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Cine sin fronteras, el lujo sin fin

EL PAÍS EL PAÍS 23/05/2014 Tommaso Koch
Cine sin fronteras, el lujo sin fin © VALERY HACHE Cine sin fronteras, el lujo sin fin

En el puerto de Cannes hay un busto de Virginie Heriot. Desde su esquina, esta navegadora francesa observa cada día las dos pasiones a las que entregó su vida: los yates y la filantropía. De hecho, ambas coinciden, ya que a bordo de las decenas de montañas blancas que ocupan los muelles parece haber bastante amor entre los humanos. O eso se percibe, por lo menos, al mirar —desde la distancia y la envidia de los comunes mortales— los cócteles que se celebran a bordo de estos Titanic en miniatura. Champán de cuvées cotizadas, gastronomía supersónica, barcos imposibles, bólidos inalcanzables y muchos trajes y vestidos de marcas estratosféricas por centímetro cuadrado son las evidencias de una ciudad que estos días, además de capital mundial del cine, lo es también del lujo. Del ultralujo. Tanto, que el festival tiene un impacto económico sobre la ciudad de al menos 130 millones de euros, según estimó en 2012 el alcalde, Bernard Brochand.

Hoteles con más estrellas que la vía láctea, tiendas hiperexclusivas, precios por las nubes. Y yates, muchos yates. Unos 60, en concreto, calcula Jean-Christophe Bas, en la oficina del puerto de Cannes. Se refiere a los barcos de eslora inabarcable, que ocupan una zona reservada. Por ella estos gigantes de la navegación pelean desde meses antes y gastan cientos de euros al día, según su tamaño —con unos 60 metros de longitud, el alquiler diario del muelle vale 630 euros—. Pero ¿qué es eso comparado con el privilegio de desayunar con vista al Mediterráneo y al Palacio de Festivales de Cannes?

Las tripulaciones suelen responder amablemente a las preguntas sobre los navíos pero su gentileza se transforma en sonrisa de compasión cuando uno pide echar un vistazo a bordo. “Solo venimos a pasar unos días agradables, nada más”, aclara el dueño del Etoile, un juguete de 35 metros, casi nada respecto a sus vecinos. Aunque lo que dice no es del todo cierto. Porque hay yates alquilados por compañías de cine en busca de negocios. Y claro, también están las embarcaciones de los famosos, como Russell Crowe, quien ancló su joya por estas tierras hace unos días.

Sin embargo, hay maneras más espectaculares de acercarse a la Croisette. Precisamente desde este año existe un servicio de jets privados que conecta París y Niza por 6.490 euros. El precio se refiere al vuelo para cuatro personas. Tranquilícese el eventual ususario: el viaje Niza-Cannes en coche está incluido en el precio.

Una vez en la Croisette, sin embargo, hay que vivir. No es tan fácil. Ante todo, porque el alojamiento no es un derecho para todos los bolsillos. Un apartamento céntrico se puede alquilar por unos miles de euros para todo el festival, pero supera los 50.000 si la conditio sine qua non es un balcón con vistas a la Croisette. Es la opción preferida de muchas agencias de venta de películas.

Los que adviertan como una necesidad primaria tener el desayuno listo por la mañana y la habitación impecable a su regreso pueden apostar por un hotel. Aquí hay cuatro cuyos clientes están considerados como inquilinos del Olimpo: el Carlton, el Majestic, el Martinez y, sobre todo, el Hotel Du Cap acogen tanto a ciudadanos normales —bueno, los que puedan pagar por ello— como a las estrellas cuyas fotos salpican sus paredes. En el Du Cap, una habitación puede pasar de 2.000 euros la noche. Es el precio por 45 metros cuadrados de felicidad.

“Los que vivimos aquí procuramos no salir de copas ni a cenar fuera durante el festival, porque todo cuesta mucho más”, relata la empleada de una agencia de alquiler de apartamentos. Y si bien es cierto que la ciudad está repleta de pizzerías y quioscos que evitan un asesinato diario de la cuenta bancaria, la trampa siempre está a la vuelta de la esquina.

En Cannes hay tantos famosos que hasta cuesta reconocerlos. Excluyendo, es obvio, los actores más conocidos, hay tal cantidad de hombres trajeados y mujeres con vestidos de pasarela que es difícil saber si se halla uno ante un tipo igual que él, simplemente con un esmoquin alquilado... o ante el productor más rico de China. Las joyas también se pueden pedir prestadas para una noche de gala, aunque en la tienda de Cartier no lo confirman ni detallan los precios medios: la política de la casa es que los trabajadores no puedan proporcionar información a los periodistas.

Imposible resultó también saber algo más de Yadua. El anuncio de este rincón paradisíaco de 11 hectáreas al este de Australia apareció durante el festival en algunas de las revistas diarias que por aquí se editan. “Compra esta isla”, afirma la publicidad. Este periódico intentó poner en marcha por correo electrónico una negociación. No hubo respuesta. Una pena.

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