabro asombra. Sus incursiones en campos tan diversos como la ingeniería civil, el control de máquinas a través de ondas de radio o su pionero trabajo en cibernética, deberían ser reconocidos por su originalidad a nivel mundial”.

González Redondo coincide: “Es el más prodigioso inventor de su tiempo, por lo que la sociedad española debería reconocerlo y estar orgullosa de él”. Para ello trabaja desde la asociación de Amigos de la Cultura Científica y la web torresquevedo.org, donde también se promueve que el Spanish Aerocar sea considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Mientras tanto el transbordador español no deja de transportar turistas sobre el turbulento remolino del Niágara. Este 8 de agosto los responsables de Niagara Parks volverán a celebrar un acto parecido al de su inauguración, reuniendo a dignatarios locales y una delegación de la Embajada Española en Canadá para rendir homenaje a Leonardo Torres Quevedo y su invento centenario.

(The Niagara Parks Commission) © Externa (The Niagara Parks Commission)
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